Cine

Ardiente animal en celo por Jorge BERLANGA

En «Cleopatra» (1963)
En «Cleopatra» (1963)

Si podemos distinguir varias etapas en la carrera de Liz Taylor, la mejor sin duda fue la que transcurrió entre los años 50 y 60, tiempo de plenitud y garra, de ardor interpretativo e intensidad carnal. La que coincidió también con sus amores tormentosos, escándalos, pasión y arrebato melodramático. Siempre fue una mujer fabricada para el amor, hasta las últimas consecuencias. Y a pesar de todo, nunca dejó de ser una chica hecha para el matrimonio.

Con «La gata sobre el tejado de zinc» la dulce muchacha de los ojos violetas da el salto al ardor felino como una bomba sensual de relojería. Atrás queda olvidado el primer marido de juventud, Conrad Hilton, y en el permanente recuerdo Mike Todd, el dinámico productor fallecido repentinamente en accidente de aviación. Ella está preparada para ser la nueva reina de Hollywood, entre soberbios melodramas. Ya ha recibido un Oscar con «La mujer marcada» cuando hace temblar los cimientos del puritanismo de la Meca casándose con Eddie Fisher, el mejor amigo de Todd, el marido de su mejor amiga, Debbie Reynolds. Recibe hasta el rechazo del Vaticano por su deambular erótico y demuestra que en determinadas cuestiones no se anda con remilgos, especialmente las que reclaman su corazón y se cruza el hombre que desea en su camino.


La actriz del millón de dólares
Lo que acabó culminando en la explosión definitiva del romance abrupto, convertido casi en un drama clásico fuera de la pantalla, que supuso el rodaje de «Cleopatra», la mayor película jamás contada, sin reparo en medios y dispendios, donde la actriz fue la primera estrella en ganar un sueldo de un millón de dólares, que luego por diversas vicisitudes de la superproducción acabarían convirtiéndose en siete. Donde conoció a Richard Burton y su temperamental comportamiento, pura masculinidad con hondura shakesperiana y con el que saltarían algo más que chispas. Sobre todo cuando ambos estaban casados y Burton era católico practicante. Una nueva ocasión para enaltecer su fama de devoradora de hombres innecesaria cuando los dos se fagocitaban hambrientos y sedientos del otro con una pasión irredenta. En el ojo del huracán y a la vez ajenos al mundo. Su historia acaparó algo más que titulares, páginas gloriosas en la Historia del cine fuera del cine.

Sus relaciones fueron especialmente borrascosas entre encuentros y desencuentros, disputas feroces y soberbias reconciliaciones. Tiempos de «Castillos en la arena», «¿Quién teme a Virginia Woolf» o «Reflejos en un ojo dorado». Melopeas, resacas, kilos de más y sobre todo Kilates. Como guinda de sus pasiones estaban las joyas, inherentes a la Taylor como su propia mirada insondable. El diamante amarillo Krupp, o la mismísima Perla Peregrina de Núñez de Balboa, salida misteriosamente de España, y sobre todo el gran pedrusco Taylor-Burton de 69 kilates, célebre como él solo por su valor propio y añadido. Después de aquéllo nada podía ser igual, más grande que la vida, y la diva se entregó a una decadencia de régimen, ayuda al prójimo y a maridos sin fuste que no hicieron olvidar su esplendor de fémina superlativa. Y hasta en el último suspiro uno diría que se oyó el maullido de la gata desde la cama.