Aquellos días de rojos claveles, de lucha y un amigo en cada esquina

Fue la última revolución de Europa. Portugal dio una lección de libertad, entereza y lucidez al mundo

Como un milagro descansaban los fusiles a los pies de los niños que hacían la señal de la victoria con un manojo invisible de sueños entre los dedo

Llegamos en el Lusitania express, al romper el día. Vivía Lisboa horas muy serias. Y allí nos presentamos, por nuestra cuenta y riesgo, Teodoro Izquierdo y yo, se supone que para informar de lo que estaba pasando. Era, por una vez, maravillosamente, la realidad igual a la ilusión. Teníamos veinte años. En realidad, no teníamos edad. Había tanques en las calles y todo era fraternidad, claveles recién cortados. Los lisboetas abrazaban a los soldados, se llevaban la mano al corazón y escondían la frente entre las manos. Suspiraban todos con los ojos húmedos. Fue en abril. El mes más cruel, al decir de Thomas S. Eliot. Pero también el que «..., remueve / raíces perezosas con primaverales lluvias». El tiempo de las flores tempranas y la hierba recién brotada, lo que no es cualquier cosa. ¡Ay Portugal! ¿Por qué te quiero tanto?... Los portugueses acababan de tumbar a Marcelo Caetano. Con él caía el sempiterno Salazar, último caudillo de una dictadura casposa y muy cruel. Era la última revolución del siglo XX. Y estábamos persuadidos de que aquella revuelta tan cercana fragilizaría el franquismo, lo pondría contra las cuerdas. Cosas de quien confunde la realidad y el deseo. Lo que más llamaba la atención aquellos días era el gentío. El protagonismo de la calle. Los miles de mujeres y hombres que abarrotaban las avenidas, las calles y plazas de Lisboa. Que cantaban «Grândola, vila morena/ Terra da fraternidade». Y aquello de: «En cada rostro, igualdad/ El pueblo es quien más ordena», en la boca de jóvenes soldados.

Sí, definitivamente, era por una vez la realidad igual a la ilusión. Recuerdo a los pescadores de Almada cantando en la Plaza del Comercio: «Somos cantores de la tierra lusitana,/ traemos canciones de los aires y del mar,/ vamos llenado los balcones y ventanas/ de melancolías del antiguo Portugal». Allí, en esa plaza que los portugueses conocen como Terreiro do Paço, habían llegado, desde Santarém, los primeros rebeldes. Y allí saludamos por primera vez a un exultante Mario Soares, recién venido del exilio y nos hizo las primeras declaraciones, rodeado de enfervorizados camaradas, bajo los soportales do Martinho da Arcada: «Estoy al lado de los capitanes». El mismo Soares me lo recordaba recientemente, en Lisboa, cuando acudí a entregarle mi libro «Pasión Portuguesa», tantos años después. Se escuchaba por todas partes el Grândola, Vila Morena. La canción con la que había cerrado su espectáculo, una semanas antes, la inmortal Amalia Rodrigues en el Coliseo de Lisboa. Y que los capitales del Movimiento de las Fuerzas Armadas habían escogido como santo y seña de aquella Revolución. No me podía imaginar que, algunos años más tarde, siendo yo corresponsal de ABC en Portugal, Natalia Correia me llevaría, con Eusébio, una noche de abril al 193 de la Rua de Sao Bento, para escuchársela cantar a la mismísima Amalia, en cuya voz cantaban todos los portugueses, todos los ríos, todos los pueblos de la patria lusitana, mientras temblaban sus palabras como lágrimas: «En cada esquina, un amigo/En cada rostro igualdad». Al teniente coronel de infantería y veterano de la guerra de Angola, Otelo Saraiva de Carvalho, al frente de la ocupación de Lisboa y que frenaría el intento golpista del general Spínola, apenas tres meses después, no logramos entrevistarlo. Pero nos hizo el honor de darnos la mano a Teodoro y a mí, en el Cuartel General del Carmo, gracias a la mediación del gran Diego Carcedo, que acababa de desembarcar en TVE y era el reportero más respetado por los rebeldes y el poderoso Partido Comunista de Alvaro Cunhal. A Carcedo se le abrían todas las puertas, incluidas las del Palacio de Sao Bento. ¡Cuántas veces lo hemos recordado! Al evocar aquella Rua Augusta, por la que marchaban los tanques, hoy peatonal y repleta de bares y restaurantes; tan cerca del Rossio, la hermosa plaza donde comerciantes y vendedoras de flores comenzaron a repartir entre los soldados pastas, café y esos claveles rojos con los que tapaban las bocas de sus fusiles y cuya imagen daría la vuelta al mundo. No fue un levantamiento militar. Fue el pueblo en armas. Las inevitables consecuencias de una desastrosa guerra colonial, con unos jóvenes oficiales que se subían por las paredes ante tanto despropósito y unas familias hartas de enviar a sus hijos –casi adolescentes– a dar la vida por una causa que nada tenía que ver con ellos y sólo con la codicia de unos pocos. Si a todo esto unimos una burguesía que anhelaba, por la cuenta que le traía, una conexión económica y política con Europa, estaba claro que aquello tenía que acabar. Fin de ciclo. En pocas horas el régimen se desmoronó. Militares y obreros hicieron buenas migas. Juntos lograron que la libertad y el progreso social se impusieran en la última revolución de Europa. Fue el pueblo corriente y moliente el que tuvo el protagonismo. El que hizo, por una vez, igual la realidad a la ilusión.