Un confinamiento en ultramar: A Teresa le han quitado el respirador

El gobernador de Nueva Jersey insiste en que si bien no es el momento del pánico, tampoco lo es para la vida tal y como la conocíamos»

La situación empieza a afectar  a la vida cotidiana en Estados Unidos. En la imagen, un Times Square desierto
La situación empieza a afectar a la vida cotidiana en Estados Unidos. En la imagen, un Times Square desiertoJohn MinchilloAP

T eresa agoniza en un hospital de Brooklyn. Es nuestra vecina, a tres puertas de casa. Sufre problemas de asma y bronquitis recurrentes. En las noticias el alcalde de Nashville, John Cooper, acaba de decretar el confinamiento total durante los próximos diez días. Teresa, cariñosa, coqueta, amable, con esa cosa un poco excesiva que tienen a veces los viejos con los niños, quería achuchar a Max, que la rehuye.

Teresa iba o venía de largos paseos solitarios junto al cementerio, ajena al rechinar del tráfico, solitaria en el silencio rugiente de los camiones y las ambulancias, amiga de los cuervos, los gansos canadienses, las tortugas que todavía hibernan, los halcones de cola roja, los mirlos, las urracas. En sus mejores tardes, un par de veces al año, le daba por ir al casino, a jugarse unas perras.

El gobernador de Nueva Jersey, Phil Murphy, urge a sus paisanos para que no salgan de casa. Insiste en que si bien no es el momento del pánico, tampoco lo es para la vida tal y como la conocíamos. «Ganamos la II Mundial no porque entramos en pánico sino porque fuimos inteligentes», dice, «fuimos agresivos, trabajamos duro, y eso es lo que vamos a necesitar ahora». Teresa era pequeña y tiene unas hijas como dos soles de dulce y membrillo, Marisol y Nancy, un marido, Willie, que es la ternura boricua personificada, un yerno, Mike, que es más de Brooklyn que los muelles de Marlon Brando y Elia Kazan, varios nietos encantadores y un perro, Otis, un beagle asustadizo y guapo que canta como Caruso en las noches de estío.

El alcalde De Blasio dice que en diez días Nueva York padecerá un infierno si la Casa Blanca no declara la Defense Production Act, la ley de 1950 aprobada durante la Guerra de Corea. «El ejército no ha sido movilizado. La Defense Production Act no ha sido usada de ninguna forma. Tanto en la ciudad y el estado de Nueva York como a nivel nacional tenemos la sensación de estar solos». Teresa llamaba a Max macho, a ver dónde está mi macho. Comentaba los pormenores de la climatología, burlona y cruel a orillas del Hudson. Ya ven ustedes, cómo viene la primavera de hermosa este año, repetía asomada a la verja de casa, viviendas de dos plantas con una suerte de patio exterior, abierto a la calle, que usamos para cenar y brindar con los vecinos, Marga y Barry que son también nuestros caseros, nuestros amigos. Hay que ver lo largo que se está haciendo el invierno, musitaba Teresa, melancólica, aunque para inviernos los de antes, esto no es nada.

Teresa, en realidad, tenía poco interés en los avatares del tiempo y en nosotros, y sí unas ganas locas de abrazar a Max, de mimarlo a besos, de nimbarlo a abrazos y condecorarlo de caricias y risas. El niño, generoso y egoísta como todos los niños, príncipe asustado en el bosque de lobos, señor feudal del amor de sus padres, escapaba de Teresa y corría al refugio antiaéreo de los brazos de su Mónica. Gretchen Whitmer, gobernador de Michigan, acusa al gobierno federal de negligencia, de haber llegado tarde a la pandemia, de ignorar las señales rojas.

«Vamos a perder vidas porque no estábamos preparados, nuestra economía sufrirá más tiempo porque no nos tomamos esto seriamente cuando había tiempo, y habrá consecuencias, pero ahora mismo tengo problemas que resolver y necesito la ayuda del gobierno federal para estar seguro que tengo lo que necesitaremos de nuestros proveedores, y también respiradores para la gente que va a sufrir». La señora Teresa tenía un doctorado en el vecindario. Conoció Greenwood Heights cuando te daban el palo por unas zapatillas y había jeringas y chulos en cada esquina.

Whitmer y Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York, alertan de que los estados están compitiendo unos contra otros por las máscaras, los mandiles, los guantes, las gafas, los respiradores. Al río revuelto del naufragio acuden los desalmados. Los precios se han multiplicado por diez. Sostienen que la única respuesta posible es que la Casa Blanca nacionalice el suministro médico y organice la compra y distribución de productos vitales. Las medidas de este tipo son anatema entre los republicanos del Tea Party.

Donald Trump, de momento, favorece iniciativas voluntarias. Anuncia que Ford, General Motors y Tesla ya han recibido el visto bueno para fabricar respiradores. Está ante el dilema de ser recordado como un comandante en jefe a la altura o hundirse entre gorrazos. A Teresa la han quitado del respirador mecánico. Nos lo dijeron ayer y llevo varias horas encurtido en lágrimas. Me muero de la pena. Y por primera vez tengo miedo.