La JMJ

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Como doctrina, como «paraideología», como discurso, el zapaterismo se volatiliza al modo de una broma demasiado larga y pesada de la que los que menos se quieren acordar son los que nos la gastaron. Quedan todavía efectos de él, pero como brasas humeantes sobre el arrasado campo después de extinguido el incendio. Brasas que no niego que puedan volver a hacer fuego, sobre todo si hay una mano que las reaviva. Brasas como las movilizaciones que tuvieron lugar contra la JMJ, como su tediosa demagogia, su chulesca agresividad, su impenitente insistencia en un coste de la visita papal que no era tal porque nunca una iniciativa social ha tenido tanto apoyo privado y tan visible. Tiene su triste gracia que quienes quieren enterrar el zapaterismo –para que no le estorbe a Rubalcaba–, pero lo quieren hacer en sordina, coincidan de manera sospechosamente unánime en conceder al aún presidente del Gobierno la autoría de «ciertos avances en la sociedad civil» que, honestamente, uno no está dispuesto a pasar por alto en nombre de ninguna generosidad mal entendida que falsee la realidad que hemos vivido. Y es que el período que se abrió el 14 de marzo de 2004 y que ahora expira ha significado lo contrario exactamente al desarrollo del tejido cívico. Philip Petit era una simple referencia retórica en boca de Zapatero. El zapaterismo ha sido el virus más esterilizante que cabía imaginarse para un asociacionismo como el español que sigue hoy, como entonces, en un estado embrionario. Y la prueba es el propio «movimiento indignado». Sólo la precariedad, por no decir la inexistencia de una verdadera sociedad civil de carácter laico en España, puede explicar que la acampada de Sol y otros simulacros similares en otras ciudades constituyan la gran respuesta social y «organizada» contra el paro y demás efectos de la crisis. La paradoja es que la única pero a la vez extraordinaria muestra de que ese tejido cívico existe ha sido precisamente la JMJ, acosada por los incapaces de hacer algo lejanamente parecido. Es esta vitalidad asociativa de la ciudadanía católica la que señalaba José María Marco hace unos días en este periódico: «Todo este inmenso esfuerzo, tan sofisticado, ha sido coordinado por una organización mínima, sin burocracias pesadas. Si alguien está pensando en un modelo de sociedad civil autónoma y vibrante, éste es uno de los mejores ejemplos imaginables». La verdad es que esa inmensa, tranquila y ejemplar marea de creyentes que fue protagonista del mundo la pasada semana ha dejado en ridículo a sus provocadores. Se los ha comido con patatas. Y son la mejor respuesta al período político que está concluyendo.