Un amargo aniversario de boda

Los Duques de Palma celebran esta semana quince años casados en el momento más arduo de su relación: Iñaki Urdangarín prepara su defensa ante los tribunales

Los Duques de Palma, el día de su boda
Los Duques de Palma, el día de su boda

No corren buenos tiempos para los Duques de Palma. Afincados de nuevo en Barcelona, aunque a punto de dejar su casa para irse a vivir a otra vivienda más adecuada a su actual situación, la pareja ha cumplido su decimoquinto aniversario de boda. Es un momento complicado, Iñaki Urdangarín, sin trabajo desde hace meses, prepara su defensa junto con su abogado, Mario Pascual Vives, ante la inminente acusación de los tribunales por delitos económicos y societarios. Los duques viven sus horas más bajas desde que se casaron, a pesar de que en todo este proceso han contado con el apoyo incondicional de la familia Urdangarín, expresado por medio de un comunicado en el que declararon su confianza en la inocencia de Iñaki. Una actitud que contrasta con el alejamiento de la Familia Real, con la que los Duques de Palma mantienen escaso contacto. Desde el pasado mes de diciembre no aparecen en público junto a ellos. De hecho, el próximo 12 de octubre, por primera vez, la pareja no asistirá al desfile del día de la Hispanidad.

El apoyo de la Reina
Sólo hay una persona, la Reina Sofía, que ha preferido no seguir al pie de la letra este decreto. Una postura que le ha reportado serias críticas por parte de la opinión pública y algún que otro disgusto dentro de la Zarzuela. Pese a todo, la Infanta ha plantado cara a las circunstancias adversas y trata de llevar su vida cotidiana dentro de toda la normalidad que es posible. Va cada día a la sede de la Fundación La Caixa, donde es responsable de los proyectos de cooperación que desarrolla esta entidad financiera, mientras sus cuatro hijos han retomado su vida escolar en el Liceo Francés en el que empezaron sus estudios antes de viajar a Washington.Hace unas semanas, una empresa de mudanzas empaquetó en cajas algunos de sus enseres, lo que hace pensar que el traslado a una casa menos lujosa –quizá a un piso en el mismo barrio– está a punto de producirse. Sus allegados les han aconsejado dejar Pedralbes, símbolo inequívoco del rápido ascenso económico de la pareja que levantó las primeras sospechas de que algo podía estar haciéndose fuera de la Ley. Lo que está fuera de duda es que doña Cristina decidió mantener su confianza en su marido y apoyarle con más fuerza que nunca. La Infanta, es evidente, no ha olvidado la fórmula con la que aceptó a Iñaki, hace quince años, el día de su boda en el que prometió estar junto a él, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y en la tristeza. Lejos queda ahora aquel 4 de octubre de 1997, en la catedral de Santa Eulalia de Barcelona, cuando la hija mediana de los Reyes dio el sí quiero a su prometido, un apuesto deportista al que conoció en los Juegos Olímpicos de Atlanta, y del que se enamoró perdidamente desde que lo vio por primera vez. La imagen de la pareja era inmejorable: atractiva, ilusionada y sonriente. La llegada de sus cuatro hijos completaron la estampa de una familia feliz cuyo reflejo, de repente, se rompió en mil pedazos.