Sobar (o no)

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Gracias, Carme Chacón. Se ha convertido en la alegría de los columnistas. Fue usted aparecer de esmoquin –si Yves Saint Laurent la viese se haría un homenaje a sí mismo poniéndose más medallas que los militares para sí quisieran– y dejar de hablar de lo que importa en vez de comentar lo importante.
Ya sabe la turbamulta que se ha montado. Prestancia tenía, más para estar en la alfombra roja de los Oscar que para la Pascua Militar. Tanto da, pero impactó, y, dada la importancia de la misión, se me antoja que, como cualquier ser humano en una circunstancia similar, miraría el fondo de armario a conciencia para elegir entre lo mejor lo más sobresaliente. Que el ego y las ganas de agradar a los demás siempre queda. Es más una pulsión que un asunto de Estado. Lo malo es que, siendo usted quien es, el Estado, no midió las consecuencias, o sí, quiso romper la baraja cuando la partida ni estaba establecida.
A lo tonto se ha encontrado con una aliada inesperada: Esperanza Aguirre, que ha dicho lo que todas las mujeres estamos prestas a decir: que en vez de fijarse en los calcetines de quita y pon indaguen en la trastienda y, desde ahí, nos evalúen.
No me atreveré a juzgar su paso por el Ministerio por un esmoquin y un maquillaje excesivo, igual que no prejuzgo a tantos compañeros de su gabinete por llevar la caspa por bandera. Lo que me subleva, y ahí la culpa es común, es que nos soben para hacer de la anécdota un victimismo. Si hay que desafiar, mejor no dar excusas por lo que nos ponemos y que se esfuercen por averiguar lo bien o mal que lo hacemos. ¿Sí o sí? Lo demás será un chantaje emocional que no viene a cuento.