Testimonio

El español que sobrevivió 40 días bajo tierra en Hostomel

David López pasó lo peor de la guerra en el sótano de Serguéi, el gasolinero que le acogió cuando su coche le dejó tirado mientras trataba de escapar

David, con gafas, posa con el militar que le rescató. A su lado. Serguéi, el gasolinero, y su familia
David, con gafas, posa con el militar que le rescató. A su lado. Serguéi, el gasolinero, y su familialarazonfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

La ciudad ucraniana de Hostomel era, sin lugar a dudas, el peor sitio del planeta para quedarse tirado con el coche el 24 de febrero. Eso fue lo que le pasó a David López, natural de Granollers, hoy hace dos meses. Apenas unas horas antes, Putin había desatado el infierno sobre el cielo de Kiev, donde este español de 48 años se encontraba de visita. Enamorado de la cultura soviética, cada vez que «tenía un rato» visitaba la región. Y allí le pillo la primera guerra europea de este siglo, un conflicto en el que permaneció varado durante cuarenta días.

En conversación telefónica con LA RAZÓN desde su casa en Barcelona, David recuerda el comienzo de la odisea. «Todo fue muy rápido, el día anterior estaba todo perfecto. Fue de la noche a la mañana. Me levanté y, después de ver el caos que había en la ciudad, cogí mis cosas, las puse en el coche, di la llave del apartamento en recepción y me largué corriendo. Los semáforos no funcionaban, la gente hacía maniobras raras y había accidentes por todos lados. Un caos. Todo el mundo escapando a la vez. Había estado estallado la guerra».

Las colas kilométricas en las gasolineras lo disuadieron de repostar en la capital y tiró para adelante con solo medio depósito. Puso el navegador rumbo a Liubov, Polonia, e imaginó que en unas horas estaría a salvo al otro lado de la frontera. Nada más lejos de la realidad. «Siguiendo el GPS me confundí de carretera y quise volver a la buena, giré en una gasolinera y, de pronto, el coche me deja tirado. Al parecer se rompió la transmisión. Llamé al seguro y, claro, me dijo que en zona de conflicto no actuaban. No se lo podían creer, estaban alucinados».

Las cajas de munición abandonadas por los rusos las usaban para encender el fuego
Las cajas de munición abandonadas por los rusos las usaban para encender el fuegolarazonfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

Después del primer «shock», David se puso en contacto con un amigo de Odesa a ver si le podía echar una mano. Acabó pasándole el teléfono al encargado de la gasolinera, Serguéi, que hablaba ruso. Este hombre de 52 años, con el que el español comparte cumpleaños, terminó invitándole a su casa y, a la larga, le salvó la vida.

«Empujamos el coche y lo dejamos aparcado. En ese momento ya nos llovían los misiles porque el aeropuerto Antonov está a 100 metros. Fue lo primero que bombardearon los rusos. Cayó una mina muy cerca y Serguéi me cogió por la chaqueta y me apartó. Cogimos lo básico, la documentación del coche y la maleta, y tiramos para su casa. Ahí me quedé a vivir más de un mes».

La ciudad de Hostomel, a 25 kilómetros de Kiev, presenta hoy un paisaje desolador, como el de Bucha o Irpin. Es uno de los lugares más machacados de la contienda. Por eso, David y la otra decena de almas recogidas por la familia del gasolinero pasaron la mayor parte del tiempo en el sótano, donde dormían apiñados pero seguros. «En un principio, en la casa estaban sus padres, dos azerbayanos y una vecina mayor que se quedó sin casa. Ahí vivía el que podía. Llegamos a estar once, luego la gente se fue marchando cuando abrieron los corredores humanitarios.

El espacio no fue un problema, al menos cuando la ofensiva les daba una tregua y podían salir a la superficie. «La casa era grande, como de payés, con terreno y huerto. Cultivaban patatas, cebollas, había buena despensa. Lo que escaseaba era el agua porque la cortaron. Los rusos nos trajeron botellas a los pocos días y luego pusimos un generador de gasolina para cargar el móvil y hacer funcionar el motor para que hubiera agua».

Los soldados marcaban las casas habitadas con un cartel: "Aquí vive gente"
Los soldados marcaban las casas habitadas con un cartel: "Aquí vive gente"larazonfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

Hasta que pudieron ser evacuados, los azerbayanos, cocineros de profesión, se encargaban de alimentar al resto. Durante la charla con este periódico, David se muestra muy tranquilo y quita hierro a la situación, aunque confiesa que hubo algunos momentos de pánico. Uno de ellos fue el primer reconocimiento casa por casa de los soldados rusos que tenían sitiada la localidad.

«Fueron a todas las viviendas pidiendo documentación y encañonando a todo el mundo. Muy a la defensiva, claro. Una vez que tuvieron fichado al pueblo entero, se relajaron. A mí también me apuntaron con el fusil, como cuando te atracan. Yo era el turista. No entendían qué hacía un español allí, igual pensaban que podía ser un espía». Les quitaron los móviles, pero él logró colocarles uno que no tenía tarjeta SIM y se quedó con el que funcionaba para poder hablar con su familia en Cataluña: Mis padres me llamaban cada dos por tres pero no podía hablar mucho porque los rusos te vigilaban con los drones».

Reconoce que la suerte jugó a su favor desde el momento en que se cruzó con su salvador ucraniano en la estación de servicio. «Hubo un día que nos cayó una bomba casi encima. Nos llovieron los cascotes y la metralla. En la cama, en el sótano, sentías las bombas caer y algunas lo hacían muy cerca. Se movía toda la casa. En nuestra misma calle se oían los disparos, las ráfagas de un extremo a otro. Nosotros enterramos a dos personas, dos hombres mayores, en el huerto. Eran vecinos del pueblo, jubilados, que como toda la gente mayor tendrían su enfermedad crónica y no contaban con la medicación necesaria. O les dio un infarto».

A David no le salen las cuentas de las víctimas mortales. Cree que los mismos soldados rusos «se han encargado de esconder los cuerpos, o de hacer algo con ellos, porque la cosa no me cuadra. Con la cantidad de destrucción que se veía, los cadáveres habrían tenido que llenar las calles. Los debían de recoger, esconder, quemar o lo que fuera para que no los viéramos durante la evacuación».

El coche del vecino de la casa de Serguéi, acribillado a balazos
El coche del vecino de la casa de Serguéi, acribillado a balazoslarazonfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

¿Cómo pasaban las horas en esta suerte de casa de Gran Hermano bélico? «Matábamos el tiempo como podíamos, hablando un poco en ruso o por señas. Nos levantábamos a las siete y tratábamos de hacer las cosas rápido porque a las cuatro ya era de noche. Estábamos todo el día para arriba y para abajo con la carretilla o haciendo leña de las cajas de proyectiles vacías que dejaban atrás los rusos. Al final te acostumbras. Si no había bombardeo, estábamos en la cocina o salíamos fuera. Tengo un vídeo en el que aparecemos lavando los platos y el edificio de al lado, en llamas. Ya no le dábamos importancia, era el pan nuestro de cada día. Y cuando caían cerca, bajábamos al refugio. Cayeron miles y miles y miles en aquel pueblo. Se han gastado una millonada los rusos».

A las siete de la tarde ya estaban en la cama. A veces, algún vecino encontraba una botella de vodka y los invitaba a unos chupitos en lo que quedaba de jardín. «Un día, desde la calle, me llamó un soldado ruso: “¡Eh, español! ¡Ven aquí!”. Yo me acojoné, pero era para darme una bolsa de macarrones». David asegura que aquellos reclutas estaban allí por obligación, «les había tocado y punto». .

A finales de marzo, el horizonte comenzó a despejarse. La ONG «Help to Ukraine», que lideran los españoles Carlos y Javier Fernández y que le habían recomendado permanecer en Hostomel todo ese tiempo, puso en marcha la operación salida. «Me dijeron que estuviera preparado, que estaban estudiando el camino más seguro para evitar las minas, etc. Todo fue muy rápido. El lunes cuatro de abril vino a buscarme una patrulla de la Armada ucraniana».

David recuerda que apenas tuvo tiempo de despedirse de sus anfitriones, pero fue «muy emocionante». No aceptaron dinero, solo el agradecimiento de este español que cayó por allí en el peor momento posible: «Cuando me marché, todos lloraban. Es gente muy generosa y, sobre todo, saben bien lo que es la guerra».