El aborto divide Argentina

Tras aprobarse media sanción para la despenalización del aborto aun queda la votación final en el Senado

Reportaje gráfico: Julieta Mitchell

Tras aprobarse media sanción para la despenalización del aborto aun queda la votación final en el Senado

Son las nueve y media de la mañana en las inmediaciones del Congreso de la Nación en Argentina, las calles están inundadas de mujeres expectantes por la media sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo que había sido presentado como proyecto siete veces sin éxito. Juntas, estas miles de mujeres forman un solo cuerpo, un horizonte verde –por sus pañuelos de color característicos-, con el fin de celebrar el grito colectivo que llegaron a alcanzar gracias a la existencia del feminismo.

Shayara Cabrera tiene casi 40 años y a los 31 tuvo un aborto convencida de que no quería volver a estar embarazada. Ella recuerda cómo la amenazaron en una guardia hospitalaria cuando expresó que no quería ser madre. La misma mujer marchó fuera del Congreso junto a sus dos hijas y su mamá, durante 23 horas donde los diputados expusieron sus puntos de vista. Las cuatro lucen con orgullo los pañuelos verdes e hicieron honor a la lucha contra el olvido y la indiferencia para reflejar una realidad que el país vive desde hace años.

Se trata de 400 mil abortos clandestinos anuales y 50 mil hospitalizaciones por prácticas mal hechas, mayormente de mujeres de pocos recursos económicos que están imposibilitadas a acceder a las clínicas clandestinas y optan por otras opciones tan precarias que tienen como final la muerte.

El movimiento #NiUnaMenos, uno de los impulsores del proyecto de ley por la Interrupción Voluntaria del Embarazo, nació como expresión de la furia hacia el patriarcado en sus diferentes versiones, desde las leyes hasta el salario. La violencia machista hace mella en el vocabulario, el lenguaje y las costumbres. Este colectivo tiene como objetivo dejar de naturalizar acosos o abusos que en otro momento de la historia no se hubiesen cuestionado, buscando un futuro de libertad para la mujer, dándole soberanía sobre su propio cuerpo.

Pero según varias ramas de la oposición, el hecho de que el presidente Mauricio Macri, haya accedido a a debatir el proyecto de ley, se debe a que permite opacar en la agenda pública otros asuntos más incómodos para su gobierno, como el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la suba imparable del dólar y la inflación y el descontento de una sociedad que no calla. Marta Alanís, fundadora de la organización pro aborto Católicas con Derecho a Decidir, afirma: “A veces se entiende que hay segundas intenciones, más con un gobierno que tiene problemas de gobernabilidad. La situación actual social, económica y política es muy compleja. De alguna manera esto le sirve a ellos y a la vez, es muy importante para nosotras.”

Así es como poco a poco la revolución femenina se fue filtrando en la agenda política y mediática del país, hasta llegar a las puertas del Congreso, donde la votación tuvo como resultado la aprobación de la media sanción con 129 votos a favor y 125 en contra. Al respecto, Alanís reconoce: “Este es el momento del feminismo. Lo que hacemos nosotras es romper con el doble discurso, ya que la Iglesia no es monolítica. Somos una institución que difiere con los demás católicos en temas de moral sexual y reproducción. Las mujeres nos merecemos tener el derecho al aborto”.

Mónica Schulz de 50 años, jubilada después de haber pasado la mayor parte de su vida como docente para niños discapacitados, no lo tiene tan claro. Considera que no es necesario despenalizar el aborto sino mejorar la educación y la salud en los jóvenes: “Yo aborté dos veces y morí mil”.

La primera vez, a los 30 años, una amiga le dijo que si lo tenía debía estar ligada al padre para toda la vida: “Eso me asustó, no me cerraba ya que no era una pareja estable”. La culpa la carcomió, luego de varios años de terapia y calmantes, un psiquiatra le dijo que el daño psíquico no se podía arreglar pero sí reparar, quedando embarazada otra vez. A los 8 meses y por complicaciones durante la gestación perdió el bebé en un aborto prematuro. Sin embargo, tenía la intención de ser madre y no se rindió. A los 34 años quedó encinta de nuevo, pero una ecografía le mostró que su hijo nacería sin género y con malformaciones. El miedo volvió a adueñarse de ella y nuevamente optó por interrumpir su embarazo. La culpa continuó presente en su consciencia, no era capaz de encontrar paz ni confidente: sus amigas la escuchaban pero no querían hablar del tema, sus novios la acusaban de ser una “asesina” por lo tanto tuvo que atravesar sola la depresión. En su peor momento, Mónica recordó: “No me veía así, pero me dí cuenta que es elegir entre vida o muerte. Me sentí en paz cuando aprendí a perdonarme y comencé a contar mis secretos que la sociedad no quería escuchar”.

La Plaza del Congreso sigue dividida por vallas policiales y dos formas distintas de interpretar “el derecho a la vida”. A cien metros de distancia otro mundo se manifiesta mediante rezos y cantos eclesiásticos, se agolpan contra el vallado pidiéndole a Dios que “iluminen a sus diputados”. Identificados con el pañuelo celeste, “Defendamos las dos vidas” protesta para mantener la ley tal cual como estaba. Tras 20 horas de sesión la despenalización se aprueba parcialmente. Los abrazos, llantos e insultos son aplacados por los gritos de euforia y alegría en la vereda de enfrente. Sin embargo, ahora será el turno del Senado que deberá decidir cómo tratar este proyecto de ley que tanta sangre, sudor y lágrimas costó imponer ante una sociedad fragmentada que interpreta “la vida” desde distintos puntos de vista.