«El castor» redime a Gibson

Jodie Foster tendió una mano amiga al actor cuando Hollywood le volvía la espalda. El resultado es este filme, en el que intérprete da vida a Walter, un hombre sumido en una depresión que encuentra su alter ego en una marioneta de peluche. 

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Pequeña pero matona, Jodie Foster responde a todas las preguntas como si realmente hiciera un esfuerzo por escucharlas. No pone muros entre ella y la Prensa y sospechas que ese tono confesional es parte de una calculada estrategia de seducción perfectamente planificada, aunque la información personal que suministra es lo suficientemente próxima como para que esa sinceridad no suene impostada. Son muchos años –desde los tres, protagonizando un célebre anuncio de Coppertone– toreando a periodistas y fotógrafos y se conoce bien la plaza.

En alguna ocasión se ha definido como una persona leal, y todo parece indicar que es cierto: si no lo fuera, no le habría echado una mano a Mel Gibson ofreciéndole el papel de antihéroe deprimido en «El castor», su tercer título como directora tras «El pequeño Tate» (1991) y «A casa por vacaciones» (1995). Fue conmovedor verles en la alfombra roja del Festival de Cannes, donde la película estaba fuera de competición, cogidos de la mano, como si Foster fuera una niñera que protegía a un recién nacido, como una madre enseñándole el camino de vuelta a casa a un niño que está totalmente desorientado.

-¿Hay algo de terapéutico en el hecho de hacer cine?
-El cine es una terapia, por supuesto. Hacer arte a partir de la comunicación con los demás, y también del vínculo que estableces con tus emociones, puede servirte –o al menos a mí me sirve– para entenderte a ti mismo. «El castor» es una película que examina la soledad del ser humano, que es algo en lo que pienso constantemente como artista. Habla de esa necesidad que sentimos todos de buscar sentido a nuestra vida, de encontrar aquello que te recuerde por qué quieres vivir. El arte es la mejor arma de supervivencia que conozco.

-Hacía quince años que no dirigía. ¿Cómo le ha sentado la vuelta?
-Lo que más me gusta es que todo está bajo tu control, la película responde por completo a la visión que yo tenía. Cuando eres actor, te estás comprometiendo con la visión de otro, o de otros, también de quienes son tus compañeros de reparto. La desventaja de dirigirte a ti misma es que no te sorprendes, das exactamente lo que pides.

-La premisa de la que parte «El castor» puede resultar disuasoria: la historia de un hombre que se comunica con el mundo exclusivamente a través de un muñeco de peluche. ¿Qué tipo de retos le planteó un punto de partida tan excéntrico?
-El absurdo del concepto, pero, sobre todo, su simplicidad, su dimensión de fábula, me hizo pensar que podía hacer una película muy, muy delicada. Creo que es un guión que te exige que te hagas las preguntas correctas: ¿es honesto, es verosímil, es auténtico? Siempre tuve un ojo puesto en el drama, y evité la tentación de complacer al público, de buscar la risa fácil.

-¿No le dio miedo que al espectador le costara identificarse con el personaje?
-«El castor» está protagonizada por un hombre que está totalmente confuso, que se ha perdido a sí mismo, y que lo ha probado todo –drogas, terapia, yoga– para encontrarse. Todo el mundo tiene sus armas para sobrevivir y la suya resulta creativa, extraña, poco convencional. Sabe que no puede mejorar hasta que mire hacia atrás y se enfrente con su vida familiar. Es un tema de lo más universal.

-El héroe de la película es un muñeco. Cuando dirigía a Mel Gibson, ¿lo hacía pensando que él encarnaba a dos personajes distintos?
-Walter tiene muy poco diálogo, apenas diez líneas en toda la película. Cuando estaba dirigiendo a Mel y lo tenía en la pantalla del combo, nunca miraba al muñeco, siempre le miraba a él. Es él quien habla a través del muñeco, e incluso en esos momentos ves el dolor que oculta su rostro.

-¿Por qué un castor?
-Podría haber sido cualquier otro animal, pero el castor tiene esa fama de criatura hacendosa, que construye para volver a destruir, y eso es algo que comparte con Walter. Quería que fuera un personaje fuerte, dominante, con acento de clase obrera y con madera de líder, todo lo contrario del personaje que interpreta Mel.

-¿Mel Gibson fue su primera elección?
-Le elegí porque reúne dos características esenciales para el personaje: es ingenioso, incluso un poco sarcástico, y esa faceta se ajustaba a la personalidad del muñeco, y también hay algo muy quebradizo en él, una fragilidad insólita que no es corriente. Mel es una persona bastante compleja, que le da muchas vueltas a las cosas y que entiende qué significa luchar por lo que quieres. El personaje le permitía poder enseñar al público esa dimensión de sí mismo.

-Gibson no asistió a la rueda de prensa en el Festival de Cannes y se le veía algo incómodo en la alfombra roja…
-Mel estaba un poco nervioso por cómo iba a ser recibida la película; sin embargo, le dije que no había motivo para estarlo. Especialmente en Europa, donde iban a entender su trabajo de un modo bastante más objetivo.

-La película plantea una crítica a los medios de comunicación…
-En mis películas los personajes siempre se exponen públicamente, desnudándose, sin poner límites. Supongo que tiene que ver con mi propia vida, con el modo en que he crecido.

-¿Le ha afectado la mala acogida que ha tenido su película en Estados Unidos?
-A los americanos les gusta más ver las comedias y los dramas por separado, sin que se mezclen en una sola película. Y yo hago «dramedys», de manera que estoy predestinada a ser incomprendida.

-«El castor» también habla de las relaciones madre-hijo. ¿En qué medida le ha influido su propia maternidad?
-Me interesa enormemente la relación que se establece entre una madre y un hijo. En ella proyectamos nuestros peores defectos. En mi caso, el problema es que me preocupo demasiado y por todo. Nunca he sabido desconectar: no sé desconectar ni cuando me acuesto, ni cuando trabajo.

-¿Se arrepiente de algo?
-Si volviera a los años setenta, haría exactamente lo que he hecho, no cambiaría nada. Trabajé con gente estupenda, rodé películas importantes, ¿por qué habría de cambiar nada? Otra cosa sería si ahora, en 2011, tuviera dieciocho años. Dudo que fuera actriz. Las cosas son muy distintas en la industria para una actriz joven, y no sé si me apetecería hacer según qué cosas para tener éxito.

El detalle. En boca cerrada
«Si un amigo sufre tú no corres en dirección opuesta», dijo Jodie Foster refiriéndose a la situación personal que ha vivido Mel Gibson este último año. La directora (en la imagen, durante el rodaje) le tendió una mano mientras Hollywood le daba la espalda y miraba para otro lado. El intérprete recogió el testigo de su amiga y se puso delante de la cámara. Durante la promoción ha guardado silencio.

Gibson, sin marioneta en su mano izquierda, se ha limitado a posar con su amiga Jodie en Cannes, a esbozar la mejor de sus sonrisas y a dejar pasar el tiempo. Ella ha sido quien le ha defendido con determinación. El actor, mientras recupera su ritmo de vida, echa mano de la frase que su madre le repetía de niño: «Nunca olvides quién eres». Practica la relajación, ha terminado el rodaje de «How I Spent My Vacation», que dirige Adrian Grunberg, y prepara «Sleight of Hand», una comedia junto a Kiefer Sutherland y Johnny Hallyday.