Hemos caminado juntos y libres

Si tuviera que quedarme con un recuerdo de la bienvenida al Papa, elegiría los rostros de quienes decidieron salir a la calle para saludarle en sus recorridos en papamóvil. Tuve el privilegio de viajar en el coche que lo precedía, y desde ese puesto de observación perfecto (podía mirar casi sin ser visto, pues todo el mundo tenía los ojos fijos en el Papa), era impresionante ver la alegría y el cariño hacia un señor alemán de 84 años vestido de blanco.

Centenares de miles de personas se echaron a la calle para recibir al Papa cuando llegó a Madrid
Centenares de miles de personas se echaron a la calle para recibir al Papa cuando llegó a Madrid

Cada uno miraba de un modo particular: en unos casos primaba el entusiasmo; en otros, la ternura; no faltaban los que le miraban con devoción y los que en lugar de gritar movían los labios como musitando una oración. No eran las caras que se ven en los conciertos de rock o ante los héroes del deporte o los divos del espectáculo, epidérmicas y volubles. No. Cada uno conservaba su personalidad y manifestaba lo que llevaba dentro a su manera.

Contaba el cardenal Rouco que los tres pasajeros del papamóvil (el Papa, su secretario y el propio cardenal) se emocionaron ese día hasta las lágrimas. No es para menos: también en mi coche se palpaba la emoción, y eso que los viajeros (dos diplomáticos, un general de la Guardia Civil y el responsable vaticano de los viajes del Papa) estaban bien curtidos en estas lides. Mirar por la ventana era conmovedor. ¡Qué maravilla de gente!

Gracias a los intensos preparativos y a los ensayos previos de todos los recorridos, sabíamos cada movimiento, cada lugar de aparcamiento y cada paso que había que dar, y por eso podíamos estar pendientes de la gente. Entendimos bien por qué a la caravana del Papa le llaman el «Rolls-Royce de las caravanas de jefes de Estado»: ninguna requiere tanta preparación pero tampoco ninguna es tan bien «pagadora».

Rostros de todas las edades (los jóvenes esperaban en Cibeles), enfermos y sanos, sorprendidos o expectantes, silenciosos o gritones, frescos o agotados, con ropa pija o con el uniforme cualquier cosa, pero todos felices de dar la bienvenida a una persona que no han saludado nunca, pero la consideran de la familia. El Papa – éste, el anterior y el que vendrá – es sin duda la persona más querida de la tierra.