Lo que digan los abuelos

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Sinceramente he de reconocer que no sé lo que hacer ni aconsejar. No tengo demasiado claro que el éxito de la huelga general del día 29 no dependa exactamente de que los abuelos dejen de llevar a sus nietos al colegio –como ha pedido el secretario general de la UGT en Andalucía– o de que las madres dejen de dar ese día biberones a sus hijos, como también alguien podría haber pedido. Lo juro. Juro que no sé exactamente en qué consiste el éxito o el fracaso de una huelga sobre la que los empresarios se han pronunciado en contra, a pesar de no estar a favor de las medidas del Gobierno, mientras que los sindicatos –que persistentemente se han venido pronunciando a favor de Zapatero– quieren ahora manifestarse contra las medidas que acaba de tomar. Lo último que me faltaba por ver en todo este embrollo es que la Iglesia haya apoyado la huelga a través de una Pastoral Obrera en Sevilla mientras la jerarquía eclesiástica –en este caso el Arzobispo sevillano– se desdecía de lo dicho asegurando que él no sabía exactamente lo que en tal circular se iba decir. En realidad, el Arzobispo de Sevilla es el único que ha quedado tan mal como Cagancho en esta historia porque o, por un lado, no se entera lo más mínimo de lo que ocurre en su diócesis y de cuáles serán sus pronunciamientos o, por otro, de lo que no se entera es de lo que ocurre en este país más allá de los muros de su palacio arzobispal, por muy grandes que éstos sean, que es aún peor.
Porque es posible que muy pocos quieran decir lo que piensan en relación a esta huelga o, lo que es más probable, de los sindicatos que la convocan, pero decir lo que uno no piensa para luego desdecirse –como acaba de ocurrirle al arzobispo– es más bien cosa de tontos o de gente poco avisada.
Y, sin embargo, tampoco conviene exagerar pues ciertamente ni siquiera Griñán sabe bien de parte de quién ponerse. No lo ha hecho de parte de los sindicatos pero tampoco de parte de ZP de quienes, guardando las distancias, ha asegurado que «los dos tienen parte de razón».
Así pues, y visto lo visto y por lo que pueda ocurrir, creo que lo más sensato será observar ese día lo que hagan los abuelos. Ellos puede que sean la clave de llamar fracaso o éxito a esa movilización.