Samueles inmensos e imposibles

La corrida de Samuel, Samuel Flores, lo tuvo todo de grande. En un campeonato de pitones, más de uno hubiera ganado. Un metro de pitón a pitón tenía el tercero, sin ir más lejos, a modo de ejemplo. Altos, grandones, despampanantes, casi imposible imaginar el toreo con animales así.

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¿Cómo meter en la muleta caras tan amplias? Superado la matemática cuenta vino el problema mayor. Lo de Samuel, además de imponente presencia, no sacó ni un resquicio de casta, ni una embestida humillada, ni hablemos de entrega en el caballo, pero eso este año ha dejado de ser noticia. Se movieron con tendencia a rajarse, en varas salían sueltos, lectura premonitoria de lo que estaba por venir, y en la muleta en esa media huída, jamás entregada y a veces con mala clase. No valió. No sirvió. No hubo manera. Era tarde difícil. De esfuerzo, porque ponerse delante de material así, ya tenía el mérito de tragarse los miedos, superar el escenario y salvar la papeleta. Y entrar a matar, que eso debe estar en epígrafe aparte, y cobrarse por separado.

Antonio Ferrera tiró de arrojo para dejar un tercio de banderillas valeroso. El toro era sobrero de Los Chospes, que saltó en quinto lugar. En casos así, se debe de agradecer. El torero extremeño apuró espacios, jugó con las querencias, y conquistó al público ya de manera definitiva en el último par al quiebro, pegado a tablas. La solvencia jugó una buena partida. Se rebrincó el toro en la muleta, aunque se desplazaba y visto lo visto hasta entonces, ya nos parecía mucho. La faena tuvo voluntad, pero le faltó continuidad. Antes, se las había visto con un segundo, de los que puntúan en el campeonato: grandísimo de cabeza, larguísimos cuernos... una infinidad de falta de casta, cabezazos sin orden y con tendencia a rajarse. Más que disfrutar aquello tenía visos de sufrimiento.

César Jiménez se llevó el único toro, tercero, con el otro hierro (Agustina López Flores) que tuvo un momento para embestir con cierto fondo y nobleza. El madrileño cuajó una tanda de derechazos que tuvo respuesta directa en el público. Fue buena. Cuando quiso seguir, creer en la faena, el toro fue acotando el viaje y decayó el conjunto, pero la actitud del diestro resultó impecable. Perfilarse en la suerte suprema debía ser para pensárselo dos veces. Todo pitones. Por todos los lados. Ahí no había salida. Las estocadas no brillaron por su ortodoxia. El sexto sacó el carácter de toda la corrida. Rajado, sin entrega, queriendo arrollar y con cero opciones de dejar un guiño en la tarde. Sólo intentos. No había más.

El público se enfadó ayer con Juan José Padilla. Se rompieron las buenas relaciones alcanzadas después de su paso por Madrid del año anterior. Su lote no fue para hacer muchas composturas. Ambos toros ligeros de cuello, vacíos de casta, y con ninguna opción de alcanzar resultados; al contrario. Padilla no se dio coba y cargaron las tintas. Corrida dura, grande y de enormes pitones. Y vacía. Así, de foto o museo. Pero torear es otra cosa.

Las Ventas (Madrid). Decimonovena de San Isidro. Se lidiaron toros de Samuel Flores, el 3º de Agustina López Flores, manejable aunque duró poco; el 5º, sobrero de Los Chospes, descastados y de mal juego en general. Lleno. Juan José Padilla, de azul marino y oro, bajonazo (pitos); pinchazo, estocada (silencio). Antonio Ferrera, de fucsia y oro, pinchazo, metisaca, bajonazo (silencio); dos pinchazos, aviso, media, descabello (silencio). César Jiménez, de verde y oro, pinchazo, media caída (saludos); pinchazo hondo, dos descabellos (silencio).