El bosque invisible

La Razón
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La secuenciación del genoma humano marcó un antes y un después en el conocimiento científico de cómo estamos codificados. Según la genómica somos sólo cuatro letras T,C,G,A combinadas que hacen una lectura de millones de unidades de nucleótidos, Timina, Citosina, Guanina y Adenosina, las moléculas que componen el ADN de todos los seres vivos. Que el ser humano sólo se diferencie en un 1,2 por ciento del genoma del chimpancé ha levantado la polémica, pero lo que asombra es que ese porcentaje sea tan importante para crear biodiversidad. David Newman, director del área de Productos Naturales del norteamericano Instituto Nacional del Cáncer, ha definido la biodiversidad como aquello que no podemos ver, el universo de microorganismos que se encuentran por todo el planeta, especialmente los océanos. Además, el 99 por ciento de esas formas de vidas sólo las detectamos con herramientas moleculares, ya que no podemos hacerlas crecer en los laboratorios. Es decir, sólo conocemos la punta del iceberg. Si hemos avanzado en la búsqueda de nuevos antibióticos con una mínima parte de los microorganismos, ¿qué no podemos encontrar cuando seamos capaces de hallar utilidad a esa descomunal información genómica que existe? Estos retos de investigación deben servir para mentalizarnos del derecho a la protección de los recursos naturales ya que el ser humano no es más que un «pequeño» invitado en la evolución de los seres vivos en el planeta Tierra.