María Luisa Merlo: «Cambié los hombres por el ordenador»

LA RAZÓN regala el viernes «Ligue Story», donde todos los personajes tienen problemas amorosos

María Luisa Merlo: «Cambié los hombres por el ordenador»
María Luisa Merlo: «Cambié los hombres por el ordenador»

Cuando la amabilidad está tan cara, ella la derrocha. Cuando la sonrisa es un esfuerzo, en ella es fácil y habitual. Cuando casi todo el mundo lo ve todo negro, ella se empeña en verlo blanco. Por ejemplo: el otro día ardió su cuarto de baño porque a ella le encanta encender incienso en las abluciones matutinas o vespertinas y el fuego de una cerilla prendió en las toallas. Pues María Luisa Merlo no me cuenta su desesperación por cómo quedó el baño y lo que había en él, sino que «vinieron unos bomberos guapísimos y encantadores y lo apagaron todo en seguida, y luego vinieron unos señores también guapísimos y encantadores del SAMUR para ver si el humo me había afectado, pero no, estaba en perfecto estado; así que todo fue muy bien». O sea, que te cuenta un incendio como una tarde de té con las amigas en Embassy.

–Es usted increíble, María Luisa.
–Es que lo veo todo con serenidad. Y de lo negativo, veo lo positivo.

–Este periódico regala el próximo viernes «Ligue Story», una película de Alfonso Paso del año 72 en la que usted trabajó...
–Le diré la verdad: no me acuerdo de nada. Sólo que rodamos algo en una piscina.

–Es la historia de unas parejas que envían cartas al consultorio sentimental de un periódico con la esperanza de arreglar sus vidas...
–Qué cosas. Yo entonces ligaba a los más guapos y difíciles sin necesidad de consultorios. Eso se acabó: he cambiado a los hombres por los aparatos, esto es, por el ordenador, los móviles, los iPod y todo eso. Lucho por aprender a manejarlos. He desistido de aprender a manejar a los hombres. Los aparatos son más fáciles. Además, les puedes insultar y no te contestan.
(Lleva un jersey grueso de cuello vuelto, abrigo de piel, grandes gafas oscuras. Va menos rubia de lo habitual. Pide un cortado y agua. Come sano, no fuma , no bebe, «no nada de nada», añade sonriendo. Hace pilates y natación. La Merlo era enamoradiza y romántica, «si no me recitaban versos a la luz de la luna, no tenían nada que hacer; también era guapa y de difícil carácter, y rebelde; ahora lo soy más: no me dejo dominar y llevo la contraria a quien sea; estoy marcada por la rebeldía, la curiosidad y el temor al aburrimiento». Viene de apoyar a una ONG, Adebadi, que emplea el baile como ayuda a las personas con alguna discapacidad, «y he bailado con un chico con síndrome de Down).

–No sé si sigue teniendo un guía de luz...
–Sí, en Los Ángeles. En realidad es un psicólogo espiritual. Tengo sus enseñanzas, no me hace falta ir a visitarlo mucho. Te enseña a estar bien aquí, en la tierra, no en el cielo. Para mí, Dios es Cary Grant que viene a sacarme a bailar. Necesito creer sobre todo en mí misma, poder decirme: me gusta María Luisa, creo que ha cambiado para bien, es más inteligente.

–Me dijo hace poco que ha descubierto que el mejor marido es usted...
–Sí, el mejor marido que pueda tener soy yo. No me cambio por ninguno. Lo ideal es que uno acabe siendo el mejor amigo de uno mismo.

–Ya no necesita ningún hombre.
–Así es. Me gustan los jóvenes, los bailarines jóvenes, pero no me atrevo a ligar con ninguno. Me vería ridícula y sufriría. Y tampoco me hace falta.

–En cambio, su ex, Carlos Larrañaga, siempre necesita una mujer al lado.
–Ya no. Parece que por fin se ha hecho mayor, que está bien solo.
(Cree que la vida es un continuo aprendizaje, «y aprendemos hasta el final». Está siempre evolucionando, «le digo cosas hoy que a lo mejor mañana no le diría». Piensa que los hombres, casi todos, sufren de «mamitis aguda»: «No hay más remedio que ser su madre; a mí me gusta ser madre, pero de mis hijos; soy como La Pasionaria: hijos, sí, marido, no, ja, ja, ja». Está contenta porque ya no tiene que hacer papeles alimenticios: «Elijo lo que hago». Y también porque se ve libre de los viejos condicionamientos que tenía: «Nadie tiene la culpa de lo que te ha pasado en la vida; sólo uno tiene la culpa»).

–¿Y cómo se ve ante el espejo?
–Me veo guapísima...con 69 años. Buen número. No veo el cuerpo espectacular que tenía, pero veo un cuerpo sano de 69. Envejezco bien, voy ganando cosas.

–Ganando unas y perdiendo otras, ¿no?
–He ido dejando todos los vicios. Lo que más me gustaba era el chocolate, y me lo han prohibido. Vivía de bombones y patatas fritas. Bueno, me quedan las patatas fritas, aunque no puedo comer muchas. Pero me quedan.

–Ahora interpreta con Miriam Díaz Aroca «Cien metros cuadrados», la historia de una mujer que compra un piso con inquilina dentro y espera a que se muera...
–Está basada en una historia real. Yo soy Lola, la inquilina, la que tiene que morir para que Miriam ocupe el piso. Pero no me muero, claro. Lola vive el presente: fuma, bebe y no hace caso al médico. Nada que ver conmigo: yo, por salud, lo dejo todo. La obra nos dice lo que decía John Lennon: «La vida es lo que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes». No hay que planificar nada.
(Pasará la Nochevieja en Londres, en su restaurante. Tiene casa allí. Cree que las islas le dan suerte. Habla inglés, francés e italiano. El 12 de enero estrenan en el teatro Lara. Su hija Amparo le dice que es tan disciplinada como una bailarina rusa, y lo es, «aunque también creo que la disciplina se aprende; yo todo lo he aprendido con los años»)