Europa

Unionismo «versus» nacionalismo por José Clemente

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La campaña electoral que dio comienzo la madrugada del pasado viernes en Cataluña no será una convocatoria al uso de las nueve que se han celebrado anteriormente, al pesar sobre el entero cuerpo electoral de esa comunidad, como la espada de Damocles, la propuesta segregacionista lanzada por los nacionalistas catalanes tras la multitudinaria marcha del pasado 11 de septiembre, ratificada dos semanas más tarde por el propio presidente de la Generalitat, Artur Mas. La madurez de ese electorado la confirmaremos, o no, al conocer los resultados la misma noche del 25-N, cuando ya sepamos quién y con qué mayoría ha ganado los comicios catalanes. No digo con esto que cualquier resultado electoral vaya a poner fin a la deriva independentista, ni tampoco que carezca de la legitimidad democrática que se le supone, con alianzas o sin ellas, y, menos aún, que los ciudadanos españoles y catalanes se vayan a despertar a la mañana siguiente solamente catalanes. No. Nada de todo eso me quita el sueño, aunque me inquiete saber lo que ocurrirá esa jornada en Cataluña donde la gran mayoría dice sentirse más preocupada por el alto índice de desempleo (59,3 por ciento), que por el autogobierno planteado por CiU, ERC y SI. Me inquieta sobremanera ver el comportamiento de ese cuerpo electoral a lo largo de estas dos próximas semanas en las que ya estamos, después de una larga precampaña trufada de propuestas engañosas en la que se han suplantado los problemas reales por apelaciones sentimentales de tintes identitarios.
Apenas iniciada esta campaña, y mucho me temo que será el denominador común de la misma, ya contamos con sondeos de todo tipo que inclinan el fiel de la balanza, como no podía ser de otra manera, del lado de quien los paga, y que en el caso catalán son todos los que viven y trabajan en esa comunidad. Así, mientras que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) destaca que CiU obtendría una holgada mayoría simple (63-64 escaños), entre uno y dos más que las pasadas elecciones autonómicas de 2010, lo que permitió a CiU gobernar en solitario con el apoyo no firmado del PP, como igualmente ocurrió en el País Vasco con Patxi López y Basagoiti, los resultados que ofrece el Centre d'Estudis d'Opinió (CEO), el CIS catalán, se decantan por una mayoría absoluta a favor de las tesis de Mas (69-71 diputados), cuando la mayoría para gobernar está en 68 escaños. Una mayoría indiscutible que, además, se vería arropada por otras fuerzas nacionalistas como ERC y Solidaritat Catalana (SI), que convertirían al Parlament en la verdadera plataforma jurídico-política para lanzar ese referéndum a favor de la autodeterminación que CiU ya ha incluido en su programa y que tendría lugar a lo largo de la legislatura venidera. Si en algo coinciden el CIS y el CEO es, precisamente, en ese resultado tan favorable de las fuerzas nacionalistas y en la marginalidad de las formaciones de obediencia nacional, que no quiere decir anticatalanas, pero que los propios independentistas tratan de aislar en esa parcela para que el electorado distinga más nítidamente quiénes defenderán mejor o peor sus intereses. Una más de las muchas trampas a las que nos tienen acostumbrados los nacionalismos identitarios, que son los que reparten los carnés de buen o mal catalán y quienes son los ciudadanos de primera en esa comunidad y los que apenas alcanzan a ser simples ciudadanos de segunda categoría.
También el Centro de Investigaciones Sociológicas y el Centre d'Estudis d'Opinió coinciden en señalar que el PP podría convertirse en la segunda fuerza más votada en Cataluña, al aumentar en uno o dos escaños su cuota parlamentaria. Este «sorpasso» de los populares catalanes está directamente vinculado al creciente carisma de su cabeza de lista Alicia Sánchez Camacho, quien ha encarnado el papel de Sagasta al frente de los «unionistas» en la crisis del 98, frente a los nacionalistas que acabarían declarando una Cataluña independiente en el albur de la II República. Y esta es otra de las claves que nos encontraremos el próximo 25-N, es decir, una cámara de representantes en Cataluña donde predominarían dos colores sobre el resto: el rojo de los independentistas y el azul de los populares. Del mismo modo, ambos centros de opinión y demoscopia convergen en el pronóstico de un nuevo batacazo electoral para los socialistas catalanes (de 28 diputados en 2010 a 15 en estos nuevos comicios), especialmente después de que su máximo líder Pere Navarro, apostara por el centralismo más jacobino hace tres semanas, para después pasarse con armas y bagajes del lado soberanista y, ante la llamada al orden de Rubalcaba, volviera a resituarse en el federalismo que todos, absolutamente todos, rechazan, pero que habría que mirar con otros ojos en el supuesto de que finalmente se acabara reformando la Constitución o se diera por superado el actual modelo de Estado de las Autonomías. En cualquier caso, no es la hora de ese debate en Cataluña, sino de convencimientos y propuestas tan nítidas como asumidas por quienes defienden una Cataluña dentro de España, o una Cataluña separada de España y alejada de la Unión Europea, o, al menos, en la cola de quienes quieren sumarse a la UE, cosa que Cataluña tendría muy difícil después de ver los escasos apoyos que el proyecto de Artur Mas concita allá por donde pasa.

Pero como decía al arrancar estas líneas me inquieta ver el comportamiento del electorado catalán, al que atribuyo un gran conocimiento de la «realpolitik» española y catalana, un electorado, unos votantes que, en más de una ocasión ha votado cosas distintas según el tipo de consulta que se tratara. Y ese electorado, que habitualmente forma parte de esa mayoría silenciosa o de los que «no saben/no contestan», ha votado a CiU en convocatorias autonómicas y al PP en las nacionales. Un votante el de izquierdas, también, que se ha decantado a favor de IC-V en las catalanas, mientras que lo ha hecho por el PSOE en las generales, pero que ahora tendrá que elegir entre unos u otros porque lo que se dirime no se arregla en las siguientes elecciones. Un electorado, además, que conoce perfectamente las reglas del juego político y las medias verdades a las que les someten los líderes de los partidos, y que en el caso del nacionalista Artur Mas, roza el paroxismo más exultante. Mas engaña o cree engañar al electorado, primero prometiéndoles «Un Estado dentro de Europa», pero que, a la que sale a viajar más allá del Pirineo, detecta que se trata de una misión imposible, y que para arreglarlo lo revende como que «aún fuera de Europa, estaremos mejor por nuestra cuenta». Lo mismo que al afirmar que España les roba, que habrá menos accidentes de tráfico y menos muertos en carretera si Cataluña es independiente, que las peras sabrán más a peras y las manzanas serán más rojas que si continúan siendo españolas, y los catalanes serán todos de cabello rubio y ojos azules, mientras que en el resto del país son de tez morena y ojos negros. Un discurso tramposo y xenófobo aderezado también con algo de miedo, porque esos son los verdaderos resortes de los «talibanes» nacionalistas. De ahí al fascismo, un paso y, además, muy corto.

Unionismo contra nacionalismo es lo que se dirime en las urnas el próximo 25-N, como ya sucediera en esa misma comunidad un siglo atrás. Unionistas «versus» nacionalistas, porque los socialistas están en caída libre y nadie puede evitar que se estrellen contra un suelo marmóreo. Y, personalizándolo o poniéndoles cara a unos y otros lo dejaría en un Artur Mas contra Alicia Sánchez Camacho, dos caras de distintas monedas, sólo que una está anclada en la ensoñación permanente y la otra preocupada por la justicia social y los problemas reales de la gente. Artur Mas ganará las elecciones, pero Alicia Sánchez Camacho se ganará a la gente. La líder del PP dormirá tranquila cada día, y el de CiU volverá a tropezar otra vez con la misma piedra, porque como suele decirse popularmente, «quien no conoce su historia está condenado a repetirla». Y la gran perdedora de esa noche, los grandes perdedores de ese anacronismo histórico, todos. Los catalanes, primero, que lo sufrirán en sus propias carnes y, todos los españoles, detrás, porque si teníamos poco con la crisis, llegaron los nacionalistas para fastidiarla aún más. Eso sí, salvan su culo porque si las cosas están mal o empeoran la culpa nunca es de ellos que, pobrecitos, pasaban por allí.