El peligroso bando de los indiferentes por Rafael Rubio

Sal Conte,  vecino de Saten Island (Nueva York), organiza sus pertenencias tras el paso del ciclón. En estas circunstancias tuvieron que votar ayer miles de ciudadanos
Sal Conte, vecino de Saten Island (Nueva York), organiza sus pertenencias tras el paso del ciclón. En estas circunstancias tuvieron que votar ayer miles de ciudadanos

Un día antes de la elección presidencial de 2008, mientras recorría Washington DC de un lado para otro con distintos encargos de la campaña, la radio del taxi difundía los datos de una encuesta que establecía una diferencia de 6 puntos entre Obama y John McCain. El taxista frenó de golpe y, sin preguntar de dónde venían sus pasajeros, comenzó a repetir una y otra vez, «no podemos permitirnos a Bush III», mientras atribuía al candidato republicano, durante mucho tiempo enemigo declarado de George W. Bush, una serie de puestos y de afinidades personales absolutamente ajenos a la realidad. La situación describía a la perfección la situación de Estados Unidos en ese momento, en el que el país se podía dividir entre partidarios y detractores del presidente. Obama no había necesitado hacer mucho para atizar ese fuego, desde el año 2000, el odio al presidente Bush se había convertido en un elemento aglutinador muy fuerte entre los demócratas y un gran número de independientes, hasta el punto de permitirle hacer una campaña llamando a volver a unir a una América dividida.
Sin embargo, cuatro años después la situación no ha cambiado mucho. Hemos asistido a la campaña más negativa de la historia, superando el 75% del total de los anuncios en ambos candidatos. El presidente Obama, sin renunciar a seguir hablando de la herencia recibida, ha liderado esta campaña negativa. El 85,5% de sus anuncios han tenido a su rival como objetivo, concentrándose los ataques en temas personales relacionados con su riqueza, sus impuestos, sus negocios… promoviendo una polarización económica con ecos de lucha de clases, que buscaba movilizar a los más desfavorecidos, sin duda los más desencantados con el presidente norteamericano. El miedo a los presuntos ataques de Mitt Romney a los derechos de las clases más bajas han ocupado el segundo lugar en esta campaña.

Mitt Romney tampoco ha desaprovechado ocasión para atacar a su oponente. El 79,2% de sus anuncios en televisión estaban centrados en desacreditar la labor del presidente Obama. En este caso los ataques personales han ocupado un papel secundario, en primer lugar porque han corrido a cargo de personajes ajenos a la campaña como Donald Trump pero, sobre todo, por el efecto vacuna de la campaña de 2008, en el que los ataques personales fueron tan abundantes que cuatro años después, y tras cuatro años de Gobierno, quedan ampliamente desacreditados. De ahí que los ataques hayan ido más dirigidos a la gestión del presidente durante estos cuatro años, y al oscuro futuro que le espera al país si no se produce un cambio en el liderazgo.

Cuesta creer que campañas en las que se cuida hasta el mínimo detalle hayan cometido un error táctico. No hay duda que las campañas negativas tienen eficacia electoral y en los próximos días habrá que medir su efecto movilizador o desmovilizador en cada uno de los bandos, pero lo que realmente esta en juego, cada día más, es el sentido de una campañas electorales centradas en atacar en lugar de en ilusionar, en acumular puntos negativos en la cuenta del oponente hasta causar, a corto plazo, el hartazgo entre los ciudadanos ante el bombardeo electoral, con el consiguiente efecto en la participación, y, a largo plazo, el descrédito generalizado de la política y los políticos, ahondando todavía más en esa división que en 2008 parecía insuperable. En un escenario en el que se corre el peligro de encontrar, más que con dos bandos definidos, con tres en el que el más numeroso sea el de los indiferentes.

Rafael Rubio es profesor de las universidades Complutense y de Georgetwon