Un confinamiento en ultramar (XXXII): Matar a un gato

Perdemos pie enfrentados al dilema de la supervivencia y la preservación del eslabón no humano de nuestras disfuncionales familias»

D os gatos domésticos de Nueva York han dado positivo por coronavirus. Respiraban mal, andaban enfermos de la tubería, bizqueaban con toses y ahogos, y cuando sus dueños acudieron al veterinario, dos laboratorios, uno local y otro nacional, que leyeron su sangre y sus heces, certificaron que tenían el Covid-19. Antes de ellos cinco tigres y dos leones del zoológico del Bronx ya dieron positivo. El primero, Nadia, una tigresa de Malasia de cuatro años, imponente, puso sobre la pista a los científicos. Según Blake el tigre enciende de luz los bosques de la noche, que bautizó a un pirata de mi infancia y aterrorizó los pueblos de las tierras vírgenes de Kipling. Cuando salió la noticia de los tigres los científicos contaron que eran ínfimas las probabilidades de que los gatos domésticos contrajeran la enfermedad. Ahora sabemos que no. Aunque insisten en explicarnos que la posibilidad de que contagien a sus dueños sí resulta casi desechable.

Dada la cantidad de gente con Covid-19, los millones de gatos en hogares y los pocos casos publicados, la cadena de transmisión parece ir de la persona al felino y no al revés. Aparte, los gatos presentarían una versión atenuada o leve. Como explicó al New York Times la doctora Karen Terio, jefa del Programa de Patología Zoológica de la facultad de veterinaria de la Universidad de Illinois, que fue donde se analizó la muestra de Nadia, «si esto fuera un problema grave para los gatos, habríamos visto un mayor número», y no, no ha sido así. Pero claro, me pregunto qué ocurriría si, al igual que la enfermedad podría haber mutado/saltado del pangolín al murciélago, o del murciélago al perro salvaje y de este al ser humano, sucediera algo parecido con nuestros mininos. Si los adorables, esponjosos, flexibles, ausentes y hermosos gatos, príncipes de terciopelo y cuchillas, a los que adoramos desde Egipto porque los hombres soñaban con acariciar el lomo de un leopardo, fueran vectores víricos lo suficientemente peligrosos como para plantear la necesidad de hacer algo al respecto. Porque a lo mejor tocaría hablar de la necesidad de sacrificar, con todas las prevenciones y amabilidades imaginables, a unos seres que nos acompañan y nos consuelan. Le pregunto a mi amigo Mikel Arteta, doctor en Filosofía Moral y Política, que hace unas semanas reflexionó al respecto. Me explica que «no deberíamos ceder ante censores morales un debate ético, racional e informado, tan urgente como importante (habrá múltiples cepas de este coronavirus, que tampoco será el último). ¿Es asumible el riesgo de vivir con animales domésticos –con mamíferos que entran y salen de casa– sabiendo lo que hoy sabemos? ¿En qué condiciones?».

Ahí quisiera ver, metidos hasta la empuñadura en el debate de liquidar a un ser que es bajo la luna la pantera «que nos es dado divisar de lejos» (Borges), a los amigos de la Pachamama y a los politólogos milenaristas, a los del este virus lo paramos entre todos y a los animalistas empeñados en repartir derechos a unos seres que carecen de obligaciones, a los literatos de Gaya y a los poetas del deshielo y los descampados libres de humanos, donde la naturaleza edénica recupera sus coordenadas caníbales y el mundo vuelve a ser un letal tablero de seres empeñados en exterminarse y genes egoístas lanzados a una loca carrera de destrucción mutua. Ahí quisiera verme a mí mismo, que amo a los animales con una pasión irracional y adolescente. Cuenta el escritor Livius Drusus que Mark Twain fue dueño de 19 gatos «a los que amaba y respetaba mucho más que a las las personas. Todos sus gatos tenían nombres fantásticos, entre otros Apollinaris, Beelzebú, Blatherskite, Buffalo Bill, Satán, Pecado, Mezcla Agria, Tammany, Zoroastro, Sal jabonosa y Pestilencia». Kat Eschner, en la web del Smithsonian, escribe que su gato favorito se llamaba Bambino y fue propiedad de su hija, Clara: «Cuando Bambino desapareció, Twain usó su pluma para encontrarlo. Puso un anuncio en el New York American ofreciendo una recompensa de cinco dólares para quien lo devolviera a su casa, en el número 21 de la Quinta Avenida. Así describió a su mascota: Grande e intensamente negro; de pelaje grueso y aterciopelado; tiene una tenue franja de cabello blanco sobre el pecho; no es fácil de ver bajo la luz ordinaria». Pablo Neruda escribió sobre la «fiera independientede la casa,/ arrogante vestigio de la noche,/ perezoso, gimnástico/ y ajeno,/ profundísimo gato,/ policía secreta/ de las habitaciones...». Perdemos pie enfrentados al dilema de la supervivencia y/o la preservación del eslabón no humano de nuestras disfuncionales familias.