Natalie Portman no pasa de puntillas por Venecia

Aronofsky ha sido el encargado de abrir el festival de cine con «Black Swan», una cinta sobre la danza clásica con una soberbia Natalie Portman. Fuera de concurso, Robert Rodríguez enseñó su nuevo e inofensivo «Machete».

La Mostra sigue más pobre (12 millones de euros de presupuesto, 700.000 menos que en 2009) y en ruinas. Y lo que le falta: al nuevo Palazzo del Cinema, que tenía que albergar los fastos del festival a partir de 2011, le espera un año de retrasoSe ha encontrado una capa de paneles de amianto enterrados en los cimientos y las obras caminan como un caracol sin brújula. Malas lenguas dicen que la corrupción también ha importunado el buen ritmo del proyecto. Ayer, los vecinos del Lido venecianos protestaban por las inmediaciones del Palazzo, contrarios a la invasión de cemento que supone la nueva construcción. En todo caso, Marco Müller, el director de la Mostra, no verá las pirámides del Lido terminadas a tiempo, porque su mandato acaba el año que viene.

Tal vez para vengarse, o tal vez para complacer al presidente del jurado, Quentin Tarantino, él y su equipo, ha confeccionado una programación de lo más «freak», con sobredosis de títulos asiáticos que harían furor en Sitges: la última película de la ex novia de Tarantino, Sofia Coppola, la vuelta al ruedo de Monte Hellman, la omnipresencia de Vincent Gallo, y con poco glamour. Estrella, una, la que ayer pisó la alfombra roja. Ella es Natalie Portman, protagonista absoluta de «Black Swan», el regreso por la puerta grande de Darren Aronofsky al cine fantástico, encargada de inaugurar la 67ª edición de la Mostra de Venecia entre tutús y espejos deformados.

Cuerpos obsesivos

Del realismo a lo Dardenne de «El luchador» a la estilización esquizofrénica de «Black Swan» parece existir un abismo insondable que el director de «Pi» no percibe. «El mundo de la lucha libre y el de la danza no son tan distintos», afirma. «Los que lo practican son actores que trabajan con el cuerpo de un modo intenso, casi obsesivo». Nina (Portman) sólo posee su cuerpo, porque su mente está en otra parte: como la Catherine Deneuve de «Repulsión», ha reprimido su lado oscuro a duras penas. Cuando un gurú de la danza (Vincent Cassel) la escoge para ser la protagonista de un nuevo montaje de «El lago de los cisnes», desplazando así a la que ya es agua pasada (gloriosa reaparición de Winona Ryder), su pequeño mundo se tambalea: la obra de Tchaikovsky pide a gritos alguien que sepa convivir con sus demonios, un cisne blanco que despliegue sus alas como uno negro clava su pico en la carne de sus víctimas.

El tema es un clásico del fantástico: el del doble, ese Hyde que anida en cada Jekyll de a pie. La novedad está en el ambiente en que se produce ese desdoblamiento y en su estallido operístico, que, en su tercio final, tiene un desarrollo sinfónico, apremiante, de proporciones faraónicas, tan bello y brutal como el de «Réquiem por un sueño». Aronofsky filma el universo de la danza en su insularidad, participando del movimiento de los cuerpos como si formara parte de su coreografía, pero a la vez acorralándolos, dejándolos K.O. en su ensimismamiento.

Extraordinaria Portman
No se anda con sutilezas cuando tiene que caracterizar a sus secundarios –en particular, a Vincent Cassel, coreógrafo demasiado arquetípico, o Barbara Hershey, madre demasiado castradora–, pero suple su tendencia a la obviedad con un nervio visual a prueba de bombas, una excelente banda sonora de Clint Mansell, un impagable clímax épico, algunos detalles malsanos que harían las delicias de David Cronenberg y Roman Polanski, y una interpretación extraordinaria de Natalie Portman. Es en la fisicidad de la cámara de Aronofsky, en su insistencia en meternos en la piel de su heroína, también en su angustia y en sus pies de barro, donde la película coge un vuelo sorprendente: pegados al rostro de Natalie Portman, tan pendiente de sus reflejos, de la construcción de una imagen que necesita la de los demás para estabilizarse, tan proclive a herirse y a pensar que está hiriendo a los que la rodean, tan paranoica, nos es posible comprender el drama de una identidad que se quiebra. Hemos citado a Cronenberg y a Polanski, pero también deberíamos citar a Dario Argento: la hipnótica puesta en escena del filme rompe continuamente los límites que separan la realidad y la imaginación con libérrima falta de prejuicios, sin tener miedo a hacer trampas, conciliando las expectativas del espectador con las necesidades trágicas del relato, entregándose a su delírium tremens.

Herencia rusa

«Me pasé seis meses entrenando durante cinco horas diarias», confesó la princesa Amidala en rueda de prensa. «Mi herencia rusa me ayudó a capturar con naturalidad el dramatismo propio del ballet». No sabemos si es cuestión de sangre, pero la intérprete israelí está que se sale. Le da la réplica Mila Kunis, que provisionalmente encarna a lo que parece su némesis, su contrario, la que la llevará al huerto. Pero Natalie Portman no necesita a nadie en quien apoyarse. Domina los resortes físicos de su personaje desde el primer minuto de metraje: la manera en que mira un pomelo o se toca la nuca indican una fragilidad que está a punto de romperse para dar a luz a otra cosa. Otro cuerpo, otro ser que es su peor enemigo y que despertará los aplausos de un público que la verá volverse loca literalmente en el escenario.
La locura, la obsesión, la entrega al delirio de los sentidos, temas caros al director de «Pi» y «Réquiem por un sueño»: la escena en la que Nina se toma un éxtasis, con escena lésbica incluida, es la prueba de que Darren Aronofsky y Natalie Portman estaban en el mismo barco, conduciendo en la misma dirección, dispuestos a estrellarse si hacía falta.

Ambos dibujan en el aire un «pas de déux» que funciona como un doble salto mortal sin red, una operación de riesgo tan hermosa, tan llevada al extremo, como la ejecutada por una bailarina que un día se comió las uñas porque no quería dejar danzar al cisne negro que picoteaba en su interior.