Luisa sallent / Pintora y escultora: «Este libro no es una venganza»

Una artista sin pecado Sus modos, extremadamente sutiles y elegantes, son una secuela de aquella niña que, a pesar de haber nacido en una familia acomodada de Ripollet en 1934, supo resquebrajar el corsé de aquella sociedad asfixiante que se extrañaba con su actitud, poco frecuente entre las mujeres de la época. Sus cuadros y esculturas también reflejan un espíritu quizá rebelde, pero nunca histriónico. Por eso han sido definidos como «una sensualidad sin pecado».

«Cuando murió Juan Antonio me sentí sola, como si me hubiesen desconectado»
«Cuando murió Juan Antonio me sentí sola, como si me hubiesen desconectado»

Brilla con la luz que sólo pueden desprender las mujeres que se han enjuagado el rostro con sus propias lágrimas. A sus 76 años, no hay fotografía que le haga justicia: su sofisticado encanto se desprende en cada palabra. Su melena canosa es el símbolo de una madurez que convive en armonía con un espíritu joven, algo inseguro, que teme vaciarse en cada entrevista. Luisa Sallent conversa con LA RAZÓN tras la presentación de «Vidas y apariencias»
(Ediciones Martínez Roca), un libro «terapéutico» que le ha servido para superar el vacío que le asoló tras la muerte de Juan Antonio Samaranch –con el que compartió los últimos 18 años de su vida– y en el que habla sin tapujos de su relación, que nació cuando «Bibis», la esposa «oficial», todavía estaba viva. Ahora, la viuda nunca reconocida del político catalán rememora en esta biografía, salida de su puño y letra, un periplo vital plagado de emociones y reencuentros. Un texto «salido del corazón» que, sin duda, dará que hablar.

–«Vidas y apariencias». ¿Por qué ahora?
–Este libro no ha sido hecho con la intención de ser publicado. Lo escribí para mí, tenía la necesidad de reencontrarme con mi esencia. Cuando murió Juan Antonio me sentí desequilibrada, como si me hubiesen desconectado. Tenía una fuerte necesidad de reubicación. Me sentí sola y no sabía con quién podía contar. Este libro me salvó.

–¿Cómo ha sido la experiencia?
–Hubo muchos pasajes difíciles de contar. Pero me ha resultado fácil escribir porque todo me salía del corazón. Me ha gustado tanto que ya me he apuntado a un curso de escritura. Es curioso, muchas de las cosas que hago las empiezo al revés.

–Varios párrafos de su libro comienzan con la frase «quiero hablar de…». ¿Tiene la sensación de haber estado silenciada?
–Sí, en cierto momento uno no podía hablar de malos tratos, por ejemplo. Hoy en día la sociedad ya es más adulta.

–¿Con qué se encontrará el lector?
–Bueno, tengo la sensación de que me he desnudado en público, que he desnudado mis sentimientos.

–¿Se defiende de los que la han tachado de oportunismo en su relación con Samaranch?
–Este libro no es una venganza. Si acaso, una puntualización. Me sentí amada por Juan Antonio. Y si me preguntan, diría que los diez primeros años junto a él fueron los mejores, porque yo no compartía su poder, vivíamos en una habitación y apenas salíamos. Él descubrió otra forma de sentir, en la que uno se juega el corazón.

–Tuvo que ser muy generosa en su relación, porque había una mujer oficial, «Bibis», y tenía que compartirlo…
–Ellos se querían, eran leales el uno con el otro. Pero si tuviese que elegir entre el papel de ella y el mío, volvería a escoger el mío. No soy hipócrita; si hubiese podido lo hubiera querido todo, pero, dada la situación, entre salir en las fotografías a su lado en los actos oficiales o ser la persona con la que Juan Antonio era auténtico, de corazón, escogería lo segundo. Me valía la pena ser generosa en ese sentido.

–¿Cómo le gusta que la nombren, como Luisa Sallent a secas, o como la viuda de Samaranch?
–Yo soy Luisa Sallent; cada cual que me relacione con lo que quiera.

–¿Y qué es lo que más echa de menos de Juan Antonio?
–(Una sonrisa delata que se ha perdido en su recuerdo). Lo extraño mucho cuando hago crucigramas o sudokus, siempre los hacíamos juntos (ríe). Echo de menos de él esas cosas, la convivencia.

–En el libro también habla de su ex marido, Enrique Martorell, y parece que las cosas tampoco fueron fáciles en esta historia…
–Cuando lo dejé, estaba tuberculosa y con dos hijos, pero empecé a ganarme la vida pintando. No quise continuar con mi matrimonio porque no era la vida que quería llevar. Pese a tener el «permiso» de Enrique para poder engañarlo, esa vida no me gustaba.

–En su libro asegura: «A los chicos de mi pueblo mi personalidad les daba miedo porque yo no me adecuaba a las estrictas normas reinantes». ¿Se sigue sintiendo un poco fuera de contexto?
–Llevaba pantalones, conducía una moto... y a la gente le resultaba extraño. Pero yo nunca he intentado provocar; era la gente la que se sentía provocada.

 

«Vidas y apariencias»
Luisa Sallent
MARTÍNEZ ROCA
352 páginas. 20,95 euros.