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Caro y exuberante

Temporada de la OCNEObras de Prieto, Piazzolla, Amargós y Falla. J. Rachlin, E. Morente. Orquesta Nacional de España. J. Pons, director. Auditorio Nacional. Madrid, 28-XI-10.

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Programa caro, largo y exuberante el del fin de semana en la ONE. Caro, porque no sólo presentaba dos solistas renombrados, como Julian Rachlin y Estrella Morente, sino que la mayor parte de las obras generaban derechos de autor. Largo, por sus casi dos horas y media de duración, y exuberante, por las orquestaciones empleadas. Claudio Prieto estrenó «Manos tendidas» por encargo de la propia ONE.

Se trata de una partitura de gran ambición. Sus casi veinte minutos están dedicados a las mujeres maltratadas y fallecidas por la violencia machista, según declaraciones del autor. Presenta una orquestación amplia, con mucho uso de viento y percusión, que más que tratar el tema subyacente, parece un canto a la unión de las culturas árabe y española. La melodía es tan amplia como la inspiración. El inquietante tema inicial no puede, ni intenta, esconder sus raíces españolas, a las que se añaden en ocasiones reminiscencias orientales dentro de una estética ecléctica. Así su sección central, mucho más lírica que las que la encierran, hasta trae ecos del Strauss de «La danza de los siete velos» de «Salomé». Su final, muy explosivo, redondea una obra que se escucha con sumo agrado, lo que no es habitual en las composiciones españolas actuales. El conjunto nacional abordó por vez primera las «Cuatro estaciones porteñas» de Astor Piazolla, pasadas por Leonid Desyatnikov a gran orquesta desde su plantilla original para quinteto de cuerda y bandoneón. Se contó con el trabajo excepcional del violinista Julian Rachlin. La versión quizá pierde sabor para tornarse mucho más espectacular. Lo mismo sucede con las «Siete canciones españolas» en el arreglo de Joan Albert Amargós frente a la conocida armonización de Lorca, donde la sencillez cede paso a una orquestación en technicolor propia de Hollywood.

Soltura y superficialidad

Estrella Morente se desenvuelve en ellas con tanta soltura como superficialidad, siendo aclamada por el público casi al final de cada canción. También intervino como solista en la versión que realizara Falla en 1925 para «El amor brujo» y que es la más conocida, aunque Josep Pons quizá haya dirigido con mayor frecuencia la primitiva de 1915. Su veteranía en la obra es palpable, obteniendo una buena respuesta de una Nacional en forma durante todo el concierto, y arropando a una solista que seguro que funcionará mucho mejor en grabación. Tres sesiones de esas que logran encandilar al público.