Bruselas aprecia brotes verdes en la derrota del populismo en Holanda

Juncker destaca que el país votó «abrumadoramente» por los valores que defiende Europa

Juncker destaca que el país votó «abrumadoramente» por los valores que defiende Europa.

Bruselas ha ganado una batalla, pero no la guerra. En vísperas de la conmemoración del 60 aniversario del Tratado de Roma la próxima semana, las instituciones comunitarias tienen, por fin, algo que celebrar, tras unos últimos años plagados de crisis. El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker , aseguró ayer ver «una inspiración para muchos» en la victoria de Mark Rutte en Holanda. En la misiva enviada ayer al político liberal tras conocerse su victoria y adornada con un corazón, el presidente del Ejecutivo comunitario hace notar que en los Países Bajos la gente «votó abrumadoramente por los valores que defiende Europa: sociedades abiertas y libres en una próspera Europa».

En la misma carta, el político luxemburgués señaló la necesidad de mirar hacia el futuro «para continuar nuestras excelentes relaciones de trabajo, en particular nuestro trabajo sobre el futuro de Europa». La reacción del presidente del Parlamento Europeo se limitó a un escueto «felicidades» a Mark Ruttte.

La capital comunitaria es consciente de que la derrota del populista Geert Wilders en Holanda supone un balón de oxígeno a la espera de que la misma tendencia de declive del populismo se repita en Francia y Alemania. Sólo el tiempo dirá si la victoria de Rutte marca un punto de inflexión hacía el espaldarazo definitivo al proyecto de integración europeo, sea cuál sea su fórmula elegida. En los pasillos comunitarios se da por supuesto que la madre de todas las batallas llegará esta primavera en las dos rondas de las elecciones presidenciales francesas y que no se puede desdeñar el impacto que tendría el alza del populismo en Alemania para la formación de un Ejecutivo de coalición en Berlín en otoño. Los peligros persisten aunque parece haberse roto la maldición que se había cernido sobre el club comunitario tras la victoria en el referéndum del Brexit y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Hasta ahora, Bruselas ha guardado silencio y evitado entrar en confrontación directa con los mensajes de los partidos populistas. Ha preferido obrar por la vía de los hechos: postergación de los dosieres impopulares y poner énfasis en la seguridad y control de la inmigración ilegal, en lo que puede interpretarse como un guiño al electorado cautivo de Wilders y Le Pen. El peso demográfico de Holanda hubiese hecho mucho más manejable para Bruselas una eventual victoria de la extrema derecha en comparación con Francia, pero su papel como país fundador del proyecto de integración europeo hubiera dado alas a los enemigos de Europa con un simbolismo difícil de soslayar al tratarse un país próspero y fiel aliado de Angela Merkel. En los últimos años, el Ejecutivo holandés se ha caracterizado por un apoyo sin fisuras a las recetas de austeridad alemanas a pesar de estar formado por una coalición de liberales y socialistas. Rutte formó parte de las reuniones en petit comité junto a Merkel que estuvieron a punto de desembocar en la expulsión de Grecia de la zona euro.

En cuanto a la política de inmigración y asilo, el líder liberal no se ha dejado contagiar de la retórica incendiaria anti refugiados de su principal oponente, pero tampoco ha apostado con claridad por el modelo de reparto de refugiados a través de un mecanismo permanente impulsado por Merkel. Sobre ese futuro al que hace alusión el presidente de la Comisión Europea y que empezará a dibujarse el próximo día 25 de este mes en la firma de la Declaración de Roma, Mark Rutte ha sido uno de los primeros que se ha mostrado en contra de seguir avanzando en el modelo de integración tras declarar en el pasado foro de Davos que el principio recogido en los Tratados «de una cooperación cada vez más estrecha» está enterrado. Un punto en el que choca con Juncker, a pesar de los corazones de la carta.