Patxi López: El pacificador

Patxi López ©Turcios

MADRID–Le gusta decir que es un vasco de Coscojales, calle del Casco Viejo de Portugalete, cercana al Puente Colgante. Su abuelo perdió la vista en Altos Hornos de Vizcaya, su abuela Matilde era cocinera en las casas pudientes de la Margen Derecha, y su padre Eduardo Albizu, «Lalo», fue un histórico de la Naval. Patxi López vivió la conciencia obrera desde niño. En su familia, había dos definiciones sagradas: socialistas y honrados. Se afilió a las Juventudes y, en la clandestinidad, repartía pegatinas reclamando libertad y democracia. En su casa, eran frecuentes los registros de la Policía o Guardia Civil, y Patxi las bajó la cama.
Apasionado de la fotografía, en un viaje a Moscú se compró una cámara en color sepia con la que ha plasmado miles de imágenes de la Margen Izquierda, esa zona de la Ría bilbaína industrial, con su pasado, sus fábricas, nostalgia de lo que fue. El día que fue elegido Lendakari, una nueva página se abría en la historia de Euskadi. Patxi recordó entonces a su padre y abuelos, a los compañeros muertos por sus ideas, y se propuso gobernar para todos los vascos. Cambió la fórmula del juramento ante el árbol de Guernika y, por la noche, escuchó música con su mujer, Begoña, en el tocadiscos que un día le compró a Joaquín Almunia por trece mil pesetas.
Gran coleccionista de música, le encantan desde Jacques Brel a Bruce Springsten, y le encantaría tocar bien la guitarra eléctrica. De carácter tímido y austero, sigue frecuentando las tascas de su juventud, con Begoña y los amigos de siempre. En sus sueños figura un País Vasco libre, sin sangre, con pluralidad de ideas. Es un político honesto, ahora, tristemente burlado por Zapatero.