Historia

El peligro antisemita llega a España

Pintadas, amenazas, boicots... La operación contra Hamas ha provocado una oleada de ataques contra judíos. Y España lidera las listas de antisemitismo en Europa pese a que nuestra comunidad hebrea es una de las más reducidas.

La luz azulona de una «lechera» ilumina un angosto callejón del centro de Madrid. Desde sus asientos, los policías custodian a las decenas de personas que, al caer la tarde, se congregan en un edificio anónimo. Parece evidente que los dueños prefieren que el lugar pase desapercibido: no hay un rótulo que lo identifique. Sólo una discreta estrella de David en la puerta informa al visitante de que se encuentra ante la mayor sinagoga de España, que en estos momentos celebra su rezo vespertino.
Estos días, la escena se repite en todo el mundo. Donde hay judíos, hay policías. Y también aprensión ante la oleada de actos antisemitas que ha provocado la operación israelí contra los terroristas de Hamas . En Francia, varias sinagogas han sufrido ataques con artefactos incendiarios. En Italia, un sindicato ha llamado al boicot contra los comercios hebreos. Y, en España, los incidentes han sido múltiples: pintadas en el centro «Jabad-Lubavitch» de Barcelona, asaltos a pedradas contra la Embajada, amenazas de muerte a rabinos y pancartas antijudías en la visita del Maccabi de Tel Aviv de baloncesto a Málaga. «Quienes decían que los españoles estamos vacunados contra la judeofobia se equivocaban», denuncia Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia.
Campeones de Europa
Más bien al contrario: infinidad de estudios apuntan a nuestro país como el más antisemita de Europa. En el más reciente, el 46 por ciento de los españoles admitieron que tienen una «opinión desfavorable» de los judíos. En los tres últimos años, los recelos hacia esta minoría se han duplicado en nuestro país. Además, parece que esta actitud está calando entre los más jóvenes: más de la mitad de los estudiantes de secundaria se negaría a compartir pupitre con un judío, según una encuesta del Ministerio de Educación.
Y lo más chocante es que se trata de un «antisemitismo sin judíos». Aquí, el racismo contra los gitanos o los musulmanes se agrava en ocasiones por los roces de la convivencia. Pero no ocurre lo mismo con la judeofobia: con apenas 25.000 integrantes, la comunidad española es una de las más reducidas de Europa. «La visibilidad de los judíos reales es casi nula, por eso la gente tiene en mente al judío imaginario», alerta el sociólogo judío Alejandro Baer. Es decir, modelos inexistentes como el usurero insaciable, el asesino de Jesucristo o, últimamente, el soldado que descuartiza bebés palestinos antes de hincar el diente a su cena «kosher».
De todas formas, el antisemitismo español tiene profundas raíces históricas y culturales: basta con ojear el diccionario para detectar palabras peyorativas como «judiada». Tras la expulsión de los judíos en 1492, la Iglesia azuzó el espantajo durante siglos en beneficio propio. Luego, Franco se alió con el «amigo árabe» frente a la «conjura judeomasónica». Mientras, la izquierda se declaraba pro-israelí: «Israel, primavera de las nuevas naciones, alabado Israel con la garganta entera», escribió Rafael Alberti. Pero todo cambió en los 70, con la deriva antiamericana del progresismo y el auge de la causa palestina, que empujó a muchos a cambiar de bando y, en algunos casos, a pasarse de frenada hasta la judeofobia.
Una alianza insólita
Esta tendencia ha cristalizado en las manifestaciones por la operación israelí en Gaza. En ellas se ha forjado una insólita alianza de la ultraderecha, los sindicatos, el islamismo, los antiglobalización y la izquierda exquisita. Por supuesto, la mayoría de los asistentes sólo pretendía protestar contra los bombardeos. Pero lo hicieron rodeados de personajes que repartían octavillas con los nombres de periodistas que defienden la causa hebrea. Y no les molestó pasear junto a pancartas de más que dudoso gusto , como la que rezaba «Israel, te puedes meter mi hipoteca por tu Holocausto». ¿Es suficiente para tacharles a todos de antisemitas? «Como poco, demostraron una enorme falta de sensibilidad hacia las víctimas del nazismo», señala Adolfo García Ortega, autor de libros sobre el tema. «A mucha gente, lo de Gaza le ha venido bien para sacar cosas que llevaba dentro desde hacía tiempo».
Otros, sin embargo, consideran que algunos judíos recurren a las acusaciones de antisemitismo para esquivar reproches legítimos. Por eso, a Diego Jáuregui, de SOS Racismo, no le incomoda que se emplee imaginería nazi en las pancartas o que se acuse a los israelíes de genocidio, la misma táctica de exterminio que Hitler aplicó contra ellos. «No es un ataque racista, sino una crítica bestial a la política bestial de un Estado», argumenta.
Sectores de la comunidad judía admiten que, en ocasiones, se abusa del concepto de antisemitismo para silenciar a los críticos. De hecho, ellos son los primeros que se irritan cuando se les caricaturiza como un cuerpo pasivo que engulle las consignas de Jerusalén sin rechistar. «Cuando hablan de judíos, ¿a quién se refieren exactamente?», denuncia la escritora Juana Salabert. «Nadie habla de los cristianos como un bloque con un pensamiento único. Yo soy muy crítica con lo que hace Israel en Gaza. Cuando tienes razón hay que procurar no perderla. Pero no puedo manifestarme con gente que dice que las cámaras de gas son un invento».

Un concepto resbaladizo
En este clima de agitación política, acotar un concepto tan resbaladizo como el antisemitismo resulta casi imposible. Cuando la UE trató de acordar una definición precisa, el resultado fue un documento de dos páginas. Eso sí, el texto ofrece ejemplos concretos de conductas antijudías, como acusarles de dominar el mundo, negar el Holocausto, trazar analogías con el periodo nazi o responsabilizar a todos los judíos de las acciones del Estado de Israel. Si nos atenemos a esta definición, la manifestación fue todo un festín antisemita, al igual que infinidad de artículos de Prensa que han llegado a comparar la situación en Gaza con Auschwitz. «Puede ser ignorancia, malicia o, lo más probable, una combinación de ambas cosas», asegura el embajador de Israel, Rafael Schultz.
La duda es si este repunte de judeofobia es una simple secuela de la violencia en Oriente Medio o una tendencia a largo plazo. Y, de nuevo, el caso español es paradójico. Es cierto que aquí no se producen las constantes agresiones antijudías de Francia o Reino Unido. Sin embargo, sí que se toleran comentarios despectivos que en esos países resultarían escandalosos. «Cuando tuve problemas con Jazztel, en un periódico nacional me llamaron "judío especulador"», denuncia el empresario Martin Varsavsky. «¿A alguien se le ocurriría decir que Botín es un "católico especulador"? El inconsciente español es claramente antisemita».
El reto es que este antisemitismo latente no se vuelva tan activo como en otros lugares. Para Baer, el «judío real» debe salir del armario para reemplazar al imaginario, que sigue dominando las ideas de los españoles sobre esta comunidad. «No podemos minimizar este antisemitismo, que es la raíz del mayor genocidio de la historia», coincide Esteban Ibarra. «Estamos viendo pintadas, amenazas, agresiones… Tras el 11-M, todos los partidos hicieron gestos para prevenir una oleada de islamofobia. Ahora, necesitamos una respuesta del mismo calibre»