
Asia
China responde a Trump y reitera que buscará la "reunificación pacífica" con Taiwán
El presidente de EE UU aseguró en una entrevista que Pekín no atacaría la isla mientras él estuviera en la Casa Blanca

China blinda su discurso sobre Taiwán, dejando claro con desdén que no admitirá injerencias en lo que considera un asunto sagrado de su soberanía. La reacción llega tras las explosivas declaraciones de Donald Trump, quien en una entrevista con Fox News el viernes pasado afirmó que Xi Jinping le garantizó que no habría movimientos militares contra la isla durante su mandato. En Pekín, estas palabras han caído como una nueva provocación, al insinuar una supuesta negociación sobre un tema inquebrantable.
Mao Ning, portavoz del Ministerio de Exteriores chino, fue tajante ayer: «Taiwán es parte irrenunciable de nuestro territorio. Cualquier intento externo de cuestionar nuestra unidad será respondido con firmeza». Aunque expresó la voluntad de trabajar por una reunificación sin conflicto, dejó claro que no tolerarán desafíos a su autoridad. El aviso es un recordatorio inequívoco: están abiertos a la diplomacia, pero su jurisdicción es una línea roja.
El revuelo causado por Trump coincide con un momento de alta tensión en el estrecho de Taiwán. Recientemente se llevaron a cabo maniobras militares en la zona, con despliegues navales y aéreos destinados a «proteger la soberanía frente a provocaciones extranjeras». Estas operaciones responden, en parte, al refuerzo del apoyo estadounidense a Taipéi, con ventas de armamento por valor de 2.000 millones de dólares este año, según datos del Pentágono, un movimiento que Pekín tacha de desafío directo al principio de «una sola China».
Frente a esta presión, el Gobierno de Taiwán, encabezado por el Partido Democrático Progresista (PDP), sostiene que la isla es «de facto» un país independiente bajo el nombre de República de China y que su futuro solo puede ser decidido por sus 23 millones de habitantes. Desde 2016, el PDP defiende una postura soberanista y ha denunciado la intensificación de la campaña militar y diplomática de Pekín, que incluye maniobras bélicas cada vez más frecuentes y la pérdida de aliados diplomáticos en favor de China.
En paralelo, Pekín explora una vía para rebajar la hostilidad con Washington. La posibilidad de una cumbre entre Xi Jinping y Trump antes de que finalice este año refleja el cálculo estratégico de Pekín: aprovechar la predisposición del magnate a cerrar acuerdos bilaterales para aliviar la presión sin renunciar a sus prioridades. Desde el regreso del republicano a la presidencia, ambos líderes han mantenido contactos telefónicos, aunque su último encuentro presencial tuvo lugar en 2019.
No obstante, en los círculos de poder chinos prevalece la cautela. La rivalidad con la Casa Blanca marcada por disputas tecnológicas, sanciones económicas y el pulso en el estrecho de Taiwán, se percibe como una lucha estructural de largo aliento. Un eventual acuerdo sería una tregua táctica, no una solución definitiva. Consciente de sus vulnerabilidades, Pekin busca ganar tiempo para fortalecer su posición sin caer en un enfrentamiento directo con la primera potencia mundial mientras juega con dos cartas: la diplomacia pragmática y la defensa inflexible de su autonomía.
Por su parte, el ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, desató a su vez la ira de China al señalar a Pekín como una amenaza desestabilizadora en el estrecho de Taiwán, el mar de China Oriental y Meridional. Desde Tokio, Wadephul acusó a la potencia asiática de intentar «alterar unilateralmente el statu quo» en Asia-Pacífico.
La respuesta china no se hizo esperar. Mao Ning fustigó las palabras del alemán como una «injerencia grosera» en los asuntos internos de China, reafirmando que Taiwán es una línea roja innegociable. «El principio de ‘una sola China’ no es solo la base de nuestras relaciones diplomáticas, sino un pilar del derecho internacional y un consenso global que no admite cuestionamientos», declaró. Mao advirtió que la paz en el estrecho de Taiwán depende exclusivamente de la oposición férrea a cualquier amago de separatismo y exigió a las potencias externas cesar de atizar las llamas de la confrontación en favor de un diálogo que respete los esfuerzos asiáticos por la estabilidad.
Las palabras de Wadephul, pronunciadas antes de su encuentro con el ministro nipón Takeshi Iwaya, han sido interpretadas como un intento deliberado de alinear a Alemania con una coalición anti China junto a Japón y, por extensión, Estados Unidos. Jiang Feng, analista de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái, no escatimó en críticas: «Es un acto de cinismo diplomático que un país como Alemania, que conoce el dolor de la división, ignore la aspiración china de reunificación y opte por una retórica beligerante que dinamita los puentes bilaterales». Para Jiang, las acusaciones de Wadephul carecen de sustento histórico y reflejan una peligrosa subordinación a la narrativa occidental que busca demonizar a China. La postura de Wadephul no solo contradice el supuesto compromiso de Berlín con la política de «una sola China», revela una agenda más amplia.
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