La «X» del IRPF por J A Gundín

La Razón
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Pese a florecer en mayo, mes en que Hacienda se pone tierna y dedica sus días a enviar cartas de amor, el movimiento de los «indignados» carece de sensibilidad fiscal. Ni una sola de sus propuestas para regenerar la putrefacta democracia alude al potencial revolucionario del IRPF, sigla con aroma del viejo Este. Es una lástima que pese a tanta asamblea y tanta acampada al sol nadie haya reivindicado la declaración de la renta como un acto de soberanía individual frente al poder aplastante del Estado. De haber pagado impuestos y de haberse enfrentado a los abstrusos borradores de la Agencia Tributaria, es muy probable que el 15-M hubiera reclamado, en vez de la Democracia Real Ya, la Democracia Fiscal Realista, que al sustituir la retórica por la contabilidad posee la persuasión de la matemática. El enunciado es muy simple: el ciudadano vota cada cuatro años a sus gobernantes, pero como contribuyente también vota cada año decidiendo el destino del 0,7% de sus impuestos mediante la famosa «X» en la casilla de su declaración. Es un voto mínimo, casi minúsculo, pero de gran relevancia política y social. Hasta ahora sólo se permite elegir entre dos opciones: Iglesia Católica y Fines Sociales, que no son excluyentes.

La fórmula, cuyos resultados son excelentes y muy alabados, permite a más de nueve millones de españoles ejercer la libertad de apoyar con sus impuestos las actividades pastorales y caritativas de la Iglesia, de la misma forma que otros cuatro millones los destinan a las ONG. En ambos casos se trata de un acto soberano y democrático del contribuyente, que deja de ser un desgraciado sujeto pasivo al que el Estado exprime con acidez limonera, para convertirse en ciudadano con libertad de decisión sobre el gasto de sus dineros. Sin embargo, el sistema aún es imperfecto y no hay razón para que la «X» se limite a sólo dos posibilidades, pues resulta tan absurdo como si a las elecciones generales sólo pudieran presentarse dos partidos. El abanico debe ampliarse para que otras instituciones puedan beneficiarse de este mecanismo tributario que tanta envidia despierta en la izquierda cuando se hace pública la recaudación para la Iglesia.

Urge, por tanto, poner fin a esta discriminación que sustrae a los sindicatos, a los partidos políticos y a la patronal la posibilidad de financiarse sin depender de subvenciones ni de mamandurrias. Todos ellos tienen derecho al favor del contribuyente, así que lo justo, lo democrático y lo cabal es que en la declaración del IRPF figuren sendas casillas para cada uno de ellos. La duda es si tendrán el coraje suficiente para enfrentarse al veredicto fiscal del pueblo, sobre todo esos sindicalistas y esos partidos que tanto invocan la voluntad popular.