El otro rostro del ácido

Un equipo de cirujanos plásticos españoles viajó hace unos meses a Pakistán para operar a mujeres con graves secuelas en su rostro y en su cuello tras sufrir el ataque. Una larga cola de pacientes les esperaba, pero sólo pudieron operar a 15. «Dos de las chicas a las que vimos al final no se operaron porque sus esposos y agresores se lo prohibieron», cuenta una de las doctoras

La sonrisa de Farzana
La sonrisa de Farzana

Una larga cola de mujeres rodeaba el edificio en el que entraban Sonia, Julio y Rafael, tres médicos españoles que pisaban por primera vez Pakistán. Todas lucían coloridos trajes hasta los pies y la mayoría cubrían su rostro. Son supervivientes. Mujeres, y en muchos casos niñas, que han sido víctimas de un «crimen de honor». El ácido con el que todas ellas fueron atacadas ha borrado, en la mayoría de los casos, sus sonrisas e, incluso, sus miradas. Pero las que conservan sus ojos emanan serenidad, ganas de vivir. «Me sorprendió mucho su fortaleza, a pesar de la desgracia que han sufrido no vimos ni una sola lágrima», afirma a LA RAZÓN la cirujana plástica Sonia Peña, que, junto a otro cirujano, Julio Murillo, y al anestesista Rafael Hernández dedicaron sus vacaciones de Semana Santa a darles esperanza a estas mujeres que, en su mayoría, necesitan entre 15 y 20 operaciones cada una para que su rostro pueda parecerse a lo que un día fue. Y es que el dos por ciento de la población del país sufre estas quemaduras, es decir, cerca de cuatro millones de mujeres –este tipo de ataques sólo lo padecen ellas– viven con la cara desfigurada. «Tienen quemaduras monstruosas», destaca la cirujana.

Un equipo de cirujanos plásticos españoles viajó hace unos meses a Pakistán para operar a mujeres con graves secuelas en su rostro y en su cuello tras sufrir el ataque. Una larga cola de pacientes les esperaba, pero sólo pudieron operar a 15

En esa «monstruosa» fila que aguardaba con esperanza al equipo médico español había mujeres de todas las edades, desde adolescentes de menos de 15 años hasta mujeres mayores que llevan años con las secuelas del ácido. «Cada una llevaba un cartel colgado porque son pocas las que saben hablar inglés». En ellos indicaban su nombre, edad, año en el que sufrieron el ataque y el número de operaciones que ya habían superado. Todo gracias a la fundación Depilex Smile Again, que hace diez años puso en marcha otra mujer, Mussarat Misbah. Tenía un centro de estética y un día, cuando estaba cerrando el local, se le acercó una mujer con el rostro tapado. Quería que la ayudara a verse guapa. Fue entonces cuando se retiró el velo y Mussarat pudo ver las secuelas de un ataque con ácido. Desde entonces, a su centro se han acercado más de 500 mujeres víctimas de violencia de género. «Cada día recibe llamadas amenazantes por la labor que hace. Busca concienciar a las nuevas generaciones sobre el problema e instruirles en igualdad. Y eso, en este país no se acepta», explica la doctora española que, tras conocer la lucha de la esteticista, decidió llamarla y ofrecer los servicios de su Fundación Sigo Adelante (www.fundacionsigoadelante.com).

«Nos llevamos todo el material que pudimos recoger de donaciones de varias clínicas, pero el segundo día ya no nos quedaba nada», explica Peña, que ya está planeando, junto a sus compañeros, su próximo viaje el año que viene. «Allí no tienen ni analgésicos para el postoperatorio», por lo que el sufrimiento de estas mujeres es inmenso. De todas las que les esperaban con el cartel y la ilusión de poder abrir un ojo o comer sin dolores porque no pueden separar bien los labios, «sólo pudimos ver y tratar a unas 35 y de ellas, operamos a 15». Un número muy pequeño para las expectativas que llevaban los doctores. «En España contamos con materiales específicos, pero aquí no hay nada».

Sonia no se olvida de ninguna de las caras que pasaron por la habitación en la que montaron su consulta. «Hubo varias con las que tuvimos que estar más de siete horas en el quirófano, a pesar de haberlas operado en más de diez ocasiones». Las principales intervenciones que realizaron fueron tratamientos de dermoabrasión para eliminar las capas externas de la piel para reducir las cicatrices que dejan las quemaduras por ácido. «También hemos realizado muchos injertos de párpados porque cuando les echan el ácido el velo se les queda pegado y les crea aún más quemaduras». Por eso, muchas de ellas tienen el cuello especialmente afectado. Y esto explica cómo mujeres que no superan los 30 años «parecen abuelitas. Estas cicatrices les hacen parecer mayores».

Salvo los dos doctores españoles y la persona de seguridad que revisa los bajos de cada coche que entra en la fundación, la figura masculina es inexistente. Y es que esta violencia evidente contra las mujeres no se percibe como tal en la sociedad paquistaní. «Vimos a dos mujeres para las que ya teníamos preparadas sus intervenciones cuando decidieron no acudir. Lo habían consultado con sus maridos, los mismos que les habían desfigurado la cara, y éstos no les permitieron operarse». Como explica la doctora, «son sus maltratadores y no quieren que recuperen la belleza. Es una cuestión de celos, de violencia de género, algo inexplicable», insiste la experta que, tras su visita de siete días al país, sigue sin comprender cómo puede existir una violencia tan evidente contra la mujer sin que la sociedad se inmute.

No es sólo el marido, la pareja o el pretendiente el que puede comprar ácido en cualquier tienda y destruir la vida de una joven, «cualquiera que vea a una mujer sola por la calle y que considere que es una deshonra puede atacarla. Se puede comprar el producto con mucha facilidad», y es que las condenas que reciben los hombres ante este tipo de actos son muy pocas. La doctora Peña también recuerda otro de los casos que pasaron por sus manos. El de la joven Arifa, que, con sólo 15 años, tiene toda la frente y parte del cuero cabelludo quemados porque «su familia rechazó a un aspirante y éste la emprendió con la joven». A ella, como a muchas de las que sufren estos ataques, nadie la ayudó tras la agresión. «Cuando ocurre ellas se quedan inconscientes y pueden pasar horas o hasta días hasta que un médico las atienda». En Pakistán no existe Sanidad Pública y, por tanto, las consecuencias para las mujeres que sufren este tipo de violencia «depende mucho del lugar donde vivan y de si existen médicos allí capaces de tratar ese tipo de heridas». Ser mujer casadera, bella y vivir en una localidad aislada aumenta sus posibilidades de sufrir un ataque con ácido y que sus secuelas sean permanentes por falta de medios y porque ese «ataque por honor» no puede desaparecer de su rostro.

La mayoría de las mujeres a las que atendieron la doctora Sonia Peña y su equipo no superaban los 30 años, pero la cirujana se hizo una amiga especial: Farzana, de 6 años, cuyo rostro refleja las secuelas de un doloroso pasado. Hace menos de dos años que su padre quemó la casa en la que vivía con su madre. Ésta murió y la pequeña quedó huérfana. La Fundación le encontró un hogar de acogida y, a pesar de las quemaduras, no deja de sonreír.