El toreo de Castella arde antes de la «cremá»

- Valencia. 10ª de la Feria de Fallas. Se lidiaron toros de la ganadería de Núñez del Cuvillo, descastados y de poco fondo. Casi lleno en los tendidos.- Enrique Ponce, de chocolate y oro, estocada caída (oreja); pinchazo, media (silencio).- Sebastián Castella, de verde hoja y oro, estocada (saludos); pinchazo, media, aviso, tres descabellos (saludos). - José María Manzanares, de azul claro y azabache, estocada (saludos); estocada (silencio).

El diestro Sebastián Castella da un pase a su segundo astado, "Inquemable", durante la corrida de toros de la Feria de Fallas
El diestro Sebastián Castella da un pase a su segundo astado, "Inquemable", durante la corrida de toros de la Feria de Fallas

VALENCIA- Apenas quedaban horas para que las fallas ardieran. La belleza de los ninots se convertiría después en un volcán de cenizas donde va a parar el trabajo bien hecho. Castella comenzó antes de tiempo el delirio de la noche de San José. Prendió las Fallas, se puso más quieto que una vela, inamovible la figura, y apretó el acelerador. La estampa sólida y austera nos vino a dar lo mejor de la tarde. La vibración llegó en el quinto, mas la conquista le perteneció mucho antes. Desde que saltó al ruedo el segundo, de nombre «Gavilán» y para dar rienda suelta a la mítica canción de Pablo Abraira, una paloma sobrevoló los tendidos del coso valenciano. Nos despertó Castella del tarareo de «Gavilán y paloma» con los delantales que sacó para llevarse al toro a los medios. De la suavidad nos fuimos al polo opuesto: unas chicuelinas que ardían en ajuste. Menuda reunión, en un palmo de terreno entraban los dos. Le costaba pasar al toro, uno más de un deslucido encierro de Núñez de Cuvillo, al que le faltó casta y entrega. La raza la puso el francés. Aquella faena le quedó más tibia, pero encandiló sobre todo al rebozarse de toro en los circulares. Hubo petición, tanta como en el toro de Ponce, y el presidente no sacó el pañuelo. Los valencianos se acaloraron en la exagerada reprimenda. El arrebato vino en el quinto. Tenía amarrado el triunfo y se lo robó la espada. Piel con piel parecieron los pases cambiados del prólogo. Se dejaba el toro por el izquierdo y estaba para pocas bromas por el derecho. Las ideas claras. Castella le echó ambición, imaginación y capacidad. Y entre todo ello, un natural, precedido por un cambio de mano, soberbio: largo, sedoso, profundo... Perdí la cuenta de los circulares que sumó por el izquierdo, segundos antes de abrasarse en la «cremá». La falla de la espada que no quiere matar. Enrique Ponce, en el año Ponce, parece tener una maldición en su tierra. Saboreó el calor de su gente en el primero en la oreja que paseó. Se movió el toro, noble a tope y sin clase ninguna, en una muleta resuelta que fue perdiendo pujanza. De la boyantía pasó Ponce al toreo de suavidad. Lo del cuarto fue fracasar antes de empezar. ¿Qué se puede hacer con un marmolillo? Había caído la niebla y casi entre tinieblas se dispuso Manzanares con el sexto. Tampoco fue una bendición. La voluntad encontró freno en un toro descastado. Y otro más que se llevó por delante en tercer lugar. La de Cuvillo no embistió. Que ardan las fallas en paz.