El consumidor busca productos que duren más y rechaza el «comprar por comprar»

Valencia- Menos dinero y más información han propiciado el nacimiento de una nueva clase de consumidores, más exigentes y austeros. Esta es la era del «low cost», pero también el fin del «comprar por comprar», por muy barato que sea el producto. Así lo constataron ayer los expertos que asistieron al foro sobre Innovación, Economía y Calidad de Vida organizado en Valencia por el Instituto de Biomecánica (IBV) y la Asociación Cvida.

«No hemos adoptado un nuevo modelo de consumo, sino que hemos recuperado el sentimiento de austeridad que nos caracterizaba hace décadas», explicó al respecto el director de Desarrollo de Mercados del IBV, Miguel Tito. Contó que ha habido una toma de conciencia del valor real de las cosas, que ahora somos más objetivos a la hora de comprar y que no sólo adquirimos aquello que necesitamos, sino que le pedimos más a los fabricantes y a su género. Asistimos «a un desgaste importante y a una maduración forzada del usuario».

En este sentido, los expertos constatan «el giro hacia la sensatez». En estos momentos, reveló Tito, «buscamos cosas que duren más, que no se estropeen tanto y que, si lo hacen, se puedan reparar». Dijo que ya no somos cautivos de las empresas, así que éstas deben ser conscientes de que quizás deban acabar con la política de la «obsolescencia programada» (término que designa la planificación del fin de la vida útil de un producto calculado de antemano por el fabricante y que obligará al consumidor a adquirir otro nuevo).

Algunas empresas han tomado nota del cambio y aceptan que el cliente va más allá. «Queremos saber qué hay detrás de los productos, si son ecológicos, éticos, sociales... nos involucramos más, nos preocupamos más, ejercemos un consumo más responsable». Un ejemplo de esta responsabilidad social es el auge del comercio local. Se buscan valores añadidos y que la compra aporte algo más, así que cada vez son más los que optan por la tienda de barrio frente a las grandes superficies.

Con todo, los hay que no renuncian a sus costumbres pese a la crisis. «El mundo del lujo no ha desaparecido ni tiene por qué hacerlo. Quizás haya menos ricos, pero los que quedan, siguen consumiendo del mismo modo y no creo que tengan cargo de conciencia (...) Nadie alardea de la austeridad, quizás por tradición, porque nunca hemos sido un país rico. Aquí lo de comer lentejas era lo peor que uno podía hacer».