Literatura

Valencia

El ángel rojo: el anarquista que paró la represión republicana

Melchor Rodríguez, conocido como «el ángel rojo», anarquista libertario hasta su muerte, ha pasado a la historia por salvar a centenares de presos franquistas de los «paseos». Un libro reconstruye su historia.

El ángel rojo: el anarquista que paró la represión republicana
El ángel rojo: el anarquista que paró la represión republicanalarazon

Huele la muerte a presa fácil, pero hoy tiene un contrincante formidable. Tras la cosecha mortífera de las bombas, tiene una cita en la cárcel de Alcalá, donde las turbas, dirigidas por airadas mujeres y engrosadas con milicianos recién llegados del frente de Somosierra, quieren tomarse la revancha, represalia por los bombardeos; la sangre siempre pide más sangre. España, 1936, qué redondel. La muchedumbre, monstruo acéfalo, comienza la marcha, río que no se detiene, armada de fusiles, escopetas, pistolas, palos, hoces y bieldos. El alcalde, nervioso, telefonea al director de la prisión, Antonio Fernández Moreno, anunciándole lo que le viene encima.–Hemos hecho todo lo humanamente posible, pero no podemos contener el alud de milicias. Lo único que pueden hacer es de-saparecer deprisa; ustedes mismos corren peligro. Van armados y están furiosos.–Pues aquí les esperaremos todos los funcionarios de la cárcel.–No pierda tiempo con declaraciones –contesta el alcalde secamente antes de colgar.«Defender la República»En efecto, lo que no hay es tiempo. Fernández Moreno llama urgentemente al delegado especial de Prisiones, Melchor Rodríguez, la persona que les ha dado moral y argumentos y con quien ha hablado por la mañana, sin saber lo que se avecina:–Donde primero se defiende la República es en las cárceles –le ha dicho Melchor–. Eso nos diferencia de la barbarie facciosa. Si el nuevo orden tiene que surgir con sangre, que el parto sea en los campos de batalla, no con el asesinato alevoso. Hay que asegurar la justicia, el imperio de la ley, el gobierno del pueblo.Ahora ese mismo pueblo quiere tomarse la justicia por su mano. Con la pasividad de los centinelas, varios mozalbetes han penetrado en la prisión y han forzado el primer rastrillo. Son las cuatro de la tarde. Con el auricular del teléfono en la mano, Fernández Moreno ve cómo una multitud vociferante, entre ellos unos 200 milicianos armados, invade el despacho, las oficinas, el vestíbulo de entrada y el patio. Pero eso no es lo peor. A esos milicianos armados se suman los que están de guardia en la prisión; el director y los empleados se quedan huérfanos de toda defensa. Resistir es una locura (...).Como en GuadalajaraDentro de las galerías de la prisión se contagia el miedo: el instante final puede estar cerca. Los reclusos esperan a las puertas de sus celdas, mientras la mayoría de los funcionarios han abandonado sus puestos, temiendo por su vida. Los sacerdotes presentes dan la absolución, mientras algunos presos se aferran a crucifijos que han logrado esconder en los registros. Las caras expresan la gravedad del instante. Los gritos de fuera se mezclan con los latines de los sacerdotes.–Son bombas grandes. Va a pasar como en Guadalajara –dice a la escolta Melchor, a escape como un relámpago, en el coche que entra en Alcalá de Henares. Melchor expresa en voz alta lo que piensan todos, temores de matanza repetida. Dos días antes, el 6 de diciembre de 1936, a la misma hora, los rebeldes habían bombardeado Guadalajara. Después de que se alejaron los aviones con su cosecha de muerte, los milicianos entraron en la cárcel y comenzó una espantosa carnicería que acabó en un par de horas con 31 muertos de los 320 presos allí confinados. Melchor no pudo impedirlo, recién llegado de Valencia, repuesto en el cargo de máximo responsable de las prisiones de Madrid, cargo desde el que ha detenido las sacas organizadas de las cárceles.Al atravesar la Calle Mayor de Alcalá ve cómo sacan de una casa a unas mujeres heridas por los efectos de las bombas. Una de ellas ha caído en la sede de la CNT. Otra ha destrozado la pila bautismal de Cervantes. Llega el vehículo al motín y se abre paso hacia la puerta de la prisión haciendo sonar el claxon. Cuando no puede avanzar más, se baja y a cuerpo limpio se dirige a las oficinas. A su zaga van los dos escoltas y Juan Batista, su secretario.Destacados falangistasEn el despacho la situación se ha hecho violentísima. Se agitan las culatas y a cualquiera se le puede escapar un tiro que comience una matanza sin precedentes, tanto por la cantidad de los detenidos como por su importancia. A la cárcel de Alcalá han sido conducidos, desde Ventas o San Antón, destacados miembros de Falange como Raimundo Fernández Cuesta, militares como Agustín Muñoz Grandes, políticos como el secretario de la CEDA Javier Martín Artajo o monárquicos como los hermanos Rafael y Cayetano Luca de Tena, ingenieros como Peña Böeuf, el futbolista Ricardo Zamora, el doctor y general Gómez Ulla, el torero Villalta, el locutor Bobby Deglané y otras figuras de relieve (...).Melchor Rodríguez es el revulsivo que hace renacer la confianza. Si hay alguien que pueda hacer frente a la situación, ese hombre está allí. Melchor, cazadora marrón oscura, frente despejada, peinado hacia atrás, se abre paso a codazos entre los músculos del odio. Pone en ello toda su energía. Habilidad no le falta. Se ha fajado durante años en las luchas sindicales de Madrid. Sólo que ahora es afán de detener, de sobreponerse a esta cólera justificada por el bombardeo que moviliza los bajos instintos, algo con lo que jamás estará de acuerdo. La revolución no se hará con sangre, sino con corazón. Según va avanzando entre la gente, se percata de los uniformes: los milicianos, menos de un centenar, que perpetraron la matanza en la cárcel de Guadalajara dos días antes, llevaban una gorra de visera con una estrella roja y un pañuelo al cuello del mismo color. Son miembros de las milicias comunistas, de la división del «Campesino». Melchor alcanza el despacho donde resiste Fernández Moreno. Comprueba que muchos funcionarios han abandonado los pabellones.–¡Que nadie abandone sus puestos! ¡Los presos, encerrados en la galería, y los funcionarios en sus sitios, prestos a defenderse!–¡Los que protegen a los fascistas son tan fascistas como ellos! –se escapan voces de la multitud que invade el recinto. –¡Esto no puede hacerse! ¡Si son criminales, lo resolverán los tribunales!La muchedumbre brama, ruge. Surge la voz de una madre:–¡Yo he recogido en la calle a un hijo casi muerto!–¡Yo llevé a mi madre herida al hospital! –grita otra.Melchor utiliza su tono ardiente y vibrante, dicción andaluza que suaviza el deje castizo de Lavapiés:–¡Yo sé cómo os sentís! ¡Cómo no voy a saberlo, si veo con mis ojos y sufro los bombardeos de Madrid, si he visto cómo esos criminales acaban con gente inocente! Al llegar aquí he visto sacar muertos y heridos de los escombros de las casas… ¿Pero es que acaso estos presos de la cárcel son responsables de los bombardeos? ¿Es que ellos son los que han soltado las bombas? Si son cómplices o responsables de la rebelión militar, lo decidirán los tribunales populares, pero mientras tanto no son más que presos, personas como todos nosotros. No tenemos ningún derecho a matarlos. ¡No podemos manchar con sangre la República! ¡Los fusiles, al frente, para matar fascistas, no para asesinar a los presos!«¡A ti el primero!»Algunos de los asaltantes parecen haber acusado el efecto de las palabras de Melchor o sólo se desorientan al enfrentar a ese hombre solo, gallardo y decidido.–¡A ti el primero, que eres un fascista! –replica una voz.Pero Melchor no se amilana:–¡Yo soy un obrero como vosotros, un chapista! ¡Un camarada anarquista al que le han hecho responsable de los presos de Madrid! ¡He estado preso 30 veces a lo largo de mis 43 años de vida! ¡He conocido tan bien la cárcel como para saber cómo se encuentran los que están ahí dentro, sean o no culpables! ¡Los tribunales decidirán sobre su suerte, aplicando la ley! ¡No podemos caer en el salvajismo, aunque nos duelan las atrocidades del enemigo! (...)Se encara con un miliciano, el más cercano, a sus pies, subido en una caja, que ha metido una bala en la recámara del máuser, echado el cerrojo y le apunta a la cara. –¡Apunta, si tienes agallas! ¡Tira si te atreves, cabrón! Apunta y dispara al pecho de este proletario harto de sufrir la represión inhumana del poder. (...) ¿Tú quieres matar fascistas, no es verdad? ¿No queréis todos matar fascistas? ¡Pues entonces id al frente, que está muy cerca! ¡Yo voy con vosotros! ¿Ah, eso no os agrada? ¡Pues aquí no entráis mientras me quede un soplo de vida! Vamos a ver si sois tan valientes. Si os empeñáis en entrar y lográis matarme a mí, sabed que no os vais a encontrar con presos indefensos. He dado orden de armarlos. Así tendrán alguna oportunidad.El desconcierto cunde entre los asaltantes, que se preguntan si aquel hombre ha podido atreverse a dar aquella orden. Melchor lo que en verdad ha dicho a Batista es que, si es arrollado, que la escolta dispare tiros al aire y que proteja a los funcionarios. (...)El comandante Coca, desaire contra desgarbo, discute con los asaltantes. Acaba abandonando la prisión, y los milicianos le siguen. Los demás no quieren cargar con la responsabilidad y van apartándose poco a poco. Quedan algunos paisanos y mujeres rumiando invectivas, pero sin los milicianos, van desfilando hacia sus casas, desapareciendo del escenario. Son casi las ocho cuando dejan de oírse los gritos y renace la paz.

Alfonso DOMINGO

Ficha- Título: «El ángel rojo: la historia de Melchor Rodríguez».- Autor: Alfonso Domingo.- Edita: Almuzara.- Sinopsis: El libro es una biografía novelada de la vida del responsable de Prisiones de la Segunda República Española, un anarquista convencido que se enfrentó a sus propios correligionarios por su empeño en acabar con las sacas de las cárceles republicanas y los «paseos».