150 toneladas de coca y una canción

Tras el parón navideño, el pasado jueves recomenzó en Brooklyn el juicio contra Joaquín «El Chapo» Guzmán, acusado de liderar durante más de 20 años el cártel de Sinaloa y de introducir, durante este tiempo, más de 150 toneladas de cocaína en los Estados Unidos. Sus abogados insisten en que «El Chapo» no es más que un campesino semi analfabeto que figuraba como cabeza solo en apariencia mientras los verdaderos líderes siguen en la calle.

La noche en la que lo iban a matar el narcotraficante Miguel Ángel Martínez escuchó desde su celda los acordes de «Un puño de tierra». La canción, una de las favoritas del Chapo Guzmán, célebre en las interpretaciones de Antonio Aguilar y Ramón Ayala, explica que «El día que yo me muera,/ no voy a llevarme nada,/ hay que darle gusto al gusto,/ la vida pronto se acaba». El prisionero conocía de memoria sus versos, «Lo que pasó en este mundo/ no más el recuerdo queda/ ya muerto voy a llevarme/ no más un puño de tierra», y lo que esto implicaba. Sonó una vez. Sonó dos. Diez. Sonó toda la noche, interpretada desde fuera de la prisión por un grupo contratado al efecto. Hasta que amaneció y, no bien callaron los vientos y cesó el sonido, unos sicarios atacaron la celda del prisionero con lanzagranadas.

Pero Martínez sobrevivió, igual que lo hizo a otra media docena de intentos de asesinato, y años después acudía como testigo protegido de la acusación para testificar en Brooklyn contra su antiguo jefe. Que no es cualquiera: se trata del capo de todos los capos y todo en este juicio adquiere tintes épicos.

A un lado Joaquín El Chapo Guzmán Loera, el hombre acusado de introducir en EEUU no menos de 150 toneladas de cocaína durante los más de 20 años en que lideró el cártel de Sinaloa. Responsable, según la fiscalía, de miles de asesinatos. Algunos por razones tan caprichosas y aleatorias como la supuesta falta de respeto de un colega, que por lo visto no lo saludó en público. El mismo que al decir de sus abogados, los formidables Jeffrey Lichtman, Eduardo Balarezo y William Purpura, apenas si actuaba como hombre de paja. Un pobre campesino semianalfabeto al que los verdaderos traficantes colocaron en primera línea para poder lucrarse mientras él ejercía de figurón. El relato de los leguleyos sigue un estilo cinematográfico adobado de luminosos golpes de efecto para arruinar las cerca de 300.000 pruebas reunidas por la fiscalía. Documentos de todo tipo. Grabaciones en las que puede escucharse a El Chapo negociando con otros narcos. Fotografías que tratan de desentrañar los impenetrables misterios que envuelven el personaje en un halo de niebla mítica. Con su hablar metódico, su cansina atención a los detalles, su implacable rodillo legal y sus farragosos tecnicismos, los fiscales dibujan a un hombre multimillonario. Con una fortuna estimada en 15.000 millones de dólares. Capaz de sobornar y/o matar, plomo o plata, a quien osara entrometerse en el sangriento flujo de estupefacientes entre México y EEUU.

Lejos de amilanarse o suplicar clemencia, el Chapo responde a todos y cada uno de los detalles de los fiscales. Nada de confesar los supuestos crímenes. Ni hablar de rendirse o colaborar. Sus abogados han sido particularmente inclementes con el relato de los hermanos Flores. Los tipos que vendían la droga del cártel en EEUU. Su centro de operaciones estaba en Chicago. Una ciudad estratégica por su privilegiada situación geográfica. A las órdenes de El Chapo, y también de sus rivales, los hombres del cartel de los Beltrán-Leyva, los Flores introdujeron cientos de toneladas de coca, heroína y metanfetamina en EEUU.

Hace un lustro y con el cuero en venta cerraron el negocio, se entregaron a la justicia estadounidense y detallaron las fontanerías y complicidades del monstruo. Una claudicación inusitada que sirvió para encarcelar a muchos de sus antiguos socios. Una rendición que puso precio a su cabeza y que estos días, en el juicio a El Chapo, mantuvo fascinadas a todas las partes. Aquellos hermanos poseían la llave de navegación del narco en el norte. Por sus manos pasaba toda la droga que arribaba desde México por mil y un canales. Desde túneles dotados con tecnología punta a petroleros. Sólo rivalizan en espectacularidad las fugas del propio Chapo. El único hombre en la historia capaz de escapar en dos ocasiones de una cárcel de máxima seguridad en México. El pánico a un nuevo ridículo motivó que finalmente fuera extraditado a EEUU para un juicio que va camino de convertirse en una película del mejor Hollywood o un libro de Don Winslow.