Historia

Villarriba y Villabajo

La Razón
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Lo razonable sería hacer como en Italia y suprimir miles de ayuntamientos que arrastran una gloriosa independencia miserable, de modo que en vez de 8.000 alcaldes con sus 8.000 cortejos de gasto pudieran los vecinos españoles ser administrados por no más de 5.000, que ya son bastantes. Los 64 millones de franceses, por ejemplo, con su peculiar sentido cartesiano, se organizan con apenas 3.900 cantones consistoriales. Y los alemanes, que son 82 millones, proyectan una poda a la mitad de sus 11.000 municipios. Hasta los griegos han hecho un ERE en el Olimpo municipal y los belgas han fusionado la aldea de Asterix adelantándose a Roma. Desde el éxodo que en los años 60 despobló las zonas rurales, centenares de ayuntamientos boquean en una lenta agonía de muros en ruinas, yerbajos y largartijas. Sólo la casa de la abuela, remozada como vivienda de fin de semana y de vacaciones, conserva la lumbre encendida y unos rescoldos de vida en medio de la melancolía. Pero los inviernos son largos y caros. En gran parte de los municipios pequeños todo lo que se recauda en impuestos se va en pagar los sueldos del alcalde, del secretario y de los concejales. Hay casos en que todo el pueblo no vale ni la deuda que tiene con la Seguridad Social. El artificioso Plan-E del Gobierno no fue más que un espejismo de aceras y farolas, migajas en las barbas del hidalgo que come una sola vez al día. Pero ya se sabe que lo sensato casi nunca se abre paso en el páramo administrativo, como lo demuestran esos aeropuertos de un solo vuelo diario a ningua parte, trenes del AVE que transportan 8 pasajeros al día y polideportivos que compiten en tamaño con la Muralla china. El aldeanismo demagógico no es exclusivo de los nacionalistas y con tal de no aparentar menos que el vecino se hipotecan hasta la novena generación. Es la rivalidad tribal de Villarriba contra Villabajo. Ahí siguen, irreductibles y numantinos: antes muertos que mezclados. Será difícil dulcificar ese individualismo de Santo Patrón y Virgen lugareña tan arraigado en el mapa. Ni siquiera el régimen franquista, que no preguntaba ni la hora, logró reordenar lindes de 200 años que el tiempo ya había borrado. Pero esta piel de toro no da más de sí y urge repasar sus costuras antes de que se caiga a girones. He aquí una tarea de Estado para Rajoy y Rubalcaba.