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Obama imperator

La Razón
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Lo primero a observar es cómo elige a su equipo. Con urgencia y por encima de todo a su Secretario del Tesoro y acto seguido cómo se enfrentan a la crisis. Podemos apostar a que sus creencias socializantes la prolongarán y harán crecer el estado ¿Qué cabe esperar de Obama? Ni él mismo lo sabe. Sabe lo que quiere, pero no en todo. No sabe qué podrá hacer y menos cuáles serán los resultados de lo que haga. Lo que es, cuenta. Es inteligente, cínico, hipócrita, oportunista, despiadado killer político que apuesta siempre por echar del juego a sus competidores y rivales (¡Clintons temblad!, falso, farsante pero comedido, frío, cerebral, calculador, siempre midiendo las ventajas e inconvenientes de cada palabra, cada gesto, siempre ideando cómo convencer/engañar a quien tiene enfrente, con gran dominio de sí mismo, de modales respetuosos, sin escrúpulos para el juego sucio en el que es maestro en la puñalada trapera, con una concepción del mundo izquierdista, estatista, intervencionista, igualitarista. Buen orador y mejor escritor, sin experiencia ejecutiva alguna. Y es, desde luego, un político profesional, lo que equivale a decir ambicioso por un lado y simultáneamente ideólogo y pragmático por el otro, dispuesto a deshacerse de todo el que no le sea útil y a usar a todo el que lo sea. Esa dualidad complementaria hace posible un matrimonio de aparentes opuestos, en que une a su descarnado realismo en la lucha por el poder un buenismo ideológicamente ingenuo. Una gran pregunta es cómo serán los retoños de esa pareja, en circunstancias económicas e internacionales considerablemente extremas. Con este paquete de virtudes y defectos, teniendo en cuenta que algunas virtudes personales pueden no serlo tanto en la conducción de la cosa pública, mientras que ciertos defectos pueden ser eficaces promotores de sus causas, otra vez ¿qué cabe esperar de Obama? Lo primero a observar es cómo elige a su equipo. Con urgencia y por encima de todo a su Secretario del Tesoro o ministro de hacienda y acto seguido cómo se enfrentan a la crisis. Pero podemos apostar a que sus creencias socializantes la prolongarán, harán crecer el estado y aumentar las oportunidades de meter las manos en el pastel para, en definitiva, asegurar fidelidades y adquirir votos al por mayor. Muy a tener en cuenta es que por más que las presidenciales eclipsen a todas las otras elecciones, debemos recordar que son muchas las que se celebran de una sola tacada, votando con una gran y compleja papeleta de varias páginas. Se ha elegido la entera cámara baja, donde los suyos han obtenido una mayoría a prueba de todo. Y un tercio del Senado, con resultados en los que los republicanos tienen el mínimo indispensable, cuarenta, para ejercer un bloqueo bastante eficaz de las iniciativas legales que consideren más dañinas. Cualquier deserción podría arruinarlos, pero los demócratas tampoco las tienen todas consigo. Sólo se han asegurado 56 puestos. Los otros cuatro parece que serán independientes que les son más próximos, pero con los que no siempre pueden contar. Así que el nuevo gobierno se queda un peldaño por debajo del poder absoluto, dentro del marco constitucional. Lo importante es que esas cámaras renovadas son considerablemente más radicales de lo que lo fueron durante muchos años, cuando arrollaban a los republicanos, incluso con presidentes de esa cuerda. El proteccionismo descarado de los sindicatos, su presiones para imponer un monopolio representativo dentro de las empresas, los intereses gremiales de los profesores, los de los abogados de pleitos que tan gravosamente encarecen sectores importantes, llegando a duplicar el precio de la medicina porque la mitad se va en seguros de los médicos contra errores que generan indemnizaciones millonarias, el ecologismo dogmático a la Gore, el peso de una extrema izquierda que se llama a sí misma progresista, el abortismo que ya alcanza hasta después del parto, todo ello y mucho más cuenta como nunca en la política demócrata y es algo con lo que Obama tendrá que gobernar. Por lo demás, todo ello apunta en la dirección de su idiosincrasia y sus instintos básicos. Es su propia imagen ideológica, sólo limitada por la preocupación de que un tal programa pudiera desarrollar reacciones que llegasen a ser un obstáculo para su reelección dentro de cuatro años, pero azuzada por la expectativa de la irreversibilidad de los cambios realizados que dejen fuera de juego por una generación, que es casi el siempre jamás, la coalición republicana de conservadores, muchos de ellos religiosos, liberales económicos y defensores del poder americano en el mundo. Nada que pueda tranquilizar a un conservador, o un centrista, liberales a la europea. Simpatizar con Obama desde estas posiciones no puede ser más que insensatez o desconocimiento. O la típica desorientación de la derecha, siempre buscando que le perdonen la vida los que se dicen dueños del futuro y el progreso. Obama es un real peligro de cambio para peor, todo lo irreversible que puedan ser las cosas humanas. La política exterior es otra historia. Los condicionamientos geopolíticos no se los salta ni Obama con todo su cambio, aunque su capacidad para deteriorar la situación es notable. En ese terreno ha recogido muchas velas durante la campaña. Cabe esperar que recoja muchas más desde el despacho oval. Si se ve impelido por sus idílicas declaraciones de otros tiempos a convertir a Ahmadinejad, Chávez y otros indeseables por la acción de su verbo florido y peligrosas concesiones, lo mejor, cuanto antes, para poder proclamar que él ha hecho su parte y el fracaso no es su culpa. Manuel Coma es presidente del Grupo de Estudios Estratégicos