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Antonio Garrigues Walker: «No vivimos una época de grandes líderes»

Estrechó la mano de JFK en un par de ocasiones, «pero no hubo más», apunta. Quien sí le conoció bien fue su padre: Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, «el amigo español de Kennedy».

Estrechó la mano de JFK en un par de ocasiones, «pero no hubo más», apunta. Quien sí le conoció bien fue su padre: Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, «el amigo español de Kennedy».

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Mientras un buen puñado de gente hubiera alardeado de una «gran amistad» con el presidente Kennedy, Antonio Garrigues Walker afirma que nunca le conoció. Simplemente le saludó un par de veces con motivo de unas reuniones internacionales, «pero fue solo eso», dice el implicado –ahora presidente de honor del despacho que lleva su apellido y en el que trabaja desde hace más de 50 años–: un apretón de manos y unas pocas palabras, «nada más». Suficiente para mantener viva la admiración por un hombre al que conocía muy bien por su padre. Línea directa para saber de primera mano quién era de verdad JFK: «Aparte de la relación que pudiéramos llamar puramente profesional, (...) estuve varias veces en la Casa Blanca de una manera informal y amistosa», escribía Antonio Garrigues Díaz-Cañabate (1904-2004) en «Diálogos conmigo mismo».

–Un contacto que venía de antes.

–Sí. La relación de mi padre con los Kennedy se inició pronto, con Joseph Kennedy –el que, en principio, estaba destinado por la familia a ser el presidente–. Vino a España durante la Guerra Civil y le pusieron en contacto con mi padre porque estaba casado con una americana. Sería de las pocas que había en Madrid, quizá la única. Como tenía interés en conocer lo que estaba pasando aquí se le acompañó durante unos días, en los que hubo todo tipo de actividades rodeadas de la tensión típica de una guerra. La presencia de Joseph fue importante porque hubo momentos en los que se vio obligado a sacar su pasaporte americano para frenar posibles altercados. Una amistad que se mantuvo hasta que éste murió en un accidente de avión.

Y así lo recogía Garrigues Díaz-Cañabate en sus conversaciones: «Con mi mujer, de nacionalidad norteamericana, nuestra casa se convirtió en una pseudoembajada, porque ostentando en la puerta la bandera de la embajada americana y un certificado de la misma, que no decía otra cosa que la mitad de los muebles eran propiedad de un súbdito americano, pero que redactado en inglés era indescifrable para los milicianos, la casa, digo, estuvo siempre bajo la protección de esa bandera y gozó de un milagroso respeto, en el caos reinante, de los reductos diplomáticos (...) Llegó a nuestra ciudad el mayor de los Kennedy, a quien alguien, no sé quién, –ni por qué razón– remitió a nuestra casa».

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–Después, recuperaron la relación con la familia Kennedy cuando a su padre le nombran embajador en Estados Unidos.

–En Madrid vivía una familia polaca (los Potocki Radziwill) que tenía una relación especial con Jackie. Entonces, cuando se produjo el nombramiento, estos le pidieron al matrimonio Kennedy que los tratara con amabilidad. Y así lo hicieron, llegando a tener una relación frecuente.

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–Tanto como para verse de forma informal.

–Sí.

El último encuentro, «el más interesante», recogía su protagonista en el libro: «Fui a recoger al presidente para acompañarle a la conferencia de Prensa que ofrecían en el Departamento de Estado y que después resultó ser la última que dio, porque dos días después ocurría la tragedia de Dallas. Salimos juntos por ese jardín que tantas veces ha aparecido en informaciones gráficas. Recuerdo que le pregunté que cuál era su estado de ánimo cuando iba a un acto tan difícil y comprometido como era una conferencia de Prensa. Me sorprendió su respuesta a la española: ‘‘Yo creo que debe ser muy parecido al estado de ánimo de un torero cuando se dirige a la plaza’’».

–Eso decía...

–¿Había asistido a alguna plaza?

–Personalmente, creo que a ninguna. Pero, siendo conocedor y teniendo en cuenta que mi padre era español, vio oportuno el símil.

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–Dos días después, el asesinato, aunque no terminó ahí la amistad con la familia.

–No, mi padre mantuvo el contacto con Jackie, como todo el mundo sabe.

–Le costó algún disgusto...

–Alguien la calificó de «amistad amorosa», pero no pasó de ser una incidencia más en nuestra vida.

–¿Lo llevó bien su padre?

–No mucho, pero por eso no hablaba demasiado con la Prensa. Más tarde, cuando Jackie lo visitó en la embajada de la Santa Sede, volvieron los rumores, pero no fueron más allá.

Más tarde, sería la propia Jackie la que decidiera enviar a su hija Caroline a España para alejarla del drama. «Estuvo unos días conmigo y mi familia y, la verdad, no creo que se lo pasara muy bien aquí», recuerda un Garrigues Walker que todavía hoy sigue la estela de los Kennedy.

–¿Qué supuso la irrupción de JFK en el escaparate público?

–Era un político especial, muy joven y católico, lo que le generó algún que otro problema en el mundo anglosajón.

–¿Fue incómodo?

–Sobre todo por su defensa de los Derechos Civiles, que los llevó hasta un límite máximo. Y también porque pertenecía al clan Kennedy, donde todos eran guapos y ricos; y eso genera envidias. Pero la verdad es que este hombre modernizó y engrandeció la política americana y mundial.

–¿Existe hoy algún político al que se le pueda apodar el «nuevo Kennedy»?

–En estos momentos, no.

–¿Nadie capaz de generar una corriente de ilusión similar?

–No estamos en una época de líderes con grandeza y generosidad. Quizá Angela Merkel sea la única excepción.