Opinión: El poder de las pipas

La Razón
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¿Pueden cien millones de pipas inquietar al sistema de poder más grande del mundo? A tenor de lo sucedido en los últimos días, parece ser que sí. El artista chino Ai Weiwei ha conseguido elevar el grado de provocación que singulariza su obra interviniendo la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres por medio de una instalación compuesta por cien millones de pipas de porcelana, pintadas una a una por 1.300 trabajadores.

En una lectura rápida, no parece haber, en esta «superproducción» levantada sobre la contundencia de sus cifras, ningún elemento políticamente disidente que pudiera llevar a las autoridades chinas a incrementar su actitud hostil hacia la figura de Ai Weiwei. Sin embargo, cuando se deslizan datos del tipo de que a Mao se le solía representar como el sol de la patria, y a sus iluminados súbditos como girasoles orientados todos en su dirección; y que, precisamente, la minuciosa y dilatada elaboración a mano de cada una de las pipas que integran la impactante explanada que preside la Tate supone una referencia directa a la explotación sufrida por la miríada de vidas humanas que se esconden detrás del archiconocido «made in China» –uno de los grandes lugares comunes de la economía global contemporánea–, entonces, el aparente carácter inocuo que se derivaba de las primeras observaciones comienza a mutarse en un discurso afilado, valiente y con capacidad sorprendente para «afectar» al tantas veces inexpresivo régimen chino. El arte contemporáneo, que con frecuencia se pone la máscara del activismo político para ocultar la estafa e impostura que define su estar en el mundo, asoma, muy excepcionalmente, con una fuerza renovada para conmover cimientos que parecían inamovibles.

Diletantismo insolidario

Éste ha sido el caso de Ai Weiwei, retenido durante varios días bajo arresto domiciliario por las autoridades chinas, y que ha demostrado que una cosa es jugar a hacer «arte político» –como tantos revolucionarios de pacotilla, ensimismados en su diletantismo insolidario nos demuestran día tras día– y otra muy distinta arriesgar la propia vida y libertad cuestionando desde dentro y frontalmente aquella realidad con la que se está en desacuerdo. A veces, el arte hasta resulta útil para la sociedad –pero sólo a veces–.