El rey Arturo por César Vidal

La Razón
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En medio de esta barahúnda en que nos hallamos inmersos y donde lo mismo baja el Ibex que sube la prima de riesgo; donde lo mismo los del 15-M hacen el bárbaro que los sindicatos, el ridículo; donde lo mismo el nacionalismo catalán tiene el descaro de decir que la culpa de sus despilfarros la tiene «Madrit» que la Junta de Andalucía se baja el sueldo menos de lo que se lo ha reducido a los funcionarios, decidí hace unos días tomarme una tarde libre e ir al teatro. Reconozco que actuaba a tiro fijo porque elegía «Los hombres no mienten», la comedia que actualmente representa Arturo Fernández en el teatro Amaya de Madrid, extraordinariamente bien acompañado por una sensacional Sonia Castelo y un insuperable Carlos Manuel Díaz. Podría adentrarme en comentar las dos horas que estuve riéndome a mandíbula batiente con un público absolutamente seducido por el rey indiscutido de la alta comedia en España. No voy a hacerlo. Por el contrario, quisiera detenerme en su lado más personal que no tantos conocen y que lo convierte, por encima de su elegancia y de su profesionalidad, en un personaje del que sentirse nacionalmente orgulloso. Arturo Fernández superó ya hace algunos años los ochenta años y, sin embargo, derrocha sobre las tablas una vitalidad, una fuerza y un vigor insultantemente juvenil. Me acerqué a saludarle al término de la función y daba la impresión de que acababa de desayunar en el jardín. Todo ello tras no parar un instante de moverse y hablar por el escenario. No es, desde luego, un mal resultado para una persona que tiene compañía propia desde hace medio siglo – un auténtico hito en la Historia del teatro hasta donde yo sé – y que ha logrado semejante proeza sin recibir subvenciones porque afirma que se sentiría avergonzado si alguien le dijera que se mantiene con el dinero que sale de sus impuestos. Doy fe de que en una época en que la mayoría de las salas están semivacías, Arturo Fernández coloca semana tras semana el cartel diario de «no hay localidades». Pero si mantenerse así resulta difícil, no lo es menos el llegar. En alguna ocasión, he podido hablar con Arturo de sus años mozos como boxeador –el tigre de Piles lo llamaban– de cuando vino a Madrid con poco más de trescientas pesetas y de cómo estuvo a punto de reengancharse en el servicio militar simplemente porque le daban alojamiento, comida y ropa. Hace pocos meses, un magnífico actor joven me dijo en privado que de mayor quería ser Arturo Fernández. Lo entiendo porque el rey Arturo representa un ejemplo de estilo, de trabajo, de esfuerzo y de éxito logrado por méritos propios. Una trayectoria ejemplar precisamente cuando ya no todos los monarcas lo son.