Historia

Damasco

La luz de la verdad

La Razón
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Creíamos de niños que la verdad se imponía por sí misma, ya se ve que muchas veces no. Pero alguna sí: yo decía en mi artículo y en otros artículos que la izquierda seguía, siempre, la misma política, aliarse con la que los ingleses llamaban franja lunática: los que están más a su izquierda, grupos y grupúsculos varios que se salen del mapa, y los que púdicamente llamamos nacionalistas y hasta nacionalistas moderados. ¡Como si pudiera haber moderación en el dislate!

En fin, el socialismo se había quedado sin programa, socialistas éramos todos ya, fuera quedaban ya sólo los grupúsculos solipsistas. Unidos todos, llevaban al país a la catástrofe, una y otra vez. Yo enumeraba algunas de esas veces. Pues bien, ¡por una vez Zapatero ha rectificado, se ha rectificado a sí mismo para bien, espero, de España! ¡Se ha unido al PP!
Ha dejado tirados a todos los nacionalistas de todas las nacionalidades, a los Ibarreche y Mas, a los del derecho a decidir, a los desmembradores de España. Y a los socialistas más socialistísimos. Claro que algunos le critican, qué le vamos a hacer.

Como en un nuevo camino de Damasco, Zapatero ha visto la única posible luz de la Verdad. O, cual don Quijote en su lecho de muerte, quizá piense que en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. No se puede hundir así como así a un país como España, que viene ¡toda ella! de la mejor tradición de griegos y romanos, cristianos, medievales, humanistas, ilustrados, liberales.

Por una vez se ha superado el terrible error de la izquierda española y el separatismo español. ¿Recuerdan cuando echaron a Isabel II? Algunos pecadillos tenía, no lo dudo, y no les gustaba a unos cuantos profesores de izquierda, claro, pero bajo ella España había crecido, con ferrocarriles, embalses, monarquía no represiva. Y vino la primera, horrorosa República Española, la del Federalista Pi y Margall y el Cantón de Cartagena, lean, lean «Mr. Witt en el cantón», de Ramón J. Sender.

Ésta fue la República primera. Hubo de venir la restauración de Martínez Campos y Cánovas para salvar a España de aquel horror, no es tópico. La Restauración trajo los mejores años de crecimiento de España en el XIX y el XX, pese a Cuba y a tantos pesares. ¿Vds. han oído hablar de aquellos regeneradores lloriqueantes, D. Miguel y los demás? Pero si hay que dudar de su competencia en Economía, lean el libro de José Luis García Delgado, «La modernización económica en la España de Alfonso XIII», en el que da el testimonio de los economistas sobre el crecimiento económico de España en esa fecha. ¡Y a base de mentiras todos los grupos subversivos organizaron la semana sangrienta de Barcelona en el 9, la huelga general del 17, el golpe de Primo el 23 y luego el contragolpe, que eso fue, de la Segunda República del 31.

Y lo demás: entre ello, el error de Azaña con el Estatuto catalán (lean el libro de Enterría), y luego vino el vasco y la revolución del 34 y el social-comunismo de Largo y luego Franco. Horror sobre horror.

Podría seguir ad infinitum: la buena voluntad de la Constitución del 78, incumplida por muchos: de la indisoluble unidad (art. 2, nada); entraban en el juego partidos ajenos a la Constitución (léase el art. 6); del deber de conocerla (la legua española) y el derecho a usarla (art. 3), nada; de hacer que una Comunidad Autónoma cumpla forzosamente con sus obligaciones (art. 155), nada.

Y ahí va el estrambote. Volvía yo en el coche con mi hijo el domingo cuando nos detuvimos en una gasolinera a repostar y tomar un café. Nos esperaba el tronido de una televisión, tuvimos que tragarnos la soflama de Duran Lleida, que parecía, de entre ellos, el más correcto y llevadero. Bramaba como un toro español cuando le meten el hierro, estaban abusando de ellos, pobrecitos, amenazaba.

Yo, que no soy político (bien se ve), pero he estudiado la política y hasta la antipolítica, y soy más viejo, le daría una pequeña lección. En una democracia el poder de ciento y pico votantes pesa más que el de 8 o diez. Eso es todo.

Y al ministro de Justicia le recomendaría una lectura de la Constitución, sienta bien a veces. Y a los catalanes (inocentes, los más, de esos desafueros, que les perjudican) les diría que su lengua es hermosa, y que deben dárseles todas las facilidades para que el que quiera la estudie. Pero que la inmersión y las multas y el Estatut van más allá de la Constitución. Y de la II República, que exigía la enseñanza en español. Eso de ahora se toleran por una especie ¿de buena educación? ¿De cobardía colectiva? He seguido esto desde muy cerca, desde siempre. Podría contar, contar.

Y no van a triunfar y van a tener que aceptar un tratamiento del tema que sea racional. No somos indefinidamente tontos, sólo lo parecemos. Y, en un cierto momento, todos somos Zapatero.