Suráfrica crimen y perdón

Es un país de contrastes y peligros que en el Mundial utiliza 200.000 policías para velar por la seguridad

Una señal en Potchefstroom, la sede de España, que avisa del peligro
Una señal en Potchefstroom, la sede de España, que avisa del peligro

POTCHEFSTROOM-El Gobierno surafricano ha invertido 2.700 millones de euros en organizar un campeonato mundial de fútbol que avanza sin más tensiones que las originadas por el propio deporte. De esa cantidad, 100 son para seguridad. Hubo incidentes, avalanchas, en los instantes previos; hubo robos y sustos mayúsculos, antes de que el balón echara a rodar; pero una vez que el Jabulani ha cogido velocidad la delincuencia ha dejado paso al balompié en las portadas de los periódicos. Lo cual no significa que haya desaparecido. Se ha pasado del crimen habitual al perdón, que tan sólo es un armisticio. Suráfrica recuperará la «normalidad» el 12 de julio. Espera que de este mes le quede una mejor imagen e incrementar en cuatro años la cifra de turistas, de 10 millones a 15. En un país con 11 lenguas oficiales, que registra 50 asesinatos al día, unos 18.000 al año, y son estadísticas locales que no pretenden ocultar ni manipulan, la violencia, el robo y los asaltos son el pan de cada día. La criminalidad forma parte de su forma de vida. Dicen que Suráfrica es el paraíso del crimen, de la violencia, tan intrínseco como la belleza de sus paisajes, la riqueza de sus minas de oro, diamantes, platino, tungsteno, vanadio y manganeso; o la excelencia de sus 150 reservas naturales, de las cuales 21 son Parques Nacionales, donde se puede apreciar la otra vida, la salvaje, como en ningún otro lugar del mundo. Por eso es fuente de ingresos. El caso es que llevo más de una semana en este país y aún no he conseguido identificar las profundas historias de África. Durban es como Benidorm. Un paseo marítimo espectacular, limpísimo, que da gloria y envidia verlo. Dice Carmen, una de nuestras guías, que la policía ha limpiado las zonas más visitadas; «pero hay otras a las que no deben ir. No vayan al centro de la ciudad (Durban) de noche, es un peligro. No salgan de las zonas delimitadas como seguras...». No es alarmista, es precavida, como debería serlo cualquiera que llegase hasta aquí. Las embajadas dan consejos y guías prácticas; el Gobierno surafricano, también. No puede ocultar su realidad a pesar de que durante el Mundial velarán por su seguridad 200.000 policías. Es notable la presencia, sobre todo allí donde hay una selección o un partido oficial. Ni un descuido, es la consigna, extensible a cualquier ciudadano de bien y a cualquier turista. Pero ni con la seguridad ni con la salud hay que relajarse. En Potchefstroom, la pequeña ciudad que ha recibido a España con los brazos abiertos, también hay que tomar precauciones, aunque su ambiente universitario destaque sobre otros menesteres. Precisamente en dirección a la Universidad del Noroeste, a un lado de la calzada reclama nuestra atención un cartel de vistosas dimensiones. Alerta sobre los riesgos que entraña pasear por un camino a su espalda: «Peligro –avisa– zona de alta criminalidad». En la orilla de enfrente, recoletas viviendas unifamiliares. Algunas, con alarma; otras, con rejas en puertas y ventanas, o con alambradas electrificadas, o con perros, o con nada, sólo el jardín de entrada, «porque para vivir con normalidad, todo tiene que ser normal», dice Jan, un jubilado descendiente de los primeros holandeses que daba clases en la universidad. Asumir así el riesgo puede resultar temerario, menos, sin embargo, que entrar en el peligrosísimo barrio de Hillbrow en Johannesburgo. «Cualquier blanco en sus cabales no debería acercarse a un kilómetro de allí», recomienda el recepcionista del hotel. Conocido como «la ciudad sin ley» por su alta e indiscriminada criminalidad, esta zona es el contraste por antonomasia de Sandton, la barriada de las mansiones, donde tiene casa Nelson Mandela, donde las medidas de seguridad más extremas resultan tan comunes como el timbre de la puerta.

En este país se pueden adquirir armas como en Estados Unidos; sólo que con una particularidad, aquí, quien no puede comprarlas se las roba a la Policía. Aunque el 80 por ciento de la población está alfabetizada, la mayoría no cobra más de 250 euros al mes, y los precios son muy parecidos a los más bajos de ciertos países europeos. Quien no tiene, roba. No es un comportamiento común; pero desgraciadamente, sí muy extendido. Y además, el 5% de la minoría blanca está en paro... Y el 30% de la mayoría negra. Los negros, el 80% de los surafricanos, siguen siendo los más empobrecidos, si bien el alto índice de criminalidad, un 38,60% de homicidios anuales por cada 100.000 habitantes, tiene más relación con la desigualdad racial que con la pobreza. A todo ello hay que añadir la enfermedad más devastadora que se conoce por aquí: el sida. Hay seis millones de afectados. Una de cada dos prostitutas está infectada, y el 35% de las mujeres. Como el sistema inmunológico está deprimido, la facilidad de contagio aumenta. Entre las surafricanas de raza negra las mujeres rellenitas hacen ostentación de su físico; es más, promueven la moda y explican el porqué: «Si estás rellenita, es que no tienes sida –no deja de ser una teoría muy particular–, ello es signo de que comes bien y, por tanto, de que no tienes problemas económicos». Conclusión, un tesoro, si es que sólo fuera una leyenda.