Prudencia e inquietud en Bruselas

Los líderes europeos se abonan a la cautela hasta conocer el desenlace. Un EE UU replegado en sus divisiones e intentando restañar sus heridas no es el aliado más fiable

Una mujer trata de sujetar las banderas de EE UU y la UE en una reunión del G-7 en 2018JONATHAN HAYWARDAP

Tras la sorpresiva victoria de Donald Trump en el año 2016, los entonces Veintiocho celebraron una cumbre extraordinaria en Bruselas bautizada como «cena del pánico». Cuatro años después, las cancillerías europeas se enfrentan «al amanecer más incierto», en palabras del comisario de Asuntos Económicos Paolo Gentiloni. La necesaria prudencia hasta conocer los resultados definitivos no oculta que en la capital comunitaria vuelve a palparse el miedo. Independientemente de quien acabe ganando las elecciones, Bruselas teme que la polarización en la que vive el país no beneficie al vínculo trasatlántico, ya que un EE UU replegado en sus fuertes divisiones e intentando restañar sus heridas no es el aliado más fiable. Es un secreto a voces que la mayoría de las capitales europeas veían estos comicios como el fin de la pesadilla Trump. Pero todo indica que una victoria por mínima del tranquilo Joe Biden no conseguirá que todo vuelva a ser como antes. Del infierno se pasará, con suerte, al purgatorio. A pesar de esto, las declaraciones oficiales de los cargos europeos han seguido las normas elementales en este tipo de circunstancias. Prudencia, prudencia y más prudencia. «El pueblo americano ha hablado. Mientras esperamos el resultado de las elecciones, la UE sigue dispuesta a seguir construyendo una fuerte asociación transatlántica, basada en nuestros valores e historia comunes», tuiteó ayer Borrell. Los únicos que se apartaron ayer de estos mensajes de cautela fueron el primer ministro esloveno, Janez Jansa, que se apresuró a felicitar a Trump y el primer ministro húngaro, Viktor Orban que dijo ser «pesimista» sobre una hipotética nueva victoria del actual inquilino de la Casa Blanca.

En esta legislatura, Trump ha hecho saltar por los aires muchos de los acuerdos gestados durante la administración Obama y que resultaban prioritarios para los socios europeos: desde el Acuerdo de París para luchar contra el cambio climático, al pacto nuclear con Irán o el acuerdo sobre el control armamentístico ruso. Además, ha conseguido dejar inoperativa la Organización Mundial del Comercio (OMC), y ha enterrado de manera definitiva las negociaciones del acuerdo comercial entre Estados Unidos y la UE (TTIP) mientras sigue la amenaza de imponer tarifas arancelarias al todopoderoso sector del automóvil alemán y de castigar a los países que decidan seguir adelante con la Tasa Google. Los rifirrafes no terminan aquí: Trump también ha amenazado con dejar a la intemperie a los socios europeos, si no incrementan su gasto en Defensa dentro de la OTAN hasta el 2% del PIB, aunque ha reforzado la presencia estadounidense en las fronteras europeas orientales como modo de respuesta al expansionismo ruso. Una estrategia que, si bien tranquiliza a los países del Este, también puede hacerlos recelosos a colaborar con los socios europeos en ámbitos como la Defensa. Un cúmulo de agravios que han dañado –puede que de muerte– el orden internacional nacido tras las Segunda Guerra Mundial y sus instituciones multilaterales encargadas de salvaguardarlo.

«Lenguaje del poder»

El siglo XXI no se parecerá en nada a la segunda mitad del siglo XX .Trump ha sido el mesías encargado de anunciarlo, aunque el mensaje no sea una buena nueva. Los socios europeos han comenzado a entenderlo e incluso asimilarlo, aunque el análisis no siempre coincida con los hechos. A los intentos de una mayor integración en la política de Defensa europea, defendidos por el presidente francés Emmanuel Macron, se une la necesidad de hablar «el lenguaje del poder», según la expresión favorita del máximo representante de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell. Una máxima que abarca desde la posición europea en política internacional hasta el desarrollo de los sectores clave de la economía del siglo XXI, en aras de una autonomía estratégica en ámbitos como la gestión de los datos y las redes de alta velocidad. Ya no basta tan sólo el soft power de la diplomacia, también hay que enseñar los dientes.

A esto se une la necesidad de encontrar el propio camino en la guerra fría entre Pekín y Washington. Porque no sólo Trump ve con suspicacia al gigante asiático sino que estos recelos han comenzado a ser compartidos por el bloque comunitario que también intenta encontrar su propia receta en sus relaciones con Pekín, al que los Veintisiete ha comenzado a considerar no sólo un aliado sino también un competidor y un rival sistémico. Todo indica que estos retos continuarán con Trump o con Biden. Puede que sólo difieran las formas y los tiempos.