Bouhlel contó con apoyo logístico del EI para atentar

Según los investigadores franceses, el terrorista de Niza, consumidor habitual de propaganda yihadista, no actuó en solitario, sino que dispuso de algún tipo de colaboración

Un vecino huidizo La placa del terrorista Mohamed Bouhlel a la entrada de su domicilio en Niza
Un vecino huidizo La placa del terrorista Mohamed Bouhlel a la entrada de su domicilio en Niza

El análisis que los expertos de la Policía francesa han realizado del teléfono de Mohamed Bouhlel, autor de la masacre de la pasada semana en Niza, ha permitido saber que era un consumidor habitual de productos propagandísticos del Estado Islámico (EI), según han informado a LA RAZÓN fuentes antiterroristas. Los agentes han encontrado más datos que al ser operativos se mantienen secretos para no dificultar la investigación. Entre ellos, pueden estar sus contactos con la banda yihadista.

Los agentes sospechan, aunque aún no se poseen todas las evidencias, de que este individuo no es un «actor solitario», sino que,de alguna manera contó con algún tipo de apoyo logístico y había sido «dinamizado» por otros elementos.

El yihadismo está logrando consolidar unas ciertas infraestructuras que le permiten acoger o esconder a los «soldados del califato», recibir armas y explosivos y moverse por el territorio europeo con una relativa facilidad gracias a que muchos de los terroristas, al haber nacido en países del continente, disponen de documentación en regla.

Esas infraestructuras, de las que se sabe muy poco pero que existen, ya que se han producido hechos que así lo acreditan, son las que, a corto o medio plazo, pueden permitir a los yihadistas un terrorismo con una cadencia en el tiempo mucho menor que la actual, hasta convertir los países occidentales en un «auténtico infierno», por utilizar las palabras de los propios islamistas.

A este respecto, piden que los responsables políticos y la población en general reflexionen ante el problema al que nos enfrentamos, ya que en estos momentos los ciudadanos perciben lo que es una guerra subversiva en toda regla como una «amenaza líquida», que se acrecienta cuando hay un atentado y en función de la magnitud que tenga, pero que después se difumina hasta la siguiente acción criminal. Es difícil plantearlo, pero hay que mantener la tensión, que la amenaza se interiorice como sólida y real, porque si no, los que se aprovechan son los terroristas.

Los países más expuestos

Francia y Bélgica son países en los que los terroristas cuentan ya con esas infraestructuras, que incluyen las citadas zonas de acogida, fundamentales para que las células que se trasladen de Siria e Irak puedan llevar a cabo sus planes criminales y, en caso de no suicidarse sus miembros, esconderse hasta el siguiente atentado. Pero, agregan las mismas fuentes, también disponen de redes, poco consolidadas afortunadamente, para que los «combatientes» puedan recibir armas y explosivos.

Según se ha sabido tras las investigaciones realizadas desde entonces, el individuo de origen argelino Sid Ahmed Ghlam, detenido en abril del año pasado cuando preparaba atentados con armas contra fieles católicos de varias iglesias de París, tenía una cita, al más puro estilo de las bandas terroristas, en la que tenía que recoger un coche que estaba cargado de armas y explosivos.

El presunto terrorista, en el momento de su arresto, ya tenía en su poder un verdadero arsenal y no pudo llevar adelante sus planes criminales porque se hirió fortuitamente en una pierna. Tenía tres fusiles Kalashnikov, munición y documentación relacionada con la red Al Qaeda y el Estado Islámico (EI).

En su automóvil, la Policía encontró un cuarto fusil de asalto, una pistola, un revólver, tres cargadores, un ordenador, chalecos antibala, un GPS y teléfonos móviles. Gracias a la documentación hallada en su domicilio se pudo saber que iba a atentar contra las iglesias católicas.

Independientemente de esas armas, que, por supuesto, no podía utilizar en solitario, sino que parecían la dotación de una célula, lo preocupante es que el Estado Islámico cuente en Francia con infraestructura humana y de medios para realizar una entrega de material al más puro estilo de las que, en su momento, hacían la ETA española o el IRA irlandés.

Para ello, mantenía contactos con cabecillas del Dáesh (acrónimo en árabe del Estado Islámico) en Siria que le impartían las órdenes sobre los atentados a cometer, el material a recoger y a quién debía entregárselo, ya que es impensable que todo fuera para su uso personal.

La herida en la pierna se la habría producido mientras intentaba robar un coche a una mujer, a la que terminó asesinando, en una muestra más de asimilación de las «técnicas» terroristas de las citadas bandas criminales.

La utilización de la denominación «guerra subversiva» puede sonar altisonante para quienes pretenden reducir el problema del yihadismo a un fenómeno terrorista. Si se admitiera de forma general, no se beneficiaria al Estado Islámico, como teorizan los que pretenden «huir de tremendismos», sino que habría que adoptar las medidas necesarias para combatir problema cuya peligrosidad crece por días. Uno de los principios fundamentales para acabar con el enemigo es la voluntad de vencer, porque los otros dos Occidente los tiene de sobra: la capacidad de ejecución (medios humanos y materiales) y la libertad de acción.