Iglesia Católica

La cima del año

La Razón
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El principio de un año coincide con el fin de otro. Es como llegar a una cima desde la que se puede ver cuánto ha quedado abajo –o atrás–, pero también se está en el lugar en el que convergen las diversas vías de escalada. Es el momento de contemplar las circunstancias que este año han convergido en nuestras vidas. ¿Las hemos aprovechado para avanzar en la mejora de nuestra personalidad, tal como Dios la desea y ama? ¿Han dejado huellas negativas sucesos que nos hirieron, o nos hicieron dudar de la posibilidad de ser mejores? Al inicio del año importa rehacer nuestro deseo de mejorar nuestra vida interior; es decir: todo lo que toca a lo trascendente, para tenerlo más presente cuando tantas fuerzas nos inducen a no tener conciencia del Dios que nos trasciende. Este sentimiento le hacía preguntarse a Pascal, con su conciencia aguda de la existencia: «¿De quién viene la decisión por las que este lugar y este tiempo me han sido destinados?». Nuestro mundo para los creyentes tiene sentido y destino, lo que algunos modernos ni siquiera se plantean, porque supone creencias que no tienen y desconfían de la idea de un fin, de un sentido, de un destino del mundo. Ello conduce a la soledad de la conciencia. La misma soledad que San Agustín debía de sentir en el pecado; pero, convertido, en la oración se concibe a sí mismo como una existencia en relación con otra Existencia divina, a la que le debe el ser.