Libros

«Desgracia» esa obra maestra

Llega al cine este título capital del Nobel Coetzee, un buen momento para la relectura de este retrato de la madurez que logra perturbar.

Coetzee es uno de los escritores africanos de mayor renombre
Coetzee es uno de los escritores africanos de mayor renombre

Al saber que «Desgracia» se ha llevado al cine, el primer escalofrío. Desgracia. Cómo aprieta Coetzee desde el principio. ¿Cuántos títulos habrá capaces de intimidar así? Aunque el trallazo, el estremecimiento, lo trae el recuerdo de su lectura. De aquella perturbación. Hace daño contemplar cómo un hombre se observa sin piedad. De todos modos, si la novela me trastornó entonces, cuando yo era aún más joven, fue porque en su cadencia lúgubremente lapidaria, en sus frases lucidísimas, vi articulada más que nada una intuición: el tiempo es una escuela de renuncias. Han pasado casi diez años, no tantos y a la vez suficientes para que la relectura de «Desgracia» aturda, pero además asfixie; golpee, pero también remueva. Algunas de sus verdades intuidas se han tornado devastadoras certidumbres. Y «devastadoras» es la palabra, teniendo en cuenta que hoy hablamos de dolor. J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), profesor de literatura, publicó esta novela a los 59 años. David Lurie, el protagonista de la historia, es un profesor de literatura de 52. David siente que empieza a estar fuera del mercado sexual, «tendría que dejarlo de una vez por todas, retirarse, renunciar al juego (...) envejecer no reviste ninguna elegancia». La cuestión es que no se resigna. Se acuesta con una estudiante. Y ella le denuncia. Incómodo y peligroso«Mi defensa se apoya en los derechos del deseo. En el dios que hace temblar incluso a las aves más diminutas», alegará David, negándose a pedir disculpas ante un jurado de académicos, proclamándose responsable de su conducta, por más incómoda o peligrosa que ésta se antoje a los demás. Movido por el espíritu de los poetas románticos –parafrasea a menudo a Byron; de Blake abraza el «prefiero matar a un recién nacido en su cuna que albergar deseos no realizados»–, no se arrepiente de nada. La chica tiene veinte años, mayor de edad, y David cree que de no ser por el creciente puritanismo social su acción no habría sido condenada. «La lascivia es algo respetable. La lascivia y el sentimiento». Expulsado de las aulas, busca la compañía de su hija Lucy, que vive en el campo cuidando perros. La sofisticada razón del veterano urbanita se enfrenta a los códigos ancestrales de una Sudáfrica interior que pronto impondrá su ley con la bestialidad más extrema. Sudáfrica, ese campo de batalla histórico capaz de sintetizar los grandes conflictos del mundo. La geografía decisiva para entender la oscuridad en Coetzee. Allí no sirven de mucho las especulaciones ni el sentido de la estética, la vida se mueve en un plano bastante más «fundamental». Clave tenebrosaMientras su mundo se desmorona, el profesor continúa reflexionando sobre la imposibilidad de la pureza, analizando palabras, invocando a la música y los poetas, que se revelan inútiles para lidiar con una moral que incumbe a otra civilización y se rige por la violencia más física. Como los académicos no le entendieron a él, David no entenderá a los granjeros. No entenderá a su hija, una lesbiana que le ofrece el peor de los herederos posibles. El hundimiento es absoluto, implacable para un hombre que en última instancia pretenderá agarrarse al arte componiendo una ópera. Al fin y al cabo, «todos queremos dejar algo atrás el día que nos vayamos de este mundo». En clave tenebrosa, Coetzee cuadra así la que quizá sea su obra capital. En ella comprime su universo, y lo hace con toda la poesía que una narración pueda admitir, ¿cómo, si no, lo haría un poeta?: «Según mi experiencia, la poesía te habla y te llega a primera vista o no te llegará nunca. Hay un destello de revelación y un destello reflejo de respuesta. Es como el rayo. Como enamorarse». Por libros como éste, Javier Marías le concedió tierras en su Reino de Redonda, y en Suecia le otorgaron el Nobel. Leyendo a Coetzee es fácil pensar en los grandes. Cada cual tendrá su cofrecito, yo recordé a Nabokov, Goethe, Philip Roth... pero, sobre todo, varias veces, pensé en Cormac McCarthy. Por su forma de aproximarse a los territorios inhóspitos, a la naturaleza inmensa y hostil, a los hombres que allí habitan. Por la falta de compasión y la crudeza de unos hechos transmitidos con frases más bien cortas y precisas, meridianamente claras, que beben de las raíces de la experiencia y el sentimiento. Sin artificio, sin digresiones. Todo esencia. Por eso al menos, Coetzee y McCarthy tenían mucho que ver. Entonces, en la página 224: «No es este un país para viejos». Coetzee escribía la sentencia que McCarthy convirtió en un título también llevado al cine. Y en esa confluencia afortunada, en el confirmar que ambos gigantes miraron el mundo y por un segundo pensaron igual, sentí una de esas euforias que regala la literatura al haber reconocido un aliento común que no sólo vinculaba a Coetzee con McCarthy sino también a ti y a mí, el aliento que nos lleva de un libro a otro en busca, de algún modo, de compañía. «Ellos nos acompañan. Pisamos la misma tierra», pensé. Y así fue como llegó el segundo escalofrío.