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El día que JFK se convirtió en un falso rey Arturo

Para entender cómo consiguió JFK la presidencia de los EE UU y se convirtió en un mito inolvidable y en Camelot su reinado, a la altura de la fascinación creada por la romántica comedia musical de Broadway sobre Lancelot du Lac y la reina Ginebra, hay que volver la vista atrás y revisar la vida de su padre, el sinvergüenza de Joe Kennedy, en especial sus años en Hollywood. Allí constató una de las máximas que inculcó a sus hijos: «La imagen es la realidad». Años antes de que Guy Debord hablara de la sociedad del espectáculo, en mayo del 68.

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Kennedy fue el primer presidente que utilizó las técnicas del espectáculo hollywoodiense, la realidad como representación, para conquistar la Casa Blanca. Quien hizo de su persona y de la imagen de su aristocrática y carismática mujer un espectáculo televisivo para consumo de masas. La operación de mistificación del presidente que enamoró a Marilyn Monroe tomó forma definitiva con la entrevista que Jacqueline Kennedy concedió al periodista de la revista Life, Teddy White, una semana después del asesinato de su marido en Dallas. En ella, Jacqueline rememoró con nostalgia que Jack escuchaba cada noche al irse a dormir el tema final de «Camelot»: «No olvidemos/ Que una vez existió un lugar/ Que durante un breve pero brillante momento / fue conocido como Camelot».

Sin duda fue Jacqueline quien forjó el mito de Camelot, idealización de los tres años que duró la presidencia de Kennedy, en pleno duelo por su muerte. «Habrá otros grandes presidentes, pero jamás volverá a haber otro Camelot», le dijo, rotunda, a Teddy White. El romántico reino de la leyenda astúrica –revivido en ese «breve pero brillante momento» que duró su jefatura– se convertía gracias a su rememoración necrófila en una fábula en la que ambos cónyuges volvían de entre los muertos para encarnar a la reina Ginebra y el rey Arturo.

La imagen retrospectiva creada por Jacqueline Kennedy se imponía a la funesta realidad para crear la ilusión con la que había fantaseado Jo Kennedy en sus años de Hollywood, cuando era el amante de la estrella más grande que había dado el cine mudo: Gloria Swanson. Sin embargo, donde fracasó Jo Kennedy al tratar de relanzar la carrera de la Swanson con «Queen Kelly», dirigida por el megalómano y disparatado genio Erich von Stroheim, triunfó una mujer que acaba de ver morir a su marido y aún sostenía en sus manos partes del cráneo y del cerebro de Kennedy, inventando un reino imaginario donde guarecerse del infortunio: una réplica del legendario y glamouroso reino de Camelot. Años más tarde, Teddy White reconoció que «fue una lectura equivocada de la historia».

Camelot se prestaba a la perfección para encarnar una realidad política idealizada que, mirada al sesgo, contenía todos los elementos de la pesadilla: magnicidio, inicio de la guerra del Vietnam, el fracasado desembarco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles nucleares, el bloqueo a Cuba, el apoyo al senador Joseph McCarthy, sus múltiples engaños conyugales en la Casa Blanca silenciados por la prensa y juergas con el «rat pack» de Frank Sinatra, grupo que movilizó a la Mafia en las elecciones que le dieron la presidencia a JFK. Por último su relación con Marilyn Monroe y su trágico final tras su ruptura poco antes de su suicidio dispararon las murmuraciones y el encanto seductor del joven Kennedy.

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JFK fue el primer presidente que llegó a la Casa Blanca cumpliendo un deseo paterno de posteridad y el primero que utilizó los medios de comunicación de masas para conseguirlo. El enfrentamiento televisivo con Nixon marcó el comienzo de la política como espectáculo, al que cabría añadir los numerosos elementos míticos del cine de Hollywood que confluyeron para magnificar la figura de este desastroso presidente demócrata, modelo de la radical chic.

El clan familiar arropó al candidato Kennedy con cenas lujosas en Palm Beach, donde conoció a la fotógrafa del «The Washington Times-Herald» Jacqueline Lee Bouvier, hija de un conocido financiero neoyorquino, y patrocinó un programa televisivo que se emitía desde la lujosa mansión: «El café en casa de los Kennedy», donde el joven JFK brillaba con luz propia.

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Como colofón, aún pervive ese momento áureo de Marilyn Monroe, embutida en un traje diamantino, cantándole entre susurros «Happy birthday Mr. President», el magnicidio y las grandiosas pompas fúnebres que le rindió su mujer con el féretro recorriendo Washington, coreografiado con la precisión de un espectáculo digno del majestuoso funeral de la criada negra Annie Johnson en «Imitación a la vida» (1959). Fielmente reflejado en la película basada en la famosa entrevista con Teddy White, «Jackie» (2016), interpretada por Natalie Portman, colofón morboso de una muerte más grande que su vida.

Como James Dean, la muerte y la perspicacia de su mujer hicieron de Kennedy un cadáver exquisito, fabricado con las imágenes, la música y palabras que crearon ficciones inolvidables como «Camelot». Una mentira convertida en leyenda pos mortem para consumo de generaciones que prefieren el mito edulcorado por la fantasía a la cruda realidad.