El enigma Van der Leyen

La elección de esta alemana para presidir la Comisión ha sorprendido en los pasillos comunitarios. El gran interrogante es si será capaz de lidiar con los retos de la legislatura y batallar contra la sombra alargada de Merkel.

Ursula Van der Leyen, madre de siete hijos y defensora de la conciliación laboral y de las uniones homosexuales, está en el ala más social de los democristianos alemanes

La elección de esta alemana para presidir la Comisión ha sorprendido en los pasillos comunitarios. El gran interrogante es si será capaz de lidiar con los retos de la legislatura y batallar contra la sombra alargada de Merkel.

¿Úrsula Van der Leyen? ¿Y ésa quién es? Tras la cumbre maratoniana de la semana pasada y un baile constante de nombres y elucubraciones, pocos tenían en mente a la ministra de Defensa alemana como posible sucesora de Jean-Claude Juncker al frente del ejecutivo comunitario. Cuando saltó su nombre, en la sala de prensa muchos se abalanzaron sobre Google o intentaron recopilar algo de información en los bastidores de la cumbre. En realidad, no es una desconocida en la política europea e incluso llegó a ser considerada delfín de Angela Merkel. Pero después de que ésta nombrara como sucesora a Annegret Kramp-Karrenbauer, el interés de la prensa por esta licenciada en Medicina y madre de siete hijos era muy residual.

Van der Leyen es una sorpresa y una incógnita. Muchos creen que no dará la talla y que su mérito ha sido tan solo en convertirse en la «tapada» perfecta: su nombre apareció en el último instante, casi en tiempo de descuento, y su gran cualidad estriba en no suscitar hostilidades. Una especie de mal menor. Su elección conlleva dos grandes hándicaps: primero, ha puesto de uñas al Parlamento Europeo, que ha visto cómo el método spizkenkanditen (los cabezas de lista de los partidos europeos se convierten en candidatos al ejecutivo comunitario) ha saltado por los aires; y segundo, se ha impuesto tras el «no» contumaz y unívoco de los países de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa) e Italia al candidato socialista Frans Timmermans. El político holandés ha lidiado con los expedientes puestos a Polonia y Hungría por su deriva autoritaria y esto le ha granjeado la ira de los países del Este.

¿Eso significa que Van der Leyen renunciará a defender los valores europeos? ¿Su fidelidad a Ángela Merkel la convierte en un mero títere de la canciller? En la burbuja comunitaria muchos temen que la ministra de Defensa alemana sea una presidenta débil que se limite a seguir el «diktat» de Berlín y París. Sobre todo de Berlín. Esto supondría desbaratar el legado del actual presidente, Jean-Claude Juncker. «Institucionalmente, quizás el cambio más significativo en los últimos cinco años ha sido la transformación de la Comisión, tradicionalmente vista como la guardiana de los tratados, en una Comisión explícitamente política, liderada por un presidente fuerte que ha reclamado un mandato electoral como líder. Este controvertido cambio de orientación ha permitido al presidente un liderazgo mayor que en el pasado a la hora de imponer las prioridades de toda la Comisión», reflexiona el «think tank» Bruegel en su documento titulado «Una agenda estratégica para los nuevos líderes».

Otros son más optimistas. Camino Mortera, investigadora en Bruselas del «think tank» Centre for European Reform, cree que Van der Leyen va a convertirse en una grata revelación, a pesar de que su nombre no ha suscitado demasiadas alegrías en países del sur. Para Mortera, la nueva presidenta del ejecutivo comunitario «no es un producto alemán, sino el fruto de los equilibrios complicados en el seno de las cancillerías y el acuerdo entre Francia y los países de Visegrado». Por eso, según augura a LA RAZÓN, la sombra de Merkel no va a ser alargada. «Tras el bloqueo a Timmermans –con una revuelta en las propias filas populares– la canciller ya no es tan poderosa y en dos años y medio, tras su salida, puede que el statu quo cambie». Mortera define a Van der Leyen como «una mujer con las ideas claras que va a darnos una sorpresa a todos» y que será capaz de resistir las presiones tanto del eje franco-alemán como del grupo de Visegrado.

Repasando su biografía, se le adivina un espíritu moderadamente contestatario. Nació en el barrio de Ixelles (Bruselas) en octubre de 1958, ya que su padre era un alto funcionario comunitario en la capital belga, y se educó sus primeros años en el Colegio Europeo. Se ha definido como firmemente europeísta, partidaria de un modelo federal que aglutine a unos verdaderos «Estados Unidos de Europa» y de la puesta en marcha de un ejército europeo. Unas ideas que no todo su partido apoya con el mismo entusiasmo. Además, como ministra de Familia, incentivó medidas para la conciliación laboral de las mujeres –baja para los padres y más plazas de guarderías– en un país que destaca por la baja ocupación femenina y que ve con malos ojos que las mujeres se reincorporen al mundo laboral tras ser madres. También ha defendido el salario mínimo profesional, el matrimonio homosexual y la adopción por parte de las parejas del mismo sexo, postulados que la sitúan en el ala más social de los democristianos alemanes.

Si todo sale según lo previsto, el 1 de noviembre de 2019 cogerá el testigo de Jean-Claude Juncker. Antes deberá someterse a la votación del Parlamento Europeo, prevista para el día 16 (aunque la fecha no es definitiva). Pero hoy mismo se pone manos a la obra. Empezará con los representantes de los Verdes su primera ronda de contactos con todos los grupos para iniciar su andadura.

No lo tendrá nada fácil. Los deberes se antojan endiablados: lidiar con el Brexit (justo el día 31 de octubre termina la prórroga); poner a punto el nuevo periodo presupuestario (2021-2027); dar una respuesta europea a las crisis de refugiados tras el fracaso sin paliativos de Merkel; culminar la arquitectura de la zona euro tras el veto de los halcones; hacer frente a otra posible crisis económica debido a la guerra comercial; luchar contra el cambio climático; promover el salto tecnológico en la UE para no depender de otras potencias; impulsar la Defensa como modo de independizarse de EE UU; no dejarse avasallar por el grupo de Visegrado y encontrar un lugar en el mundo para los socios europeos en medio de la pugna entre Washington y Pekín. Ahí es nada. «Europa es una mujer», aseguró Donald Tusk ante la primera fémina presidenta del ejecutivo comunitario. Esa mujer se llama Ursula Van der Leyen.