Colombia

Mañana torea José Tomás

La Razón
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Reconozco que los toros nunca fueron mi fuerte. Me aburrían de niño, me sobrecargaban de joven y ahora los vivo con lucha interior. Sufro por el toro y por el torero. Llevo mal algunos ritos de la tauromaquía, que cambiaría por otros quizás más modernos, menos polémicos, menos dramáticos. Pero es verdad que entonces igual los toros dejan de ser lo que llevan siendo desde siempre. Desde que Manolete murió en la plaza. Desde Belmonte y Dominguín, auténticos números uno de los ruedos.No soy experto en toros pero he ido mucho a verlos. Y me he aburrido con espectacularidad en numerosas ocasiones. Si no entiendes de toros, lo más normal es que te aburras en la plaza. Quizás porque hay mucho toro malo y demasiado torero mediocre. Porque cuando estás ante un buen toro y un buen torero, todo es diferente. Te acaban gustando los toros, aunque no sepas nada de ellos. Me ha pasado con Ponce y ahora un poco con Perera. Pero sobre todo con José Tomás.De Tomás se ha escrito casi todo, y no voy a aportar yo nada nuevo a estas alturas. Sólo diré que es el torero ideal para la gente a la que no le gustan los toros. Le vi una vez en Las Ventas antes de su retirada y me pareció estar ante un auténtico astro del albero. Un ronaldo de las plazas. Todo lo que hacía era bello. Su salida al ruedo, la forma de andar, la manera de pararse, el modo de coger el capote. Tomás se acerca al toro mirándole a la cara y lo mima con pases y detalles. Entendí aquel día porque algunos amigos del periodismo, tan inexpertos como yo, habían organizado un grupo «tomasino» que se dedicaba a ir con el diestro allí donde toreara. En España, en Francia, en México o en Colombia. Luego supe de otros más y me contaron lo mismo. Había surgido una especie de tomasomanía que se cortó de golpe el día en el que el torero madrileño anunció su retirada. Algo que suelen hacer todos los toreros grandes en algún momento, para luego volver otra vez a lo único que saben y les gusta.José Tomás se fue pero volvió pronto. Y lo hizo en la Monumental de Barcelona, la plaza de sus amores. Allí nació como matador y allí se siente querido y realizado. Regresó a los ruedos en esa ciudad e hizo en ella al año siguiente una de las faenas más grandes de su vida, que culminó con el indulto del toro «Idílico». Rompió los esquemas de la afición catalana. Que no es poca pese a la presión antitaurina del nacionalismo, empeñado en acabar con los toros por sus connotaciones españolas. Lo conseguirá, probablemente. Aunque mientras eso llega, Tomás seguirá yendo cada año a la Monumental. Mañana mismo torea en ella seis toros, y no hay entradas para verlo. Las últimas se venden en reventa hasta a seis mil euros. La vida y las faenas de Tomás las cuenta con pasión Matías Antolín en su libro «José Tomás, torero de silencio» (Editorial Sombras Chinescas). Está escrito con el sentimiento de alguien que quiso ser maletilla en la España de Franco, pero acabó en el periodismo escribiendo de terroristas. Me gusta este libro porque está bien escrito y porque cuenta todo lo que hay que saber de José Tomás, torero de pasión, de los que ya no se fabrican.