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CR9: el nuevo icono que salió de un barrio pobre

Érase una vez una niña, Katia, que vivía en una casa de protección oficial y techo de uralita y que nunca soñó con ser cantante. Érase otra niña, la hermana, Elma, que jamás pensó que sería dueña de un par de tiendas de ropa. Y un chaval, Hugo, el hermano, que se hundía en las drogas y no imaginaba que tendría una empresa de pintura. Érase también la madre, Dolores, cocinera y trabajadora de limpieza, con un marido que le daba al alcohol y que nunca se vio viviendo en una mansión. Tampoco Nuno, un primo, se imaginó viajando por el mundo, viviendo en Manchester y ahora en Madrid; ni Jose Manuel, que se casó con Katia, podía creer que en el futuro iba a viajar junto a Nano por todo el mundo y a todo lujo. Ni sus hermanas, ni su hermano ni su madre ni su primo ni su cuñado pudieron imaginar un día que ese niño, Cristiano, que corría descalzo por un barrio pobre de Funchal, les iba a solucionar la vida. Hasta el padre tuvo más oportunidades que cualquiera, aunque los tratamientos para rehabilitarle contra el alcohol no le salvaron. Cuando se fue con apenas doce años a la capital, a Lisboa, a jugar en los filiales del Sporting, lo único que quería Ronaldo era jugar al fútbol. Fue la primera vez que tomó un avión, la primera vez que pasaba tantos días solo en una ciudad tan grande. Pobre Cristiano, siempre lloraba, quería volver, quería estar con su madre, pero era imposible: el avión era demasiado caro. Su marcha a Manchester El niño pudo con las adversidades. Cuando acababa el entrenamiento, se iba al gimnasio, se ponía pesos en los pies y jugaba con la pelota. Si ya era bueno, mejoró más. Un día fue el Manchester United a jugar contra el Sporting. En el avión de regreso, la plantilla convenció al entrenador, Alex Ferguson, para fichar enseguida a ese niño que les volvió locos. Se fue a cambio de 4,6 millones. Poco después, las firmas de publicidad se acercaron a él. Entonces pagó la carrera musical de su hermana, las tiendas de la otra, la rehabilitación y la empresa de su hermano. Se compró una mansión en Funchal, donde vive su madre cuando no está con él, otra en Lisboa, otra en Manchester, y busca un piso en Madrid. Además, descubrió lo que era Dolce & Gabbana, comenzó a coleccionar coches (dos Porsche, dos Bentley, un Rolls Royce, un Ferrari y un BMW) y se dio el lujo, el placer innecesario, de pagar más de 180.000 euros por una licencia para poner CR7 en las matrículas. Ahora, el niño que jugaba al fútbol en Funchal se paseará por Madrid con tres guardaespaldas, y se ha convertido en un icono mundial que no parece tener límites. Algunos dicen de él que será el «nuevo Beckham». De momento, Nike ya ha empapelado la capital con su figura y un provocador eslogan («Mis expectativas son mayores que las tuyas»), y el Banco Espirito Santo ha irrumpido en España con un depósito que lleva su nombre. El cuento no es como comer perdices, pero se le parece bastante.