Literatura

El mismo Neira

La Razón
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Le dimos honores sin entenderle. Admiramos que se metiera a defensor de la novia de un chulo de mala sombra en plena calle sin comprender que en ese caballeresco gesto anidaba el exceso que le hacía a Don Quijote ser quien fue y «desfazer entuertos». El mismo exceso que luego le llevó a proclamar que iba armado cuando dejaron a su agresor en libertad. ¿Cómo no iba a ir armado nuestro Quijote urbanita? ¿No era la lanza la que hacía inconfundible la silueta del hidalgo loco sobre Rocinante? El mismo exceso, sí, que le hizo publicar un inquietante libro en el que decía que España no es una democracia (tesis que coincidía con la de quienes nunca han deseado que lo sea) y luego desafiar a su medicación. ¿Desde cuándo Don Quijote se medica?
Con Neira nos ha pasado como a esas mujeres que se casan con un hombre para cambiarlo y convertirlo en otro distinto del que se enamoraron. Hay un poema de Borges en el que hace una interpretación del buen ladrón del Gólgota que quizá no sea muy católica pero sí muy sagaz y deslumbrantemente humana. Sostiene Borges en esos versos que si aquel bandolero del Evangelio se atrevió a apostar, a pedirle a Cristo el Paraíso y a ganarlo en el último momento de su agonía en la cruz fue gracias a la misma audacia que le había llevado antes al robo, «al pecado y al azar ensangrentado». Pues bien, yo creo que a Neira le ha llevado a la sanción y al desafío el mismo impulso que lo llevó una vez a decirle a un chulo en una calle que a una mujer no se le pega.