El día más feliz de Irene Villa

Sólo el continuo coqueteo de sus dedos entre su larga melena delata ese nerviosismo de quien está a punto de pasar por el altar. Ha perdido un par de kilos debido al trajín de las últimas semanas, pero ni siquiera el estrés consigue nublar su sonrisa. Enérgica, vital, luminosa, Irene Villa está arrolladora.

Entre tules. La escritora Irene Villa observa algunos vestidos de novia en la tienda, horas antes de darle el «sí quiero» al argentino Juan Pablo Lauro en una iglesia madrileña
Entre tules. La escritora Irene Villa observa algunos vestidos de novia en la tienda, horas antes de darle el «sí quiero» al argentino Juan Pablo Lauro en una iglesia madrileña

Apenas faltan unas horas para que contraiga matrimonio con Juan Pablo Lauro, el argentino que ha puesto más luz sobre sus ojos y que la ha convencido de que su historia es de las que se escribe con ecos de eternidad. «Antes decía que era de las que creía en el amor y no en el matrimonio porque supongo que todas las hijas de padres separados aprendemos eso de pequeñas. Ahora que he visto en él amor, pasión y todas esas cosas que tenemos en común, siento que esto es para toda la vida», confiesa Irene.

Ha conseguido hacerle un hueco a LA RAZÓN entre la sesión de manicura, su programa radiofónico y la cena que está apunto de compartir con su familia. Llega a la tienda Innovias, en la madrileña calle Velázquez, escoltada por su amiga Rosa y una de sus cuñadas argentinas. Ellas vigilan que el carácter extrovertido y charlatán de Irene no acabe revelando los dos grandes secretos de este enlace: ni un detalle sobre el vestido y, por supuesto, ni una pista sobre la localización de la iglesia en la que se casará. «Me enorgullece mucho la gente, el cariño que recibo, el apoyo que siempre me han dado. Me paso media vida contestando e-mails de personas que me escriben y me siguen. Sería una desagradecida si no comparto con ellos este día», explica, «pero no me gustaría que se armase demasiado revuelo y que los invitados de la boda que hay antes que la nuestra tengan problemas para acceder a la iglesia».

Lleva varias semanas indecisa entre dos vestidos exclusivos de la tienda Innovias, pero parece que finalmente ha decidido cuál lucirá esta tarde a las 19:00 horas. «Con éste me siento más yo», explica mientras señala uno de los trajes. Ya tiene algo nuevo y azul, el liguero que le ha regalado una de sus amigas. Los zapatos llevan la firma de Úrsula Mascaró y los pendientes son de Oliver Weber. «Nos hace mucha ilusión asumir este compromiso de por vida, estamos súper felices y agradecidos», explica. Entre tules, sedas y tacones de novia, Irene Villa confiesa detalles sobre su relación con Juan Pablo. «Es una persona con principios y compartimos valores. Nos divierten las mismas cosas, somos muy entusiastas y deportistas, divertidos y chistosos», comenta.

«¡Y lo digo yo, que pensaba que eso de la media naranja no existía!». Habla de una afinidad de pareja que su amiga Rosa corrobora, «a veces parecen uno». Entre los 170 invitados con los que contará la boda, se encuentra parte de la familia argentina de Juan Pablo. Ellos definen a Irene como una persona «cálida y cercana» y comprenden el cariño y la admiración que despierta en nuestro país. «A ella todo el mundo la adora y a Juan Pablo le regañan y le dicen que la cuide», comentan. Para una generación de españoles, Irene fue la niña a la que todos vieron crecer orgullosos de sus logros y de su incansable lucha contra la violencia y la brutalidad terrorista. Para los más jóvenes se ha convertido en un ejemplo de vida, y su filosofía, en un mensaje de esperanza y motivación.

Consciente de esta situación, Irene no quiere esconderse en el día más especial de su vida. «Se lo debo a España, en un momento crítico, me hicieron mucho bien», comenta. «Igual que la gente me vio medio muerta en la carretera, me tiene que ver saliendo de la Iglesia de blanco y feliz, porque parte de esa ilusión la tengo gracias a todas las personas que me ayudaron y me apoyaron». Irene Villa encandila. Contagia energía y entusiasmo y, por eso, resulta difícil creerla cuando asegura que «casi todo en la vida me ha venido de sorpresa, han sido regalos del cielo», como si no fuese merecedora del cariño que recibe. Recuerda emocionada cómo Juan Pablo Lauro le pidió matrimonio. «Fue hace año y medio, todos lo sabían porque él se lo había dicho antes a mis padres y a mis abuelos».

El argentino, desde luego, es de los que cuida los detalles. Eligió un escenario inigualable para la pedida: una playa en Mar del Plata, en el Cabo Corrientes, la noche como aliada, una inmensa luna llena como testigo y los fuegos artificiales de la Navidad poniendo la banda sonora al momento. «Juan Pablo se arrodilló ante mí y me emocioné tanto que no podía articular palabra», explica Irene. «Tardé tanto en hablar que el pobre me dijo ‘‘¡pero di algo!'' y entonces le contesté que ¡sí!», relata. Para recordar ese día lleva ahora la alianza de boda en su mano derecha. «En Argentina tienen la costumbre de dar el anillo antes, cuando estás prometida se pone en una mano y cuando te casas se cambia a la otra», explica la joven.

El valor de la educación
Para Irene y Juan Pablo, tal y como escribió Antoine de Saint-Exupery en «El principito», amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Por eso, la pareja ya está pensando en ampliar la familia. «Nos gustaría tener, como mínimo, dos hijos. Y de ahí en adelante los que vengan. Educarlos con nuestros valores y que les encante el deporte, como a sus padres. Que crezcan fuertes emocionalmente y sanos», confiesa antes de pasar por el altar.

El perfil. Lauro, ex tenista y empresario
Juan Pablo Lauro ha sido el único hombre capaz de hacer pasar a Irene Villa por la vicaría. Ex tenista argentino, en la actualidad se dedica a la comercialización de pescado al frente del negocio familiar. La pareja se conoció en 2009, en un acto de la Fundación También y tiempo después volvieron a coincidir en un encuentro de la Fundación Conecta. «Ahí conectamos», bromea Irene y aclara que «para Juan Pablo fue un flechazo, pero yo me fui enamorando con el tiempo». Irene, de 32 años, explica que, aunque el empresario es cuatro años más joven, «no se nota la diferencia de edad. A veces le digo que parece mi padre», comenta. Son dos jóvenes entusiastas con valores comunes, pero también hay pequeñas diferencias entre ellos. «A él no le gusta mucho salir y yo soy más alocada, me gusta más el cachondeo», confiesa. La luna de miel será en Asturias y estarán acompañados de toda la familia. Eso sí, luego tendrán una semana para los dos solos.