Pedicura para todos

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La chancla, mis queridos niños, es un invento endemoniado. El ángel caído, con un cabreo como una mona, debió inventarlas una tarde en la que las Tórtolas blancas le habían hecho la puñeta en los talones, provocándole unas ampollas como mejillones de roca. Ahí comenzó una tragedia de proporciones bíblicas que afecta a la Humanidad hasta nuestros días, especialmente a la Humanidad australiana, a la que debemos también las famosas mechas que tan exitosamente luce, desde hace lustros, Gutiérrez Hernández, José María, más conocido como Don Guti. Es cierto que la chancla puede ser cómoda, que no digo yo que no, pero a veces la comodidad está reñida con las más mínimas normas del respeto a los demás. También es cómoda una bata y a nadie se le ocurre aparecer un sábado por la tarde en un bar con una bata. También es cómoda la faja dorso-lumbar, la paella de microondas y el flotador cuando das a luz, pero son cosas, criaturas, de las que no se puede presumir, no se pueden enseñar y evitamos contarlas. Sin embargo, la chancla se ha instalado en nuestra cultura como parte del atuendo normal sin reparar si nos acompaña estéticamente el pie y si, sobre todo, a ese pie se le ha pasado antes una piedra pómez. Vayamos por partes. El pie, bonito bonito, no es. No lo es y a lo mejor hay dos o tres casos en el mundo de gente a la que de gloria verle el extremo de la pierna, pero no los conocemos. El pie no está para enseñarlo, y, si se enseña, hay que tratárselo convenientemente antes y cuando digo antes no me refiero a una vez en la vida, sino cada poco. Cada poco, chiquillos, hay que quitarse las lijas sobrantes, los espolones, y cortarse eso duro que llevan los dedos encima. El personal, no obstante, suele calzarse una chancla sin haber reparado en esas cuestiones y cuando digo personas me refiero sobre todo a los caballeros pero tampoco se libran algunas señoras que salen en chanclas después del invierno como da la mata. Mal. Las esteticistas, los callistas, nenes, son profesionales magníficos que nos pueden ayudar a nosotros y por nuestro bien, y por el de los demás, también. Por último, me queda alertar sobre el cuidado extremo que debemos tener en las aglomeraciones ( el ser humano pisa y, además, vierte líquidos, así que nos puede quedar el pie como un campo de minas pegajoso, con el consiguiente traspaso de gérmenes al catre) y sobre la falsa leyenda que mantiene que sustituyen a la zapatilla de andar por casa. No hay más que preguntarle al cónyuge o compañero de piso sobre el ruido que provocan a horas intempestivas. En definitiva: calzado ligero pero cerradico, higiene, pedicura, y en cuanto refresque, de cabeza a la bota Gorila.