El Museu Marés recupera la belleza neoclásica del escultor Antoni Solà

El Museu Marés recupera la belleza neoclásica del escultor Antoni Solà
El Museu Marés recupera la belleza neoclásica del escultor Antoni Solà

Policleto formó el canon clásico de la belleza. Junto a Fideas y Mirón hizo del rostro, del músculo en tensión, del movimiento armónico la gran poesía del cuerpo. Su gusto atrapó a la antigüedad, sedujo al renacimiento y regresó en la Europa neoclásica de principios del XIX. El escultor catalán Antonio Solà viajó a Roma entonces y convirtió la belleza clásica en el auténtico paradigma de la modernidad. El Museo Marés rinde ahora homenaje a esta figura olvidada del arte catalán con una exposición antológica que recoge sus once piezas principales. Bajo el título de «La belleza ideal», la muestra consigue restituir el presigio del neoclasicismo en el que Solà fue figura y parte. «Era una asignatura pendiente. Hace tiempo que buscábamos recuperar del olvido a un escultor buenísimo, de mucha calidad», señaló ayer la directora del museo, Pilar Vélez. Solà nació en Barcelona en 1780 y se estableció en Roma en 1803. Pronto su prestigio le permitió trabajar para reyes, nobles y la Iglesia. El furor romántico venido desde Alemania lo arrinconó un poco y sus obras cayeron durante largo tiempo en el olvido, pero el rigor de su trazado, su belleza formal y su gusto compositivo volvieron a imponerse a principios del siglo XX. Entre las obras que se exponen se pueden ver su último trabajo, «La caridad romana», el «Autorretrato», que regaló a la Academia de San Luca de Roma, el grupo de «La matanza de los inocentes», o la serie de mármol que forman «Dos niños jugando con una mariposa»,