Revolución republicana

La Razón
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El intento de asesinato de la congresista demócrata Gabrielle Giffords en Arizona, con la terrible muerte de al menos otras seis personas, proyectará una sombra dramática sobre los primeros pasos de la nueva mayoría republicana en la Cámara de Representantes. Los nuevos republicanos no lo tenían fácil, y ahora lo tendrán un poco más difícil todavía. John Boehner, el nuevo presidente de la Cámara, representa bien estas dificultades. Boehner, representante por Ohio, llegó a la Cámara en 1990. Cuatro años más tarde, con Bill Clinton en la presidencia desde 1992, se produjo la «revolución republicana», que fue la respuesta a las propuestas políticas de un Clinton profundamente ideologizado, en particular el intento de reforma sanitaria.
Los republicanos consiguieron entonces la mayoría absoluta en el Congreso, algo que no lograban desde 1954. Boehner participó en aquel movimiento de los jóvenes turcos republicanos llegados a la capital para cambiar las reglas del juego y purificar Washington. Dieciséis años después, Boehner sigue formando parte del paisaje washingtoniano. Es verdad que no ha cambiado en la firmeza de su oposición a los demócratas cuando estos se ponen ideólogos, como ha demostrado en estos dos años, y mantiene buenas relaciones con los republicanos recién llegados. También sabe, por experiencia, a dónde llevan algunas actitudes. En el caso de la generación de 1994, una política de oposición frontal logró victorias importantes, pero también produjo el descrédito de los republicanos. Clinton, reconvertido al centrismo, consiguió superar el bache y ganó las siguientes elecciones presidenciales.
Los republicanos, en particular los que han llegado al Congreso con el apoyo del Tea Party, se enfrentan ahora a una encrucijada parecida. Sin duda intentarán acabar con la reforma sanitaria de Obama, y tratarán de restringir el presupuesto federal y bajar los impuestos. El mandato, en este aspecto, es muy claro. Es posible que pretendan también reducir el alcance de algunos de los «derechos» que el gobierno federal ha ido concediendo en los últimos años, bajo administración demócrata y luego con George W. Bush. La crisis, que ha hecho fracasar hasta ahora la política económica de Obama, les puede ayudar, y tal vez consigan, a diferencia de lo ocurrido después del 94, lo que se han propuesto.
Obama, por su parte, ya ha empezado a moverse hacia el centro y aunque por temperamento y por instinto le resulte una maniobra más difícil que a Clinton, lo hará porque es ahí donde siempre acaba situándose la política norteamericana. Los republicanos, incluidos los nuevos, los del Tea Party, tendrán que hacer otro tanto. Si aparecen como un grupo de lunáticos ideologizados, Obama los barrerá en las próximas elecciones. Mucho más que la pureza ideológica, se trata de recuperar una actitud como la de Reagan, alérgico a cualquier intransigencia y a cualquier dogmatismo, que fue la que consolidó la hegemonía republicana durante los siguientes veinte años. El Tea Party ha renovado el Partido Republicano y ha obligado a centrar el debate político. Ahora deberá estar a la altura de las promesas.